top of page

De mi historia personal al compromiso con Colombia y la Democracia

  • Laura Sofía Mejía Moscoso
  • 15 ene
  • 5 Min. de lectura

Mi experiencia con la violencia en Colombia marcó mi vida y me impulsó a servir a mi país con compromiso y firmeza. Creo que la verdadera fuerza de un líder no la define la edad, sino su amor por la causa, la coherencia con sus valores y el compromiso con su país. Por eso alzo mi voz para defender la Democracia, promover la unidad y participar activamente en la construcción de un país seguro y libre. 


Yo no viví el país que conocieron mis padres y mis abuelos. Lo sé por sus relatos, por las historias que me contaban, por las tareas de ciencias sociales en el colegio y por los debates académicos en la universidad, donde conocer y entender la historia de Colombia era fundamental para avanzar. Ellos me describían un país desangrado por la violencia, un Estado que perdió el control de su territorio y una sociedad acostumbrada a vivir con miedo. 

 

En el año 2002, Colombia era un Estado fallido. Las carreteras estaban tomadas por los grupos armados ilegales, la extorsión, el secuestro era pan de cada día, y miles de familias vivían bajo la zozobra constante de perder a un ser querido. Como me repetían mis padres: “Hija, fue con el liderazgo de Álvaro Uribe Vélez que volvió la esperanza a Colombia”.  

 

Una cosa es leer la historia de violencia en los libros, y otra muy distinta es descubrir que uno mismo fue protagonista de ella. Desde niña me llamó la atención una caja verde, guardada en la parte superior del clóset de mis padres. Por su color llamativo, siempre me generaba curiosidad. Pasaron los años, hasta que tuve la fuerza física suficiente para alcanzarla. Al caer, se regaron cartas, fotos y una gorra del GAULA. Entre todo aquello encontré un patrón: frases repetidas una y otra vez que decían “Sofi, vuelve a tu hogar”. 

 

Durante mucho tiempo esas palabras me persiguieron. Crecí con la inquietud de entender a qué se referían. Leía esas cartas una y otra vez sin encontrar respuesta. Hasta que un día me armé de valor y le pregunté a mis padres: “¿A dónde me fui?”. Se miraron entre lágrimas, y con la voz entrecortada me contaron la peor historia de crueldad que habían vivido.  

 

Cuando tenía apenas dos años, la nana que me cuidaba me secuestró como parte de un entramado criminal para extorsionar a mi familia, ya que su pareja sentimental era miembro de Las Farc. En lugar de llevarme del jardín a mi casa, me sacó de Bogotá y me trasladó hasta una finca en Dosquebradas, Caldas. En ese entonces, las carreteras eran imposibles de recorrer sin riesgo de caer en retenes ilegales o emboscadas, así que mis padres ni siquiera pudieron viajar a buscarme. Fueron dos semanas que marcaron para siempre sus vidas. Recibían llamadas diarias en las que les exigían cuatro mil millones de pesos en efectivo a cambio de mi vida. Si no pagaban, decían los delincuentes, me matarían. En medio de la angustia, el GAULA –Grupo de Acción Unificada por la Libertad Personal–, bajo el liderazgo de los Generales Buitrago y Guatibonza, interceptó las llamadas, siguió las pistas y desplegó una operación de rescate. Mi caso salió en los periódicos y noticieros; Colombia entera pedía mi liberación, y me contaron que el propio presidente Álvaro Uribe Vélez estuvo al tanto hasta que se logró mi rescate. 

 

Gracias primeramente a Dios, a la labor de las autoridades y al fortalecimiento de las instituciones de seguridad, fui rescatada ilesa de cualquier atrocidad. Llegué con el cuerpo lleno de picaduras de zancudos, pero con vida. Para mis padres, fue la prueba más dolorosa de sus vidas, pero también el testimonio vivo de que un país podía cambiar si se enfrentaba de manera firme a la violencia. Por eso no olvido de dónde venimos: pasamos de ser un Estado fallido a un referente regional de prosperidad, crecimiento económico, generación de empleo y fortalecimiento institucional. Álvaro Uribe, el mejor presidente de los últimos 100 años, nos devolvió patria. Por eso me duele profundamente que hoy esté injustamente privado de la libertad, víctima de una venganza política por medio de la justicia, de quienes él combatió con firmeza y legalidad. 

 

 

 

 

Esa historia desgarró mi corazón. Comprendí que la violencia en Colombia casi acaba con mi vida antes de empezar, y casi destruye a mi familia. Desde entonces, tomé una decisión: trabajar por mi país y hacer de mi historia personal una motivación para servir. Por eso elegí dos carreras que me permitieran comprender mejor nuestra realidad y aportar a transformarla: Relaciones Internacionales y Derecho. 

 

En ese camino, conocí la historia de Miguel Uribe Turbay. Como yo, fue víctima de la violencia. Como yo, cargó desde niño con una herida que lo marcaría para siempre. Pero Miguel eligió perdonar sin olvidar. Transformó el dolor en servicio público, y se convirtió en un ejemplo de resiliencia, coherencia y amor innegociable por Colombia. Lo admiré desde el principio porque me sentí identificada con su historia, por su carácter firme, por sus principios innegociables y por su capacidad de defender con argumentos sólidos lo que creía correcto, sin recurrir al insulto ni a la descalificación. 

 

Por eso hoy, al recordarlo, no puedo evitar sentir dolor, ni quedarme callada. La muerte de Miguel no es un hecho aislado: es un golpe a la Democracia. A Miguel no lo venció la política, lo mató la violencia. Nos arrebataron a un líder ejemplar, a un hombre que, estoy convencida, iba a ser presidente de Colombia y nos iba a devolver la seguridad y la confianza perdida. 

 

Los jóvenes no estamos aquí solo para agitar banderas ni vestir camisetas con el nombre de otros. Tenemos la responsabilidad de participar activamente, de proponer con firmeza y de debatir con respeto. La edad no define la fuerza de un líder: lo define el compromiso con la causa, la coherencia con sus valores y el amor por su país. 

 

Hoy, con el corazón roto, levanto mi voz para decir: ¡Fuerza, Miguel! Tu causa no será en vano. Este dolor debe quedar grabado en la memoria de Colombia como una advertencia: la violencia jamás será el camino, y ningún país puede llamarse libre y democrático si silencia a quien piensa distinto. Necesitamos humildad para aceptar que no siempre tenemos la razón, y sabiduría para debatir sin herir la dignidad del otro. Necesitamos reconciliarnos como nación y recordar que la política debe ser un espacio para servir y transformar vidas, no para destruirlas. 

 

Hoy más que nunca estoy convencida de que debemos unirnos para defender la Democracia. Hablo como joven que ama profundamente a su país y que no se resigna a ver cómo asesinaron la esperanza. Mi compromiso es claro: justicia y verdad para Miguel, cero impunidad para los responsables y no más violencia política. Basta ya de que pensar distinto nos cueste la vida. 

 

 

Colombia atraviesa un momento crucial. O nos unimos para salvar la democracia y luchar por la seguridad, o nos hundimos en el odio y la anarquía. La decisión es nuestra. 

 

Yo elijo la unidad. 

Yo elijo la vida. 

Yo elijo a Colombia. 

 

¡Unámonos ahora!  

Entradas recientes

Ver todo
Un diagnóstico clínico de Colombia

Historia clínica: paciente crónico, que nunca ha alcanzado una recuperación estable  Magnicidios, violencia electoral, un conflicto armado de más de medio siglo y una polarización que se renueva en ca

 
 
bottom of page