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Adanes y Evas: La Brillante Generación de los Ochenta

  • Foto del escritor: Redacción Foro Javeriano
    Redacción Foro Javeriano
  • 15 ene
  • 6 Min. de lectura

Relato de la brillante generación de abogados javerianos de los años ochenta. El edificio Gabriel Giraldo tuvo el privilegio de tener en sus aulas a los más ilustres pupilos.  


Por: Gabriela García y Emilia Romero 

 

Por las paredes de la Facultad de Ciencias Jurídicas, del sexto piso en el que surge día a día lo que podría, o no, ser el futuro, hay más de un estudiante que pisa las baldosas del Gabriel Giraldo, porque alguien, antes, lo hizo de la misma forma. Son cientas las historias que escuchamos de la generación de abogados javerianos de la década de los ochenta. Unos nos enseñan como profesores, otros hacen parte de grandes firmas, algunos han trabajado en el gobierno y los demás han ejercido de manera independiente; podemos decir que incluso, varios han sido padres y madres, una labor mucho más difícil y dedicada. No somos coincidencia; muchos estamos acá, porque antes hubo quien caminara el mismo sexto piso, o lo que lo antecedió, con la ilusión de captar el futuro que hoy es su presente. Papás, Mamás, Abuelos; Abogados Javerianos, hoy y ayer, 2025, 1980.  

 

A través de esta generación hemos escuchado las célebres anécdotas del Padre Pepino, quien solía dividir a los estudiantes entre “Adanes y Evas”; las del Padre Giraldo, destacado por su rigidez y seriedad, y las de muchas otras figuras que, para la generación actual, resultan personajes importantísimos, aunque totalmente ajenos. Asimismo, nos han contado cómo funcionaba la carrera en aquel entonces; cinco años de duración, sin semestres, un único examen final al término del año y la imposibilidad de retirar una asignatura. En pocas palabras, una generación impulsada por un refuerzo sistemático y constante que buscaba la resiliencia. La exigencia académica en ese entonces era muchísimo más alta que la que nos permea hoy, indiscutiblemente. Tal vez sea por eso que mirando las diferentes generaciones que han pisado las mismas aulas que nosotros, sea ésta la que más nos llama la atención. 

 

A ellos les tocó una Colombia distinta. Una Colombia untada por la fe, creyente en su gran mayoría. La existencia del Estado Confesional donde la religión católica, apostólica, romana era la de la Nación. La visita de la Madre Teresa de Calcuta en Norte de Santander, 1981. Una Colombia de letras, de prosa, de Aurelianos y de mariposas amarillas.  El premio Nobel de Literatura de Gabriel García Márquez, 1982.  

 

Una Colombia herida, sedienta de una generación de juristas que cambiaran el país con su característico ímpetu. La larga lista de asesinatos y asesinados en manos de la indiferencia que crea la diferencia. El alza en armas del narcotráfico y los muchos, quizá precarios, intentos de cesar el fuego. La humareda de la Séptima con 65 ese tenebroso 6 de Noviembre; la Toma del Palacio de Justicia, 1985. En fin, una Colombia disímil, lejana a lo que somos hoy, quizás ajena a la generación de colombianos a los que salir de la casa no les es una amenaza de muerte.  

 

A ellos les tocó una facultad distinta. Llegar a la universidad suponía pagar el bus en efectivo, corriendo el riesgo de que el conductor no tuviera los cincuenta pesos de vueltas, y tocara someter a carisellazo el precio del viaje. Global Education era apenas una idea; la matrícula se pagaba en el banco, y en la secretaría de la facultad se entregaba el recibo de caja. La experticia, como lo es ahora, se contaba en el tiempo invertido en las aulas de clases y gastado en la Playita de Básicas en los inmutables huecos de 7am a 12pm, dos veces por semana; los cinco años de carrera eran la única medida que imperaba en ese entonces. Llegados los inicios de quinto año, tras la famosa fiesta que organizaban los de cuarto, se acercaba el momento de soltar el cuaderno de siempre, guardar los lápices, y empezar a escribir la tésis; aquella que se plasmaba en una hoja de papel con ayuda de una cinta empapada de tinta y un par de teclas.  

 

Una tesis a máquina donde se exploraban temas que si bien fueron cruciales, hoy resulta hasta redundante escribir sobre ello; nulidad, principios de la contratación mercantil, eutanasia, derecho internacional americano. Una tesis donde se concentraba el tiempo de seres humanos que entendieron que el Derecho, más de ser un estilo de vida, es una vida misma; Rafael Nieto Navia, Roberto Suarez Franco, Guillermo Ospina Fernandez, Gustavo Cuello Iriarte, Jorge E. Gutierrez Anzola, Rafael H. Gamboa Bernate, Rodrigo Noguera Laborde, Bernardo Gaitán Mahecha, Jorge Santos Ballesteros, Carlos Darío Barrera, entre muchos otros.   

 

Pero, sobre todas las cosas, a ellos les correspondió un derecho distinto: un derecho que, aunque lo creamos, no es el mismo que hoy tenemos. En últimas, el derecho que hoy estudiamos, es fruto de aquella generación llamada al orden, de aquella Colombia diferente; de esa facultad distinta, construída por “Adanes” y “Evas”, que con vehemencia les exigió entregarse a la justicia, la paz y la unión. El derecho que hoy tenemos es entonces, el resultado del esfuerzo de una generación obligada a ser la del cambio, pues, de no ser así, el país que soñaban jamás habría surgido de los escombros de esas humaredas, del vuelo perdido de esas mariposas, de la indiferencia que crea la diferencia. 

 

Les tocó un derecho, nos atreveríamos a decir, más humano, donde el centro de todo, era la persona y lo que con ella llegaba. Una apropiación de la justicia, donde al estrado judicial llegan el abogado y sus ideas. Armar un caso, creerse que tiene la razón, y explicarlo con tanta pasión que el juez le conceda todo su convencimiento, es, para esa generación distinta de abogados, un proceso donde solo está él, su esfuerzo y su disciplina. Donde la forma en la que formula las frases no está batallando con la versión parafraseada que le arrojó Chat GPT, pues el abogado distinto es la conexión entre él, y todos los que le enseñaron alguna vez. El solo ejercicio de la academia no se limitaba a dos horas y cincuenta diapositivas que se repetían sin fin, año tras año; la academia era conversada, el conocimiento se creaba en conjunto, la palabra del maestro importaba, pero se desarrollaba a través de la del pupilo.  

 

El error, en tanto equivocado, tenía valor; no porque de allí se pudiera publicar la tremenda humillación en Confesiones Javeriana, sino que de él, el abogado distinto reconocía cuál era su debilidad. Al terminar sus clases, no había VLex, IA o plataforma que le resolviera su duda. Transformar su debilidad, su error, su equivocación en victoria, era un llamado a recurrir a quien quisiera ayudarlo o al libro; ambas, fuentes humanas del conocimiento.  

 

Por un lado, porque entre abogados distintos y sus padres, sus abuelos o sus amigos, se generaba una cultura académica, una relación que iba más allá del natural e inherente amor que siente el ser humano por quienes tiene cerca. Tener una duda suponía entablar conversaciones, muchas veces acompañadas de un café, donde la mente se estimulaba; donde el pupilo, inquieto por saber, buscaba a quien supiera, para así continuar con su ejercicio en calma. La resolución de problemas se convertía, no en un punto de quiebre para el abogado en formación, sino en una oportunidad de convertir el ejercicio jurídico en uno enteramente humano, colectivo y unido.  

 

Y por el otro, porque el libro era la gran biblia jurídica, y la biblioteca, la posesión más preciada. Porque el valor del mismo iba más allá de las letras allí condensadas, de lo que el título indicaba; “La Teoría General de la Prueba Judicial” de Devis Echandía era lo menos importante en el libro recomendado a finales de segundo año. El verdadero valor de resolver las dudas a través de la lectura, de encontrarse el abogado y sus ideas con el autor y las suyas, era que allí, entre las páginas amarillentas, estaba el gran compendio, la recopilación de perspectivas impulsadas por vidas, experiencias y conocimientos diferentes.  

 

¿En donde nos posesiona lo anterior como generación contemporánea? Vislumbramos con las enseñanzas de nuestros antecesores, los admiramos y queremos algún día llegar a ser como ellos. Sin embargo, nos acarrea la pereza y la mediocridad. No todo está perdido; la actualidad nos propone retos nuevos, y como javerianos, aún queremos cargar la huella de haber pasado por el edificio Gabriel Giraldo. La tecnología, como lo hemos escuchado innumerables veces, puede ser una herramienta negativa o positiva, una realidad que no se puede esfumar. Formar nuestro criterio jurídico y someternos al ejercicio de ello únicamente con el uso de la tecnología, nos distancia del modelo javeriano sensible que interactúa con  la parte humana del derecho. La inmediatez y sobreestimulación es una trampa en la que no debemos caer; llegaremos, como ellos, a los estrados judiciales, a las altas cortes, a los altos mandos, a las grandes firmas, a la vida de ejercicio independiente, e incluso, a nuestras futuras familias, con mayor firmeza, conocimiento y sabiduría, si le damos a la tecnología su lugar y a la mente su trono.  

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