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¿Hasta cuándo?

  • Verónica Hernández Sánchez.
  • 15 ene
  • 4 Min. de lectura

Persona que me conoce sabe que en mi rotación diaria de música siempre puede encontrar mínimo diez canciones de rock en cualquiera de sus formas. Creo que una buena parte de mi gusto y afición por este género, y en especial por el rock en español, se la debo al descubrimiento que hice gracias a mi hermana, de la banda colombiana, y autóctona de Bogotá, Telebit. Desde que empecé a escucharlos y hasta el día de hoy, aprovecho cualquier oportunidad para hablar de ellos, de su música, y del contenido social – casi político – que motiva una cantidad significativa de sus canciones. Esto porque me parece que es de admirar la facultad que tienen los músicos para evocar sentimientos de tal forma que el que escucha su música puede encontrarle significados siempre tan acertados a lo que esté pasando en su vida personal.  

 

Toda esta carreta para decir que la primera canción que escuché de esta banda y que me hizo conectar tanto con ellos y su estilo fue Ciegos Corazones, lanzada en el 2017. Hoy día, se aparece por mis audífonos frecuentemente; la tarareo, la canto y la disfruto, y después paso a la siguiente canción en la fila, pero la última vez que la escuché, no me mantuve en esa rutina de siempre.  

 

Por el contrario, cuando se terminó, la volví a poner, vi el video de YouTube que tanto me estremeció cuando lo vi por primera vez, le puse atención nuevamente a la letra, y al final, sentí profunda, profundísima tristeza. Tristeza porque las cosas no han cambiado… tristeza porque, de hecho, de pronto si han cambiado, pero para mal. La primera vez que escuché esta canción, seguía en el colegio, sin saber a qué me iba a dedicar en un futuro, pero con ánimo de mejorar el país, de ayudarlo a seguir adelante, y Ciegos Corazones se sentía como una oda a la esperanza.  

 

Ahora, terminando la carrera de derecho e igualmente convencida de que la estudié para construir un mejor país, escucho la canción en el clima en el que se encuentra Colombia y no me siento igual de esperanzada. Frustración es más bien cómo describiría el sentimiento.  

 

Es un sentimiento de que por cada cinco pasos que damos hacia adelante, impulsados por el cambio, por la paz, por un país unido, nosotros mismos nos arrepentimos y damos cinco pasos para atrás, quedando parados (y estancados) en el mismo lugar en donde hemos estado hace mínimo, 40 años.  

 

El asesinato de Miguel Uribe Turbay es evidentemente un retroceso y una afectación contundente a la democracia soñada para Colombia; es un tema que a todo colombiano debería parecerle doloroso y frustrante. Sin perjuicio del valor que tenía Uribe Turbay como persona, padre de familia y candidato para su partido, cuya consecuencia es un dolor profundo y personal por su muerte, el dolor al que me refiero en este artículo trasciende de ello. Es un dolor de patria, histórico y colectivo que todos deberíamos sentir al enfrentarnos a una sociedad que sigue permitiendo que la violencia sea la solución a todos los males. También debo decir que la intolerancia, división y polarización que esta circunstancia ha traído con ella es tanto reprochable como preocupante.  

 

Esto en el sentido de que esta calamidad – personal para unos, pero nacional para todos – no puede volverse excusa para avivar sentimientos de odio entre partidos, ni para hacer campaña política que implique pasar unos por encima de los otros, ni mucho menos, para justificar violencia de cualquier índole como respuesta natural al asesinato de Uribe Turbay.  

 

No tengo manera de saberlo más allá de lo que me cuentan mis papás, pero me imagino que este mismo sentimiento de frustración era el que se sentía en Colombia entre los ochenta y noventa, cuando era casi pan de cada día la noticia del asesinato de un candidato o precandidato presidencial, la de la explosión de una bomba en municipios del país, o la de la toma de carreteras y rehenes por grupos armados en contra de la ley. Yo sé que no estamos exactamente en las mismas condiciones en las que estábamos en ese entonces, y espero genuinamente que podamos evitar llegar a ellas, pero me parece preocupante el panorama.  

 

No creo que podamos esperar un futuro mejor para Colombia si seguimos repitiendo los mismos patrones y discursos de odio que llevan caracterizando a nuestro país por tanto tiempo, ni si seguimos justificando la violencia con más violencia, o creyendo que la solución a nuestros problemas políticos, personales, ideológicos o sociales se pueda encontrar sin cambiar la forma de pensar tan tradicionalmente colombiana de que todo el que piense  diferente a mí está equivocado y debe lograrse silenciar.  

 

Al estarse terminando Ciegos Corazones, se escucha la voz de Jaime Garzón, muy consonante con la canción, diciendo lo siguiente:  

 

“Si ustedes los jóvenes no asumen la dirección de su propio país, nadie va a venir a salvarlos, nadie. Tenemos una posición cómoda e individual ante la vida. Cada ciudadano tiene derecho a pelear contra este Estado, y, sin embargo, seguimos rindiendo tributo y un respeto a esa clase alta dueña del poder”. 

 

Más razón no podía tener Garzón. En fin, los invito a darle play a la canción, y a seguir andando, a no perder la esperanza (así estemos frustrados) por recuperar, mediante un cambio genuino, estos pasos que hemos retrocedido hacia un país más tolerante.  

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