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Política y País.

  • Foto del escritor: David Alejandro Cáceres Guerrero
    David Alejandro Cáceres Guerrero
  • 15 ene
  • 4 Min. de lectura

Reflexiones sobre la compleja relación entre identidad nacional y el orgullo de ser colombiano. Apuntes sobre la política, nuestra mentalidad y nuestro futuro.  


La definición más básica de política, sin ser ni mucho menos un experto, podría decirse que se nos enseñó en el Colegio: el arte de tomar decisiones en comunidad. ¿Es la sociedad colombiana una que sabe tomar decisiones? Dudo que en un país donde ha primado el levantamiento armado y la violencia sobre el diálogo coherente, decente y respetuoso, sea uno que sepa tomar decisiones.  


Este texto no pretende seguir esquema narrativo alguno, sino ser una muestra de rebeldía autoral manifestando una serie de reflexiones, preguntas y consideraciones absolutamente personales sobre los tiempos que corren en la esfera nacional.  


No podría sentirme más honrado y afortunado de ser colombiano; desde pequeño he tenido un ferviente sentimiento patriótico por mi país. No obstante, de un tiempo para acá, he puesto en duda aquella frase cliché que solemos decir quienes amamos a nuestra patria para materializar nuestro sentimiento por ella: que orgullo ser colombiano. ¿Realmente me siento orgulloso de ser colombiano? 


El artículo 95 de nuestra Carta Política versa, en sus primeras líneas, de la siguiente manera: La calidad de colombiano enaltece a todos los miembros de la comunidad nacional. Todos están en el deber de engrandecerla y dignificarla. El ser colombiano no es una calidad que me asista individualmente, sino que nos asiste a la colectividad de colombianos, por lo que es un atributo que nace, vive y se desarrolla por y para la comunidad. Por lo que la revisión de la pregunta por el orgullo ha de realizarse en clave comunitaria, no personal.  

No quiero que se me mal interprete, la nación cuenta con infinidad de fuentes de orgullo, no obstante, quiero ser contundente con el lenguaje: sobre lo fundamental hemos fracasado.  


El magnicidio de Miguel Uribe Turbay será -y ya es- una memoria colectiva de una generación que por algún momento pensó que, contrario a lo que vivieron sus padres, no le iba a tocar ver cómo asesinaban a candidatos presidenciales.  Este hecho atroz, me genera una mezcla de sensaciones desesperanzadoras. Salta la pregunta del por qué repetido hasta el cansancio. Ese por qué infinito lleno de frustración e impotencia. Lastimosamente la política colombiana nunca ha entendido de razones, sino de fanatismos.  


Un año de nuestra realidad nacional pasa por el asesinato de un líder de la oposición política y precandidato presidencial; por bombardeos y atentados diarios provocados por las disidencias de las FARC; por escándalos de corrupción que cada mañana titulan la prensa local; por riñas callejeras; por violencia desenfrenada contra la mujer; por la desprotección de nuestros niños; por magistrados que se escogen por vía política y hacen tanto lobby como si el cargo al que aspiraran fuera de elección popular. Es un sinfín de dinámicas que erosionan cualquier sueño de una sociedad en paz. Imposible sentirse orgulloso de lo que somos como sociedad.  


En términos generales, me siento orgulloso de haber nacido en los límites territoriales de la nación colombiana, pues hace parte estructural de mi identidad y sentido de vida; pero ello no implica que me sienta orgulloso de la sociedad que somos. Tener esto claro es esencial para mí, toda vez que me impulsa a desarrollar conciencia sobre el país que sueño y sobre lo que puedo hacer por él.  


Lo primero -además de ser uno de los grandes puntos negros de nuestra política-, es tener claro que los partidos no son equipos de fútbol. Sé que la aclaración suena absurda, pero es necesaria. Regularmente los colombianos defienden a ultranza todo lo que hace su partido o político favorito, como si se tratara de una cuestión de honor definir quién tiene la razón. El colombiano pocas veces está dispuesto a ceder o a pensar sensatamente en favor del interés público. Hagan el ejercicio de identificar cuando alguien de un espectro político de izquierda le haya reconocido alguna buena decisión o política a un gobierno de derecha. Mismo caso en el sentido contrario; seguro se pueden contar con los dedos de las manos.  

La política no es -o no debería ser- una competencia por el poder. Desde cuando se normalizó, ya no solo en Colombia, sino en el mundo, que el ostentar un cargo político es un privilegio más que una responsabilidad.  


Considero que en el servicio público deberían estar los mejores seres humanos. No solo en materia técnica, sino en principios y mentalidad de vida. Cómo es posible que el presidente de la República, si, reitero, el presidente de la República, cada semana de por medio tenga un escándalo por salidas de fiesta o por excesos nocturnos. Muchos podrán alegar que es su intimidad, no obstante, hay una serie de concesiones y responsabilidades que debe asumir a quien se le otorga la responsabilidad de ser el jefe de Estado y de Gobierno; no es un cargo más. Es nuestro representante y como tal, ha de mantener una senda de honorabilidad básica para quien tiene sobre sus hombros parte esencial de la imagen de un Estado.  


Es necesario un cambio de mentalidad que nos asiste a todos. La política es de formarse, de leer, de hacer esfuerzo por entender al otro y de tener la capacidad humana de ceder a la fuerza del mejor argumento. Eso requiere que formemos mejores seres humanos desde la infancia. Requiere una cultura de país más allá de amar la bandera y cantar el himno desde el pulmón: cosas que, sin duda, tampoco deben perderse y han de fomentarse.  

Que el norte de nuestra nación esté marcado por el amor a la misma, no por el amor a nosotros mismos.  


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