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De cementerios en Montelíbano a grafitis borrados en la Javeriana

  • Foto del escritor: Julián Echeverry-Guerra
    Julián Echeverry-Guerra
  • 15 ene
  • 3 Min. de lectura

Amanecimos un buen día y resulta que en Colombia ya no jugamos fútbol ni tejo: jugamos a ver quién insulta más duro por política. Esa es la nueva disciplina olímpica de la patria. Y mientras tanto, en las universidades, que deberían ser templos de ideas, nos dedicamos a perfeccionar la puntería con la brocha y la pintura negra. 


Hace unos días tuve que ver una noticia en Zoom Informativo (medio de comunicación de Montelíbano) en donde se replicaba un comunicado en el que la alcaldía municipal manifestaba el gran problema de hacinamiento que tiene el cementerio de Montelíbano. En ese momento, pensé en todas las victimas que ha tenido que ver dicho cementerio. Pensé en José Andrés Duque, joven de mi colegio que fue asesinado por un sicario una tarde cualquiera y cuyo único pecado fue su parecido con otra persona. Pensé en mi primo Diomedes Lobo, asesinado por una supuesta bala perdida en una madrugada donde salía a conseguir el pan para su familia. ¿Cuántos muertos ha llorado este país como consecuencia de una violencia sin sentido?  


Mientras tanto en la Javeriana, nos estamos matando, no con machetes ni fusiles, sino con brochas. ¡Qué progreso! El que no esté de acuerdo, pues venga y tape con pintura negra lo que otro escribió. Lastimosamente me ha tocado ver como a brochazos de intolerancia estamos formando a los futuros dirigentes del país. Es entonces cuando pienso cual de mis compañeros será el próximo presidente o ministro de Colombia, y ruego a dios que de ninguna manera sea uno de los “lideres de la brocha”.  


Porque claro, nada más revolucionario que tachar con esmalte lo que otro pintó con aerosol. Así, entre brochazos y grafitis, vamos a transformar este país. Yo me imagino que, en Montelíbano, mi tierra, donde todavía hay campesinos que no saben si volverán vivos del monte, deben estar felices al enterarse de que en Bogotá nos peleamos por una calle pintada. ¡Qué alivio! Ya pueden dormir tranquilos. 


Allá, donde la guerra no es metáfora ni mural tachado: es de muertos en las carreteras, viudas llorando, niños sin escuela y cabezas sin cuerpo, donde se sufre día a día la indiferencia. ¿Ustedes creen que una calle pintada en la Javeriana va a resolver algo allá? La guerrilla, los paras, el ejército, todos se han paseado por mi pueblo, y lo único que nos han dejado es un cementerio que ya se nos quedó chiquito. Pero aquí estamos, peleando por el color de un adoquín. 


Y no es que yo quiera aguar la efervescente fiesta javeriana. Entiendo perfectamente el sentir juvenil, la rebeldía, las ganas de cambiar al país con un aerosol indeleble. No en vano llegué a ser presidente de juventudes de mi pueblo. Pero seamos serios: ¿de verdad creemos que Colombia se arregla a punta de grafitis tachados? ¿De verdad lo más urgente es decidir si en la Javeriana la calle debe ser azul, roja, o arcoíris? 


La ironía de todo esto es que todos decimos luchar contra el odio, TODOS. De lado y lado nos indignamos por el discurso de odio del otro, pero lo primero que hacemos es destilarlo con pintura negra y rodillo. Queremos reconciliación, siempre y cuando el otro se calle. Queremos democracia, pero solo si la mayoría opina lo mismo que yo. Y si no, pues ya sabemos: pintura negra al canto. 


Lo bonito sería, digo yo, que la calle de la Javeriana fuera un espejo donde todos pudiéramos reconocernos, no un mural de batalla campal. Pero claro, eso suena menos heroico que posar de Che Guevara con aerosol. 


¿Y saben qué es lo más triste? Que mientras seguimos en esta comedia patética de grafitis y tachones, el verdadero enemigo se ríe de nosotros. No es el estudiante que piensa distinto, ni el que pinta, ni el que borra. El enemigo es esa violencia vieja, rancia, que nunca se fue. Y a ese, como buenos colombianos, le seguimos alimentando el festín con nuestro odio chiquito, de juguete. 


Así que adelante, pinten y despinten, insulten y desinsulten. El país seguirá desangrándose, como siempre. Y nosotros, los javerianos, dando ejemplo de cómo perder el tiempo con brochas mientras la patria se pudre en medio de jueces politizados, un ejecutivo que no trabaja y un legislativo que lo que menos le interesa es discutir reformas para el futuro y la paz. 


Mientras tanto, yo sigo pensando en los pueblos donde todavía cuentan muertos y entierran sueños, preguntándome: ¿de qué nos sirve tanto grito en la capital si la guerra verdadera sigue afuera, como si nada? Mis queridos Cordobeses victimas una y otra vez de la violencia: en Bogotá nadie piensa cómo vamos a vivir en paz, a la capital le quedó grande pensar en el país.  

 

 

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