¡COLOMBIA DELIRA!
- Sofía Parra Jiménez
- 15 ene
- 6 Min. de lectura
Foro Javeriano se adentra en “Delirio”, la nueva apuesta colombiana de Netflix, que rinde homenaje al famoso libro de Laura Restrepo con una adaptación televisiva del mismo título. ¡Alerta Spoilers!

El delirio como idea delirante en la psiquiatría es un síntoma frecuente en trastornos psicóticos, que según la Clínica de Mayo se refiere a un estado confusional que provoca desorientación, alucinación, creencias fijas y falsas que la persona percibe desde su entorno físico y moral, que prevalecerán pese a la evidencia en contra de dichas creencias. Pero el Delirio para la literatura colombiana de Laura Restrepo, aunque continúa con la misma línea, se presenta como una metáfora narrativa que muestra cómo un diagnóstico médico como el de Agustina revela los problemas sociales y familiares que enmudecen su propio delirio.
Sigue la historia de Fernando Aguilar, un profesor universitario que, al regresar a Bogotá de un viaje por su fin de semana, recibe una llamada donde un hombre desconocido le pide recoger a su esposa en un hotel igual de desconocido, ya que no la puede controlar. Al encontrar a Agustina, se da cuenta de que ella se encuentra en un estado delirante, y que es incapaz de recordar lo que ocurrió el fin de semana de su ausencia. En este contexto, Fernando se embarca en la búsqueda de una explicación para el delirio de su esposa, descubre oscuros secretos familiares y un pasado amoroso con el mejor amigo de su hermano, “El Midas”. La serie se adentra en tensiones y lugares donde el machismo, la homofobia, la violencia, la diferencia de clases y, en especial, el narcotráfico eran los representantes por excelencia de la época.
¿En dónde se sitúa la obra? Ambientada en la Bogotá de los años 80, la serie sitúa su drama íntimo en un país sacudido por la emergencia del narcotráfico y la violencia política: ese contexto no es un mero recurso decorativo, sino motor de las tensiones que revela la novela. La historia se aborda no solo como el drama personal de Agustina, sino como una metáfora del delirio social colombiano, representando el deterioro psíquico individual y colectivo. colectivo frente a los traumas del pasado de la protagonista. Pero la autora, para construir el delirio, debe utilizar no solo el contexto de la época, sino los personajes alrededor de la protagonista que representan los ejes fundamentales de la historia.
Comenzando por Freddy “Él Midas”, un naciente narcotraficante que excusa sus crímenes y negocios turbios con el hecho de “venir de abajo” y que la única forma de salir adelante que tiene es recurriendo a nefastas prácticas como lo son el narcotráfico. Es incluso curioso evidenciar que en cierto punto el personaje termina ganando el cariño del público, por su actitud con Agustina y por la forma en que se defiende de los ataques clasistas de la mamá de ella. Víctima constante de una clase elitista que constantemente lo discrimina por venir de un barrio marginado, Midas se alimenta de rencor y odio, para terminarse infiltrando en los negocios de esas familias de élite, que tanto lo criticaron, como los Londoño.
Pero, a pesar de que el narcotráfico es una de las grandes críticas que hace Laura Restrepo en la novela, y sin duda alguna aporta al hecho de que la relación de Agustina y Midas no funcione, el punto elemental del desato del delirio es precisamente su relación. Comienza como un tierno amor adolescente, pero a medida que pasa el tiempo y las presiones familiares incrementan, su relación comienza a transformarse en una masa tóxica, que los lleva al límite. Pero a pesar de todo, ambos logran sucumbir ante las dificultades y encuentran la forma de estar juntos… hasta que Agustina queda embarazada y su madre la conduce a abortar.
Entramos en uno de los puntos más rocosos de la historia, la moral y memoria selectiva, lo que nos lleva al segundo personaje influyente en el delirio de Agustina, Eugenia, su madre. Quizás es el personaje que más influencia tiene sobre ella, la que más problemas y traumas le causa. La serie desde un inicio pretende dejar en claro dicha intención. “¡Lo único que tienes que hacer es mantenerte alejada de los hombres!”. Esa es la frase introductoria de su madre.
Eugenia no es solo una madre fría; es la arquitecta de la fachada, la que profesionaliza la negación y la mentira. Ella encarna la autoridad que impone honor y disciplina a costa del bienestar de sus hijas. Su poder no se ejerce solo con gritos, sino con silencios largos y maniobras que parecen protectoras, pero que en realidad mutilan: induce el aborto de Agustina con la lógica de preservar el apellido; cubre la infidelidad de su marido con su propia hermana para no manchar la reputación familiar; y convierte la emocionalidad en una falla moral que debe corregirse.
Al final, Eugenia no solo protege una imagen, protege un régimen de poder que se sostiene sobre la negación y que, cuando se ve amenazado, arremete hasta quebrar a quienes amenazan la cortina de humo. Por eso el delirio de Agustina no aparece como un accidente personal, sino como el resultado lógico de una educación que criminaliza la diferencia y premia la sumisión. Eugenia vive de las mentiras; incluso me atrevería a afirmar que su vida está construida bajo una serie de ellas. Y al final, como es de suponer, cuando Agustina tiene la posibilidad de desenmascararla, la presión y el peso de todas las mentiras, insultos y contradicciones que su madre tiene provocan que su delirio termine por desatarse.
Agustina creció en la familia Londoño, parte de la élite bogotana a mediados del siglo XX. La dinámica de los Londoño revela la lógica de la hipocresía familiar: el hijo mayor es relegado y etiquetado como inútil, mientras que el menor —abiertamente homosexual y con una expresión afeminada— sufre el desprecio y el maltrato del padre, que responde con castigos para “corregir” lo que considera inaceptable. La madre, ahogada en el vino, oscila entre la indiferencia y la complicidad, incapaz de ofrecer refugio; Agustina, por su parte, vive como una alternativa que nunca obtiene reconocimiento ni protección en su supuesto hogar. El padre actúa como guardián de la reputación: sus silencios y decisiones determinan quiénes son visibles y quiénes quedan borrados, y es desde ese poder que se proyecta la sombra de la tía Sofía. Ella llega como un contrapeso inesperado a la maquinaria del ocultamiento. En el día en que el delirio de Agustina estalla, Sofía se convierte en un punto de apoyo para Aguilar: ofrece cuidado práctico, presencia, palabras que confirman la realidad, pequeños actos de contención y, sobre todo, actúa como testigo que pone en voz alta lo que la casa intentó silenciar. No es una salvadora omnipotente; ella también hace parte del delirio de Agustina. Pero su intervención es decisiva porque cuestiona la pena del secretismo y habilita, aunque sea por un momento, la posibilidad de verdad y duelo.
Por último, tenemos al enigmático profesor universitario, Fernando Aguilar, el gran amor de la vida de Agustina. Su futuro esposo es introducido en su ambiente universitario dentro de una protesta estudiantil pública, y precisamente son las palabras que relata en ese contexto las que terminan por despertar el interés de Agustina. “Si la protesta sale a la calle, hay que evitar la violencia a como dé lugar para luchar con la doble moral de la burguesía. A ellos les importan más las apariencias que la verdad.” En la vida de Agustina, el discurso que escucha es una coincidencia. Para nosotros los espectadores, tiene un propósito narrativo, ya que para nada es similitud que en el preciso instante en que ella deja su vida en la élite, el discurso resalte el principal eje del problema elitista de su familia.
La relación con el profesor hace que Agustina se adentre en descubrir una nueva faceta de su vida, en la que por primera vez se siente feliz. Pero incluso, con ese latente sentimiento, ella reprime sus más oscuros secretos y, aunque se presenta a Aguilar con fallas, no lo deja conocer quién en realidad es ella y los problemas con los que vive. Guardar los secretos propios nunca será una opción viable para poder vivir en tranquilidad, porque cuando esta te es arrebatada, recuperarla es una tarea incluso titánica. Agustina y Fernando se enfrentan a la trágica pérdida de su hijo por nacer, y ella, como ya es su innata costumbre, prefiere guardar los sentimientos que ello le provoca, agrietando la relación de ambos.
Como es de esperar, el delirio se desata como una respuesta inevitable.
La serie traduce el delirio de Agustina en una experiencia sensorial: planos cortos que rozan la asfixia, flashbacks que desordenan el tiempo y un diseño sonoro que mezcla recuerdos y alucinaciones, hasta convertir su sufrimiento en una verdad insoportable para quien la mira. Frente a eso, Aguilar emprende una búsqueda obstinada de explicaciones: revisa historias pasadas, interroga a quienes la rodearon, intenta poner nombre a los silencios y desmontar la vitrina familiar para sacar a la luz lo que fue sepultado.
Esa lucha choca con la resistencia del entorno revelando su carácter inalcanzable: no porque le falte voluntad, sino porque la raíz del daño excede al individuo y está entretejida en estructuras de poder. En ese choque entre delirio y búsqueda, la pantalla deja claro que el rescate de una mente rota exige algo que ninguna voluntad aislada puede garantizar: verdad reparadora y una transformación colectiva.
La serie nos recuerda que la cura no es privada: es política; sin reparación colectiva, el delirio seguirá siendo el lenguaje que usamos para no nombrar nuestras sombras.






