La Prostitución en la Torre del Reloj en Cartagena
- Martin Jaramillo Ortega
- 20 jun 2025
- 6 Min. de lectura
DecidĆ hacer esta crónica porque considero necesario visibilizar la inseguridad, los abusos y la discriminación que sufren las trabajadoras sexuales en Colombia.Ā

Comerciantes, vendedores ambulantes, recicladores, transportadores, y mil otros mĆ”s, han tenido probablemente el aƱo mĆ”s duro de los Ćŗltimos tiempos. Y si se habla de las trabajadoras sexuales la cosa va mĆ”s bien en picada y hacia el estanco por dos razones: la primera, porque estamos en un momento en donde se apela al autocuidado, al distanciamiento social y al ahorro. EstĆ” claro que, en este caso, no hay forma de buscar distanciamiento social al momento de la prestación de un servicio por parte de alguna trabajadora sexual y tampoco se estarĆa satisfaciendo un producto de primera necesidad (aunque esto puede ser debatible), por lo que no estarĆamos hablando propiamente de un ahorro sino todo lo contrario. La segunda razón viene de varios aƱos atrĆ”s: al momento de ejercer la prostitución en Colombia, las trabajadoras sexuales - porque son en un 97% mujeres- se ven inmersas en abusos, maltratos, discriminación y vulneración de derechos fundamentales. ĀæLa razón? El vacĆo jurĆdico existente. No hay regulación en Colombia para este tipo de trabajo. Lo mĆ”ximo a lo que hemos llegado es la sentencia T-629 de hace una dĆ©cada, en donde la Corte aseguró que era necesario buscar una regulación para corregir el escenario de discriminación y vulneración de derechos fundamentales a las trabajadoras sexuales y la sentencia T-073 de 2017 en donde la Corte buscó proteger la situación de las personas extranjeras que llegan a ejercer la prostitución en el paĆs.Ā Ā
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Esto fue un sĆ”bado de octubre en La Torre del Reloj en Cartagena. Eran las 7 de la noche cuando lleguĆ©, en ese momento entendĆ que habĆa llegado muy temprano. No vi nada distinto a un ambiente familiar lleno de niƱos corriendo con tapabocas y jugando fĆŗtbol, felices por la victoria de nuestra Selección el dĆa anterior. Entonces, me sentĆ© a esperar que cayera del todo la noche.Ā
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Sentado en una banca por un poco mĆ”s de dos horas empecĆ© a analizar todo el turbio negocio de la prostitución en este paĆs: mujeres que viven de su cuerpo llegaban arregladas y se reunĆan discretamente con algĆŗn hombre del lugar que iba seƱalĆ”ndoles en quĆ© sitio se harĆa cada una; incluso a algunas las mandaban hacia el Parque Centenario, afuera del Centro Histórico. AhĆ entendĆ que no eran ellas las dueƱas de su cuerpo... asĆ de oscuro es este negocio. Me impresionó la autoridad de estos hombres sobre ellas. Por lo que pude ver, de lejitos y con bajo perfil, les decĆan dónde hacerse y las mantenĆan vigiladas. Sin estar seguro de que estos hombres lo hayan hecho, es importante decir que la inducción o constreƱimiento de la prostitución es delito en nuestro paĆs y se encuentra tipificado en los artĆculos 213, 213A y 214 del Código Penal. AdemĆ”s de la figura del proxenetismo, en donde se saca algĆŗn provecho económico por la prostitución de otra persona, en muchos casos en condición de subordinación. Pero de acĆ” me queda la duda, ĀæquĆ© tan difĆcil serĆa probar eso?Ā
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Llevaba entonces ya casi tres horas en la misma banca desde que decidĆ esperar que pasara el horario sabatino familiar para poder ver el comienzo de la vida nocturna de La Torre del Reloj en un sĆ”bado de pandemia. El paisaje habĆa cambiado por completo, las familias enteras y los niƱos jugandoĀ a ser CuadradoĀ pasaron a ser parejas o grupos pequeƱos de amigos que, con el tapabocas mal puesto yĀ ligeramente alicorados, salĆan de comer deĀ algĆŗn restaurante o se dirigĆan a alguno de los pocosĀ rumbeaderosĀ que el virus ha dejado abrir o que no quebró durante el confinamiento.Ā En ese momento decidĆ ir a donde una mujer de vestido rojo que llevaba bastante tiempo esperando en uno de los arcos de la Torre. Al momento de ir vi que un hombre se la llevó hacia el Parque Centenario, por lo que seguĆ caminando hacia donde otra mujer que se encontraba un arco mĆ”s hacia la izquierda.Ā Me acerquĆ© a ellaĀ y me presentĆ©, le contĆ© que no iba por un servicio sino por una entrevista para un periódico universitario y que querĆa saber sobre la situación actual de las trabajadoras sexuales de Cartagena desde que llegó el virus y congeló todo.Ā Ella, sin entender muy bien yĀ mĆ”s bienĀ con cara de pocos amigos, accedió a la entrevista. Aunque me dio a entender con su mirada que, contra todo pronóstico, pocas veces le han habĆan hecho propuestas tan indecentes.Ā
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Cuando la vi, mi primera percepción fue ver una mujer de vestido negro, un poco mayor que yo, medianamente morena y no muy alta, maquillada, y con una disputa interna entre si irse y darme a entender que anotarĆa dicho encuentro en la lista de cosas que poco le importan, o quedarse y responderme las preguntas tediosas que le harĆa.Ā Ā
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ĀæBueno pues quĆ© quieres saber? Me llamoĀ Yenny. - me dijo como tratandoĀ de acabar rĆ”pido.Ā
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Desde un comienzo la notĆ© muy incómoda. Sin embargo, le agradezco la enorme paciencia que me tuvo.Ā Me dijo que no existĆa posibilidad alguna de obtener algĆŗn audio de la entrevista y que para ellas es necesario guardar su identidad. AcĆ”, por enĆ©sima vez, volvĆ a pensar en lo oscuro de este mundo.Ā Ā
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YennyĀ es caraqueƱa, lleva en Colombia 5 aƱos. Vive en Turbaco, un municipio al sur de Cartagena que poco a poco se ha doblegado a ser absorbido por la capital del BolĆvar y donde la violencia urbana se ve de manera frecuente. Me contó que tiene 25 aƱos, es soltera y sin hijos; y me respondió esto intentando mostrar su nula intención de ser madre.Ā
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LlevĆ”bamos ya unos cinco minutos hablando y vi que todo se empezó a podrir de a pocos;Ā YennyĀ se notaba cada vez mĆ”s nerviosa y miraba hacia todos lados. Le preguntĆ© entonces sobre quĆ© tanto habĆa afectado el virus a las trabajadoras sexuales, ella me respondió con tristeza que pasaron de hacer entre cuatro a seis servicios diarios a uno, si estĆ”n de suerte. Es decir,Ā YennyĀ cobra 200.000 pesos por un servicio comĆŗn y corriente, por lo que un buen sĆ”badoĀ pre-pandĆ©micoĀ podrĆa llegar a su casa con un millón doscientos mil pesos. Hoy en dĆa, puede que salga mĆ”s cara la cura que la enfermedad, porque no es descabellado pensar que se puede devolver a su casa en ceros.Ā Ā
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Luego de esto me surgió una duda, Āædel producido del dĆa, todo es para ustedes? SabĆa lo inocente y virginal que era mi pregunta, pero necesitaba de alguna manera que me contara si alguien le cobraba alguna āvacunaā.Ā Ā
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Siguiente pregunta seƱor periodista- respondió como lo hace un expresidente, con total seguridad (a veces democrĆ”tica).Ā Ā
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EntendĆ su Ć”nimo de no responder la pregunta, es claro que sobre el proxenetismo poco se hablarĆa. Sin embargo, insistĆ, y luego de un largo silencio me respondió que no, que todo lo producido era para ellas. Esto Ćŗltimo me lo dijo con poca seguridad, es mĆ”s, lo Ćŗnico seguro en ese momento era que ella sabĆa que yo me iba a hacer el pendejo para no hacer mĆ”s tenso el ambiente, ya que se notaba nerviosa y mirando para todos lados. Pero no, intentĆ© de buena manera hacerle entender que, sin Ć”nimo de demeritar las pensiones de Turbaco, no entendĆa cómo una persona que de sólo trabajar los 4 sĆ”bados del mes (en una vida sinĀ Covid) se gana 4 millones de pesos, vive en una pensión en Turbaco con mĆ”s trabajadoras sexuales.Ā Ā
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Al ver que ella entendió el punto de mi contra pregunta, sentĆ que la estaba incomodando muchĆsimo mĆ”s de lo esperado, y no era la idea. EntendĆ que simplemente de ese tema no se hablarĆa. Luego de un largo silencio -nunca entendĆ si positivo o negativo- cambiamos el tema y le preguntĆ© por sus condiciones laborales. Me respondió con ganas deĀ safarseĀ de mĆ, pero por lo que me dio a entender, por su condición de migrante,Ā YennyĀ no cuenta con ninguna de las prestaciones sociales, al igual que el resto de las trabajadoras sexuales que viven con ella. En este punto ya llevĆ”bamos hablando casi veinte minutos, entendĆ que lleguĆ© a incomodarla y ella sólo miraba a todos lados como si alguien nos pudiera vigilar. DecidĆ irme, no sin antes darle las gracias.Ā Ā
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Unos metros mĆ”s adelante parĆ© a anotar todo en una libreta para no depender de la tergiversación de mi memoria. Mientras seguĆa con el esfero en la mano me di cuenta que unos 4 hombres me rodeaban de a pocos y revisaban quĆ© escribĆa en ese bendito papel, por lo que salĆ ahĆ mismo del sitio. SalĆ pensando enĀ YennyĀ y en sus colegas, en cómo ellas no son las dueƱas de su cuerpo, en cómo no pueden hablar de lo que viven dĆa a dĆa, en lo podrido de ese mundo y en lo necesario que es regular la prostitución. Sobre todo, esto Ćŗltimo. PaĆses como los PaĆses Bajos lo entendieron todo: la prohibición lo Ćŗnico que genera es mĆ”s discriminación, abuso y desigualdad. Ellas ven la prostitución como un trabajo digno, lo que no es digno son las condiciones en las que prestan los servicios, hay que darles garantĆas.Ā