YADIRA ELENA ALARCÓN PALACIO
- Julián Echeverry-Guerra

- 15 ene
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Rendir este homenaje a la Doctora Yadira es reconocer a una mujer que ha sabido unir la alegría y el color Caribe con la rigurosidad académica. Su vida es un testimonio de disciplina, compromiso y excelencia, pero también de cercanía y humanidad con sus estudiantes. Un ejemplo que inspira dentro y fuera del aula, que nos hace creer que con esfuerzo todo es posible.

Por: Julián Echeverry y Nabila Jubiz
“La familia es donde la vida empieza y el amor nunca acaba”. Esa frase, sencilla pero profundamente significativa, está en un cuadro en la casa de la Doctora Yadira Elena Alarcón Palacio y se podría decir que se ha convertido en su filosofía de vida. Más que un adorno, es un principio vital que refleja la coherencia entre lo personal y lo profesional: la convicción de que la familia es el núcleo fundamental de la sociedad y, al mismo tiempo, el centro de su vocación como abogada, docente e investigadora.
Aunque no proviene de una familia de juristas, desde muy temprano supo que el Derecho sería su camino. Fue tal vez entre los 11 o 12 años cuando en su colegio en Barranquilla empezó a sentir la vocación de ser abogada. Paper Chess fue la serie de abogados que le apasionaba ver en su juventud, y fue así como todo su bachillerato estuvo encaminado a tener el promedio académico que la llevara a poder acceder a la carrera de Derecho. Su vocación inicial la retrata así: “yo me soñaba con ser la primera abogada de mi familia.”
Al escoger el rumbo de su vida profesional se enfrentó a una pregunta clave: entre tantas ramas, ¿por qué el Derecho de Familia? Su respuesta revela la profundidad de una elección que la ha acompañado siempre. “Quizás es la pregunta más difícil que me has hecho hoy. Yo creo que yo encontré en la familia un objeto de estudio con una pretensión omnicomprensiva. Fui convirtiendo la familia en el núcleo, como lo dice la constitución, en el núcleo fundamental. Como lo es de la sociedad, lo constituí en mi núcleo de trabajo y tenía una pretensión de sofisticación de su abordaje”.
Esa fascinación la llevó a dedicarle toda su vida académica, convencida de que es un campo tan complejo como universal. “Me pareció, cuando estudié Derecho de Familia, que era un área mucho más compleja de lo que parecía ser en el pregrado para mí. Ese descubrimiento hizo que dedicara una gran cantidad de tiempo, tanto en la especialización como en la maestría, el doctorado y por último en el postdoctorado, entendiendo que es tal su complejidad que requiere un rigor en su conocimiento que amerita una dedicación profunda. También me parece que fue pretencioso en la medida en que quería dedicar mi vida a un tema que a todas las personas les interese. Yo veía que el Derecho Laboral le interesaba a algunos trabajadores, a los empleadores, a los colectivos. El Derecho Penal solo aparecía cuando había infracciones a la ley penal, pero veía que la familia era transversal a la vida del ser humano, desde su principio hasta el final, y aún después. Y que a todos los seres humanos les interesa fundamentalmente su familia”.
Ese convencimiento se alimentó en sus primeros años de formación. El consultorio jurídico de la Universidad del Norte fue el espacio que le mostró podía unir la práctica y la enseñanza. “Inicialmente, cuando terminé la carrera de Derecho en Barranquilla, yo había sido una estudiante muy activa en consultorios jurídicos. Allí encontré lo que para mí fue un laboratorio, porque podía tener usuarios que llegaban a pedir los servicios y asesores que eran los profesores que podían darme la confianza de que yo estaba atendiendo las consultas de manera correcta. Entonces, esa vinculación mía al consultorio jurídico como estudiante fue la que fue encauzando mi vida hacia lo académico y profesionalmente hacia una carrera como docente. Mi primer trabajo fue monitora del consultorio jurídico”. Al mismo tiempo que llevaba algunos casos de divorcio avanzaba en sus estudios de posgrado. En 1994 cursó la especialización en Derecho de Familia en la Pontificia Universidad Javeriana mientras trabajaba en el Ministerio de Hacienda desarrollando un sistema de embargos contra la Nación, y luego en el ICBF como Defensora de Familia de descongestión en procesos de adopción. Poco después, volvió a su alma máter, la Universidad del Norte, como profesora de planta y allí comenzó a consolidar su perfil académico.
El gran salto llegó en 1996 cuando recibió una beca doctoral para estudiar en la Universidad Autónoma de Madrid, convirtiéndose en la primera egresada de su Facultad en alcanzar este honor. “Escoger un hito en tantos años es difícil, ha habido varios momentos muy importantes para mí, pero yo diría que en mi época inicial me marcó haber sido designada como becaria de doctorado por la Universidad del Norte. Recibir una beca doctoral como la primera egresada de toda la historia de la facultad para estudiar con todo pago fue una gran bendición para mí. Eso se constituyó para mí en una gran responsabilidad con los futuros becarios del país”.
En España se formó bajo la escuela del maestro Luis Díez-Picazo y con la guía de José María Miquel González, quien fue su director de tesis y lo considera un gran honor. A su regreso a Colombia cumplió con su compromiso de devolver lo recibido durante seis años en la Universidad del Norte: creó programas de posgrado, fundó la maestría en Derecho, impulsó grupos de investigación y revistas, y aportó al fortalecimiento de la investigación jurídica en la Costa Caribe.
En 2010 su vida dio un giro definitivo con su traslado a Bogotá y su vinculación como profesora de planta en la Pontificia Universidad Javeriana. Allí encontró el espacio para consolidar la unión entre docencia y litigio, un equilibrio que ha mantenido en los últimos dieciséis años. “Eso ha permitido que durante los últimos 16 años haya podido combinar mi ejercicio profesional como abogada litigante con mi dedicación en mayor medida a la vida académica con profesora de planta de la Javeriana”. Además, logró consolidarse como líder durante varios años del grupo de investigación de Derecho Privado y dirigiendo la Revista Universitas.
En ese recorrido destaca la influencia de quienes la guiaron en diferentes etapas. “Yo he tenido influencia de varias personas. Me atrevería a mencionar inicialmente a la profesora María de Jesús Illera Santos, que era la persona que dirigía el consultorio jurídico de la Universidad del Norte y me mostró el camino de la combinación entre el ejercicio de la profesión y también el camino docente. Ella fue mi primera mentora, dirigió mi tesis de pregrado en gestión de procesos civiles”. También recuerda con gratitud a Marta Cristina Molina, y a maestros javerianos como Roberto Suárez Franco y Eduardo García Sarmiento, así como al Magistrado José Manuel Luque Campo en Barranquilla, quien evaluó su tesis y la nominó como Conjuez. “El Derecho Procesal ha estado muy presente en mi vida y por eso mis grandes maestros pasan por dos procesalistas. Yo creo que en Colombia ellos han sido mis referentes”.
Su carrera está repleta de logros que han marcado un antes y un después. Además de la beca doctoral, recibió el apoyo de la Javeriana para cursar un postdoctorado en el exterior, un respaldo que considera prácticamente otra beca. “Para mí fue una beca, porque era una licencia remunerada durante un año para estudiar en el exterior”. También fue la primera mujer en alcanzar la titularidad en la Facultad de Derecho de la Pontificia Universidad Javeriana, un logro académico que también muestra el camino para futuras docentes. Finalmente, su designación como Miembro Correspondiente de la Academia Colombiana de Jurisprudencia se convirtió en un reconocimiento de alto valor, sumado a haber sido varias veces elegible para la Corte Suprema de Justicia.
Hablar de la docencia llena a la Doctora Alarcón de entusiasmo y emoción. “Para mí es la realización de una vocación. Es una vocación de servicio, poder tocar el corazón de tantas generaciones y tener la palabra docente, la autoridad docente, el ejemplo como persona, tanto en lo profesional como en lo personal, es una gran responsabilidad”. Su visión se basa en unir la teoría y la práctica, mostrando siempre cómo los conceptos jurídicos cobran vida en los casos reales y en la jurisprudencia. “Yo en mis clases traigo a colación, siempre que abordo un tema teórico, cómo se da este tema en la realidad, en el caso concreto. Eso lo hago a partir de mi experiencia profesional y a partir del análisis de la jurisprudencia. Creo que son las dos fuentes de realidad que pueden alimentar la teoría que se ve en el aula”. También defiende la integración de las tecnologías en la enseñanza, pero subraya que el valor agregado del abogado está en el análisis crítico. “La tecnología nos facilita el acceso a la información, pero nosotros en el aula debemos desarrollar pensamiento crítico para poder seguir aportando un elemento humano invaluable frente al manejo de las tecnologías”.
A pesar de estar a las puertas de la jubilación, más que pensar en despedidas, se concentra en lo que permanece. Para ella, la verdadera inmortalidad de los seres humanos consiste en dejar huella en las generaciones venideras. Su aspiración, expresada con la serenidad de quien ha dedicado décadas a la academia y al Derecho de Familia, es sencilla y profunda a la vez: ser recordada como una profesora que consagró su vida a la defensa de los derechos de quienes integran la familia y, en particular, a la reivindicación de la autonomía de cada persona dentro de ese núcleo.
Esa convicción resume el sentido de toda su trayectoria: construir un legado que no se mida en cargos ni reconocimientos, sino en la memoria viva de los abogados y abogadas que ayudó a formar y en quienes sigue latiendo su enseñanza.
Ese legado ya está escrito en la historia de la academia colombiana y en la memoria de quienes han tenido la fortuna de llamarla maestra. Su vida, inspirada por la convicción de que la familia es el centro de la sociedad, seguirá siendo un ejemplo de coherencia, vocación y compromiso para las futuras generaciones.


