Presunción de Culpables
- Juan Esteban Perez
- 15 ene
- 3 Min. de lectura
En estos tiempos convulsos, la presunción de inocencia se transformó en presunción de culpabilidad. A tan solo semanas del fallo más importante de la historia de nuestro país, las reflexiones sobre la inocencia son vitales.

Son las 7 de la mañana, es 28 de julio y la Juez Heredia alista su despacho para iniciar la lectura del sentido del fallo del caso más importante en la historia de nuestro país. Son las 7 de la mañana y en Colombia ya hay muros pintados con grafitis que rezan “URIBE CULPABLE”, con soberbia que no entienden. Son las 7 de la mañana, aún no se sabe el fallo de la Juez, pero Uribe es ya, hace tiempo, mucho tiempo, culpable o inocente, depende a quién se pregunte.
Y mientras leo esos grafitis condenatorios recuerdo con pesar mis clases de Derecho Penal, donde los profesores explicaban con pasión esa cosa llamada “presunción de inocencia” y su importancia, solo para vivirla hoy olvidada en estos tiempos agitados. Ese principio vertebral que no rige solo al derecho penal, sino que hace parte de la propia fundación del Estado de Derecho, que con elegancia predica “toda persona se presume inocente hasta que se demuestre lo contrario” lo dimos por sentado y ahora pagamos las consecuencias.
No todos entienden -quizás nadie, menos mal- qué significaba vivir en sociedades sin presunción de inocencia. Donde el Estado Totalitario cambiaba de noción de justicia como hoy cambiamos de medias, privando a los ciudadanos de una seguridad y tranquilidad que ya damos por sentada; la seguridad de que la libertad es nuestra, y que nadie puede quitárnosla.
Salvo algunos casos. Porque la condición humana ha imposibilitado la erradicación del sistema penal, obligándolo a modernizarse, aprendiendo de los errores y horrores del pasado. Por eso aceptamos consecuencias severas, tratando de que cada vez más lo sean menos.
Por eso existen los delitos. Las conductas más graves descritas, que de cometerse, habilitan la sanción más severa que como Estado permitimos: privación de la libertad. Y como no es un juego cualquiera, para llegar allí habrá de verificarse una serie de elementos que lo que buscna es garantizar que quienes se van a la cárcel son solo las personas que en el pleno ejercicio de su libertad decidieron hacer un uso equivocado de ella.
A esas conclusiones se llega con reglas de juego, en las cuales está toda la diferencia, incluso su esencia. En El Proceso, Kafka imaginó una realidad en la que las reglas no importan, donde para cada caso hay unas reglas, sin garantía alguna para quien está del otro lado, sofocando con su existencia misma a Josef K quien murió sin saber qué hizo.
Vivimos relativamente tranquilos en nuestras sociedades de riesgo porque el riesgo por sí mismo no implica consecuencias. Por eso los asumimos, porque existe la tranquilidad de que cuando suceda algo, quienes hayan actuado de forma correcta podrán estar seguros de que la justicia habla con los hechos, y hasta entonces eso pasa, tranquilo, disfruta la libertad del inocente.
El que nada debe nada teme. ¿O sí? Kafka retrató una pesadilla, pero Harper Lee en la magnífica historia de Matar a Un Ruiseñor retrató una realidad más vigente de lo que estamos dispuestos a aceptar. En su novela, Tom Robinson, afroamericano, es acusado de violar a Mayella, una mujer blanca de alto estatus. Sin pruebas claras y con dudas sin resolver, un jurado de hombres blancos lo declara culpable, incrédulos de que Mayella mintiera sobre Tom.
Hoy nuestro sistema judicial obliga a la fiscalía a desvirtuar la presunción de inocencia de quien es procesado. El ente acusador tiene que llevar al juez un conocimiento que le indique que, más allá de toda duda razonable, esa persona es culpable. Y la tarea no es fácil, y no puede serlo, porque como sociedad aún preferimos culpables libres antes que inocentes encarcelados. ¿O no?
Pero el problema es que nadie toma enserio las historias de Josef K o la de Tom Robinson. Pensamos que, porque no nos pasa, no existe. Hasta que pasa. Y ahí sí, a pedir a gritos presunción de inocencia.
Cómo se supone que debemos sentirnos los estudiantes cuando al salir de clase vemos en las calles exactamente lo opuesto a lo que recien aprendimos; cómo se supone que debo sentirme cuando a un semestre de graduarme debo ejercer un derecho en el que nadie cree; cómo defender la inocencia del que hace tiempo se presume culpable.
Pero quizás eso significa ser abogado en tiempos convulsos. Pura resistencia. Defender ideas aún a pesar de que nadie más crea en ellas. Entonces el rol del abogado se vuelve más intenso. Porque ya no solo defiende una justica concreta, sino su propia definición.






