Los indígenas en la Javeriana
- Sofía Pinilla Ospina

- 15 ene
- 4 Min. de lectura
Podrán decir que se trata de una queja propia, por encontrarnos directamente afectados por lo que estuvo ocurriendo en el Parque Nacional, pero la realidad nos demuestra que se trata de algo mucho más allá de la incomodidad.

Tengo recuerdo de únicamente pocos meses sin la presencia de las comunidades indigencias en el Parque Nacional. Era una imagen inusual, pues la presencia de la comunidad Emberá se ha convertido parte de la cotidianidad de quienes concurrimos la zona.
En 2024 se retiraron a sus territorios, supuestamente satisfechos por las negociaciones con el Gobierno Nacional. El Distrito tras la partida de los Emberá iniciaron con los planes de rehabilitación del Parque, tras los daños ecológicos que mencionaban que demorarían décadas en repararse. Para diciembre de 2024 reabrieron el Parque, pero no por mucho tiempo.
Quien camine cerca o pase al frente del Parque Nacional puede ver las carpas improvisadas con bolsas plásticas, la comunidad con niños, mujeres y niñas embarazadas esperando caridad para poder comer. Además del uso del río Arzobispo que cruza el Parque como fuente de agua y como baño. Los indígenas en sus territorios no tienen las mejores condiciones de vida, y por eso negocian por más garantías. Sin embargo, asentarse en el Parque Nacional definitivamente empeora las condiciones en las que viven en sus territorios, o por lo menos hace visible la falta de garantías que tienen estas comunidades, y las graves problemáticas que les afectan.
La imagen impacta, los niños jugando por las calles, sin más supervisión que la de los encargados del Distrito. También pidiendo dinero o comida.
Es claro que las condiciones en las que se encuentra la comunidad no son las mejores, pero realmente su forma de habitar el Parque no ayuda con la tolerancia de quienes los rodean. Al volver la comunidad Emberá, el Distrito cercó la zona para evitar que se asentaran allí, pero descuidaron la esquina del Parque entre la universidad y la carrera séptima. Desde entonces, en esa esquina se encuentra los indígenas, en carpas y cambuches.
El Distrito se ha encargado de mantener la situación bajo control, dándoles las garantías necesarias para su bienestar, pero eso no ha logrado mitigar lo que genera que la comunidad Emberá se haya tomado como propia dicha esquina del Parque Nacional. Si bien las condiciones de salubridad son mínimas, con la contaminación que ellos mismos causan al agua y al aire, se empeora la situación en la que viven. El estado en que se dejó el Parque en diciembre del año pasado demuestra que, a pesar de sus creencias, en la tierra que no es suya no hay cuidado por la naturaleza.
La contaminación del aire es lo que más se puede notar. A la hora del desayuno, almuerzo y cena, solo hay humo. Y permanentemente se siente el olor a quemado. Se huele, se ve y se siente. Por la cercanía con la universidad, es algo que estamos viviendo los estudiantes. Por las fogatas que hace la comunidad, prácticamente todo el día hay una nube de humo en cubre los edificios, una parte de la universidad y que respiramos los que estamos cerca.
Aunque sea una necesidad para ellos hacer fogatas, es notoria la contaminación, y ellos son los que más afectados se ven. Seguramente la contaminación del aire que se siente alrededor, la viven más adentro del asentamiento, y seguramente les está afectando la salud.
Por otro lado, para las fogatas claramente están realizando tala de árboles del Parque. Esto sigue afectando el área y aunque es en un espacio relativamente pequeño, no quita que se esté realizando el daño. Ya se había advertido en diciembre cuando se retiraron a sus territorios del daño ambiental, y ahora con su vuelta, el deterioro natural sigue avanzando.
La contradicción es palpable, las tradiciones y creencias propias, ligadas a la tierra, no garantizan el cuidado de un espacio que no les pertenece. La tierra donde se asientan termina deteriorada, y la ciudad es quien asume las consecuencias.
Por otro lado, está el consumo de alcohol. Más o menos en julio, hubo varias denuncias en redes sociales. Lo que reconocieron como la celebración de un matrimonio implicó niños indígenas en estado de embriaguez por las inmediaciones. Puede que una celebración no sea un problema, pero la intoxicación de menores es un riesgo en ese tipo de celebraciones. Además, se denunció el ruido hasta altas horas de la noche que incomodó a los vecinos.
La presencia de la comunidad en la ciudad parte de la necesidad que los aqueja, pero al llegar afectan no solo a los que se incomodan, sino al Parque y especialmente a ellos mismos. Nuevamente los Emberá parten a su territorio, y esperemos que si desean volver no sea a costas de los parques emblemáticos de nuestra ciudad. Esta disputa va mucho más allá de la política, o una discusión por el espacio público. Necesitamos que las creencias y las diferencias políticas no sean un impedimento para la cultura ciudadana, y el autocuidado. Que todos los colombianos, cualquiera que sea su origen, quieran y cuiden de la naturaleza, de su comunidad y del Parque Nacional.







