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Miguel Uribe: la esperanza que la violencia le arrebató a mi generación.

  • Mariapaz Buitrago
  • 15 ene
  • 4 Min. de lectura

Nunca imaginé tener que escribir estas palabras. Nunca pensé que tendría que despedir para siempre a la persona que me abrió las puertas al mundo de la política y que me inspiró a trabajar por Colombia. Miguel Uribe me mostró que era posible hacer política sin renunciar a los principios ni valores, con transparencia y decencia. En él veía la esperanza de un país distinto. La violencia, sin embargo, nos arrebató a mi generación la posibilidad de verlo convertido en lo que estaba destinado a ser: el mejor presidente de Colombia. Mucho menos imaginé que me correspondería vivir un magnicidio: un asesinato político, un delito de lesa humanidad. Nunca creí que, como joven en política, tendría que enfrentar en carne propia la violencia que Colombia no sufría desde hacía tres décadas. 


El 7 de junio de 2025 salí de mi casa con ilusión. Ese día íbamos a recorrer un barrio en la localidad de Fontibón de la mano de Miguel Uribe, acompañados de nuestro equipo y de varios jóvenes que habían aceptado la invitación. Llegamos a Modelia y la jornada transcurría con normalidad. Miguel, con su sonrisa de siempre, saludaba de local en local a los comerciantes; se acercaba a los carros, daba la mano a quienes lo recibían con entusiasmo. Siempre fue emocionante ver el efecto que tenía en la gente. Solíamos decir que era un “rockstar”: con su carisma atraía a todos, lo abrazaban, le pedían fotos, le agradecían por su trabajo por el país, mientras él los invitaba a escuchar sus propuestas de gobierno. 


Al llegar al parque, Miguel tomó la palabra y comenzó su discurso. Al finalizar, respondió preguntas del público mientras el equipo insistía con señas en que era hora de irnos. Pero él, como siempre, se quedaba hasta atender la última inquietud. Entonces, de pronto, un eco seco inundó el parque. Escuché los primeros disparos y sentí que el corazón se me detenía. Instintivamente me cubrí la cabeza con las manos. Por un instante pensé: “estoy en medio de una balacera, tengo que correr y ponerme a salvo”. 


Alcé la mirada y traté de ubicar de dónde venían los tiros. Vi a la multitud correr, a mi equipo disperso o tirado en el piso, gritos por todas partes. Una persona de mi equipo me tomó de la mano y corrimos hacia un supermercado que estaba cerrando sus puertas. Alcanzamos a deslizarnos por debajo de la reja y le rogué a la cajera que me dejara entrar. Ella aceptó y, junto con otras dos personas, nos tiramos al piso. 


En medio del caos, pensé en Miguel. En mi ingenuidad, me repetía que tenía que estar a salvo, que seguro ya lo habían resguardado en la camioneta. Ese pensamiento duró apenas segundos. Afuera, los gritos se hicieron insoportables: “¡Lo mataron! ¡Lo mataron! ¡Mataron a Miguel!”. El mundo se me vino abajo. Un escalofrío recorrió mi cuerpo, me invadieron las náuseas. Los gritos que escuchaba ya no eran los de los demás: eran los míos. 


Sentí una tristeza insoportable, un miedo paralizante. Estaba atrapada en una pesadilla, en una película de terror. Le pedí a Dios, con toda mi fe, que fuera mentira, que Miguel estuviera bien. Pero después de unos segundos -que se hicieron eternos- vi la ambulancia pasar frente al supermercado y todo se volvió real: Miguel estaba herido gravemente, lo habían intentado asesinar.  


Desde esa misma tarde, Colombia entera se unió en oración por Miguel. Fue una súplica colectiva que logró lo impensable: unir a un país entero y conmover al mundo. Durante dos meses, Miguel libró la “batalla por la vida” acompañado por el mejor equipo médico de Colombia, que desafió lo imposible. Su familia, aferrada a Dios, enfrentaba el dolor con fe inquebrantable, mientras nuestro equipo político -huérfano antes de tiempo- se sostuvo en la esperanza hasta el último día. El 11 de agosto, en la madrugada, Miguel perdió la batalla y Colombia entera se vistió de luto.  


Lo que le ocurrió a Miguel no es solo un golpe personal para quienes lo conocimos y trabajamos con él; es un golpe directo a la democracia. Colombia vuelve a escribir con sangre una historia que creíamos superada. Nuestro país ya había llorado a Rafael Uribe Uribe (1914), a Jorge Eliécer Gaitán (1948), a Jaime Pardo Leal (1987), a Luis Carlos Galán (1989), a Carlos Pizarro Leongómez (1990) y a Álvaro Gómez Hurtado (1995). Hoy, en 2025, a esa lista dolorosa se suma Miguel Uribe Turbay. Esto nos obliga, como generación, a una reflexión profunda: ¿por qué seguimos condenados a que la violencia interrumpa los proyectos de país? La respuesta apunta una y otra vez al mismo origen: el narcotráfico y la corrupción, financiadores principales de estos crímenes que han intentado silenciar la esperanza de Colombia. 


Este gobierno nos falló; no fue capaz de garantizar seguridad ni de proteger a quienes asumieron la tarea de transformar este país desde la política. Le falló a Alejandro Uribe, un pequeño de casi cinco años que nunca volverá a ver a su papá, porque permitieron que la historia se repitiera y que el círculo de la violencia volviera a ser realidad. A esa misma edad, Miguel tuvo que despedirse de su mamá, Diana Turbay, víctima del narcotráfico. Y le falló a mi generación, que crecimos creyendo que Colombia ya había aprendido la lección, que era posible pensar distinto, hacer política con honor, sin que ello costara la vida. 


Pero este magnicidio no puede quedarse en el dolor ni en la impotencia. Porque Miguel Uribe no puede ser recordado solo como una víctima de la violencia política. Su asesinato tiene que ser recordado como un punto de quiebre para el país: el recordatorio de que esta generación no está dispuesta a resignarse al miedo, y que la democracia en Colombia —fruto de sacrificios de generaciones enteras, con todas sus imperfecciones— solo sobrevivirá si somos capaces de unirnos, levantar la voz, ser firmes en las urnas y ejercer un rechazo absoluto contra los violentos, una causa que desborda por completo los límites de cualquier partido político.


Colombia no es una causa perdida, porque al final, los buenos somos más. 

Hoy, Colombia debe exigir que este crimen no quede impune. Miguel nos deja un profundo legado; para él y su familia solo tengo palabras de agradecimiento, respeto y admiración, en especial para María Claudia, ejemplo de fortaleza y amor: el mundo necesita más mujeres como ella.  

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