Un diagnóstico clínico de Colombia
- Sofia Tafur Conde
- 15 ene
- 4 Min. de lectura
Historia clínica: paciente crónico, que nunca ha alcanzado una recuperación estable
Magnicidios, violencia electoral, un conflicto armado de más de medio siglo y una polarización que se renueva en cada elección son síntomas que se repiten en su expediente.
A pesar de una operación a corazón abierto que concluyó con la Constitución de 1991, no hemos logrado erradicar las viejas dolencias: ejercicio político sin garantías, grupos criminales empoderados, conflictos internos, instituciones percibidas como débiles, desplazamiento y un debate público engangrenado por el odio. Colombia no es una democracia muerta, pero sí una que sobrevive entre recaídas constantes.
La democracia colombiana arrastra décadas de violencia política, polarización y desconfianza institucional. Ambos acontecimientos de agosto, aunque distintos en naturaleza, revelan tanto la fragilidad como la capacidad de respuesta de un sistema que se debate entre la infección crónica de la violencia y la reacción defensiva del Estado de derecho.
Síntomas: hemorragia y fiebre alta
Hemorragia súbita: el magnicidio de Miguel Uribe Turbay
El asesinato de Miguel Uribe Turbay en plena campaña electoral fue un shock para el organismo democrático, una hemorragia súbita que golpeó directamente el corazón del sistema: la posibilidad de que todos los candidatos compitan en igualdad de condiciones y sin miedo. La persistencia de la violencia política en Colombia es un síndrome crónico que no termina de curarse. Lo vimos con Gaitán, Galán, Pizarro, la Unión Patriótica, Jaramillo, y ahora se repite la escena. La democracia colombiana convive con la amenaza de las balas como instrumento de silenciamiento político.
Pero esta enfermedad cardiáca no es congénita, es una respuesta a la infección que nos abruma: la violencia y el odio del que piensa diferente. Lejos de compartir muchas ideas políticas de Miguel Uribe Turbay, lamento profundamente su sacrificio en el altar de la intolerancia y el terror. Como muchos colombianos unidos en su dolor de patria. lloré la muerte del hijo a quien ya había dejado huérfano la violencia.
Este magnicidio refleja que el Estado no ha logrado contener la infección que representan los actores violentos ya sean ilegales o enquistados en el propio aparato político y que la seguridad de los liderazgos sigue siendo endeble. Una democracia donde la vida misma de los candidatos está en riesgo es un cuerpo enfermo, vulnerable a recaídas cada vez que se aproximan elecciones.
Fiebre alta: la condena de Álvaro Uribe Vélez
La condena de Álvaro Uribe Vélez por fraude procesal y soborno en actuación penal, próximamente revisada por el Tribunal Superior en segunda instancia, puede interpretarse como fiebre: una reacción fuerte del sistema inmunitario frente a un exceso de poder. Que un expresidente haya sido llevado a juicio y condenado muestra que las defensas institucionales no están muertas. La justicia colombiana, con todas sus tensiones y su característica lentitud, envía un mensaje contundente: la ley no se detiene en la puerta de los poderosos.
Sin embargo, como toda fiebre, la reacción genera inflamación y malestar. La polarización se intensifica, la confianza en la imparcialidad judicial se resiente y la sociedad se divide entre quienes celebran la sentencia como un triunfo del Estado de derecho y quienes denuncian la persecución política de un caudillo de la patria del siglo XX. Si el sistema inmune no logra regular esta respuesta, el riesgo es que la fiebre termine debilitando más al paciente en lugar de curarlo. La conclusión sobre la valoración probatoria que condujo a la jueza a su decisión no nos compete con este escrito, pero esperamos los ciudadanos podamos confiar en quienes administran justicia y las instituciones del órgano judicial salgan fortalecidas y no debilitadas.
Diagnóstico: el paciente está en estado crítico pero no terminal, aún hay esperanza
Al examinar los signos vitales, encontramos participación ciudadana estable, pero anémica de confianza en las instituciones; un debate público hipertenso por la polarización; y una seguridad electoral frágil, con órganos de control que funcionan a medias. En términos clínicos, la democracia colombiana es un paciente crónico que sobrevive, pero con constantes recaídas.El magnicidio es la hemorragia que recuerda lo frágil que sigue siendo la política frente a la violencia. La condena de Uribe es la fiebre que evidencia que el cuerpo institucional todavía responde. El pronóstico es reservado: la democracia no está muerta, pero requiere cuidados intensivos.
Tratamiento: resiliencia institucional y rechazo a la violencia
El tratamiento exige una doble terapia. Primero, garantizar la seguridad plena de quienes participan en la competencia política: candidatos de todos los bandos, líderes sociales, de opinión y ciudadanos. Proteger la vida es proteger la democracia, la muerte no es el riesgo que toman quienes quieren hacer de Colombia un mejor país para todos . Segundo, fortalecer las instituciones para que la justicia actúe sin sesgos ni presiones, y para que los fallos sean vistos como actos de legalidad, nunca más como armas políticas.
Pero sobre todo, Colombia necesita una rehabilitación cultural. Rechazar la violencia en todas sus formas, incluidas la verbal y la discursiva, es imprescindible. El lenguaje del odio y la estigmatización también son síntomas que erosionan la convivencia democrática. Una sociedad que normaliza la descalificación absoluta termina abonando el terreno para que alguien, en lugar de argumentar, dispare. Esta banalización de la violencia es mortífera para el democracia y no podemos permitir que más hijos de la patria sean sacrificados por un discurso.
En el año electoral que se avecina, Colombia debe demostrar que su democracia es capaz de sanar, que cuenta con los anticuerpos necesarios para combatir esa infección que la apesadumbra a diario. El magnicidio de Miguel Uribe y la condena de Álvaro Uribe Vélez dejan una lección amarga: el sistema es vulnerable, pero también resiliente. La resiliencia institucional no se mide en juicios o condenas, sino en la capacidad colectiva de rechazar la violencia como método, de preservar la vida como valor supremo y de sostener el debate siempre dentro de las reglas democráticas. Esa resistencia institucional son lo anticuerpos que necesitamos. En su libro How Democracies Die (2018) Steven Levitsky y Daniel Ziblatt explican que las democracias sobreviven cuando los rivales políticos se reconocen como adversarios legítimos y todos se comprometen a rechazar la violencia como herramienta de lucha política.
Si bien el paciente está grave, no está perdido y quiero hacer un llamado al esfuerzo de todos los médicos, es decir las instituciones, partidos políticos, medios y ciudadanos. De ese esfuerzo conjunto depende si la democracia colombiana sale de cuidados intensivos hacia una recuperación estable, o si continúa en la espiral de recaídas que desde hace décadas la tienen al borde del colapso.




