CRÓNICA

“Como dijo el Primo Levi, -yo hoy, en ese mismo momento, no puedo creer que haya pasado por eso-. Se que lo pasé, pero no sé en qué momento pasó todo eso.”

  

VIVIR CON CÁNCER

Foro Javeriano tae el testimonio de María Camila Dávila, una escritora y sobreviviente de cáncer, para ilustrar desde un lado sin censura, como es la lucha contra esta enfermedad.

Fuente: Archivo personal de María Camila Dávila

Por: Sofía García-Reyes Meyer

La muerte es muy particular; está implícita en nuestras vidas, pero no siempre la tenemos presente. Muchos le tememos, pues nos genera incertidumbre. Sin embargo, la evadimos al sentirla completamente lejana a nuestra realidad. ¿Esto cambiaría si nos dijeran que tenemos cáncer? Posiblemente sí. Saldríamos corriendo a cumplir nuestros sueños y vivir todo lo que hemos postergado por años. Pero las cosas no son tan fáciles y solo los que lo han vivido podrían entenderlo. María Camila es una de estas personas; fue diagnosticada de Sarcoma de Ewing a los 13 años, sin razón hereditaria, si no, como ella dice, por de malas. 

 

Conocí la historia de María Camila un día que, por cuestiones de la vida, encontré “En bus a Santa Marta”; un libro que cuenta la historia de una adolescente que le había ganado al cáncer. Y sí, el libro era escrito por ella, apenas se recuperó. Quede en shock, pues todos tenemos un conocido o alguien que haya tenido que atravesar por esta enfermedad, pero son muy pocos los que cuentan su experiencia y logran hacerlo sin censura. Mucho menos una niña. Así que decidí entrevistarla y conocer a la guerrera que se encontraba detrás del libro. La enfermedad de María Camila no puede ser contada mejor que por ella misma, como lo hace en su libro. No obstante, quiero hablarles de la historia de Cami, no solo de lo que vivió, sino en la persona que se convirtió. 

 

Camila perdió a su papá a los 8 años, luego de que él luchara un tiempo contra un cáncer de colon. Por lo que la enfermedad no era algo ajeno y desconocido en la vida de ella ni en la de su familia. Pasaron los años y cuando María Camila tenía 13, un día se pegó en la pierna jugando. El golpe no fue nada del otro mundo, pero luego de un tiempo, empezó a notar que le dolía mucho, así que fue a fisioterapia. El dolor no ceso, por lo que decidió hacerse exámenes, por más que su fisioterapeuta le asegurara que no tenía nada. El resultado de los exámenes: cáncer. Sí, Camila tenía Sarcoma de Ewing, un tumor cancerígeno en la pierna derecha. En la entrevista me comentó que, si no hubiera sido por el golpe de ese día, posiblemente hubiera cogido el cáncer mucho más avanzado, al no sentir dolores. 

 

A partir de la noticia, la vida de Camila dio un giro de 360 grados. Empezó su tratamiento con cinco ciclos de quimioterapia, en los que la clínica paso de ser prácticamente su hogar. El cuerpo siempre recibe con altibajos la quimio, por lo que vomitar y sentir dolor se volvió el pan de cada día de ella. También tuvo bastantes dificultades, pues a lo largo de su tratamiento tuvo que sobrellevar varias veces neutropenia, que da cuando hay un nivel bajo de glóbulos blancos, lo que le provocaba fiebres altísimas, que la hacían correr constantemente a la clínica a ella y a su mamá. 

 

En su proceso de quimioterapia, como era de esperarse, se le empezó a caer el pelo. Camila me comentó como ella ya había procesado que iba a quedar calva, así que fue la primera en insistir en raparse toda. Me dijo que ella nunca había sido la niña que entra en los cánones de belleza, por lo que cuando se calveó lo enfrentó muy bien; era dichosa y se sentía linda con su calva. “No me atormentaba ser calva. Creo que en un punto era lo que menos me atormentaba”. Cami nunca usó peluca, pero me explicó que las otras mujeres usaban peluca, no porque negaran su enfermedad, sino que no se sentían cómodas sin pelo. 

 

En cuanto a su vida personal todo había cambiado; poco a poco fue dejando de ir al colegio y pasaba más tiempo en la clínica. Me contó como no hubo ni un día en que sus amigos no estuvieran pendientes, pero que al mismo tiempo se habían separado mucho, pues “sus vidas tenían que seguir y la mía seguía, pero un camino un poco diferente”. Fue ahí cuando me explicó la portada de su libro y la historia de las gruyas. Muchos de ustedes sabrán la leyenda japonesa de las 1000 gruyas de papel, en la que si una persona hace esa cantidad de gruyas en origami, puede pedir un deseo. Pues resulta que un día llegó una amiga de ella con una bolsa llena de gruyas; las habían hecho en el colegio y habían pedido que Cami se mejorara. Más adelante, se reunieron todos y soltaron al cielo las gruyas de papel amarradas a bombas de helio. Así que las gruyas se convirtieron en algo muy importante para ella.  

 

Luego de que María Camila acabara los ciclos de quimio, seguía la cirugía para sacarle el tumor. Dependiendo de eso le tocaría hacerse o no radioterapia. La cirugía salió efectivamente bien, pero eso no la eximió de la radio. Pero antes de lidiar con eso, tuvo que enfrentar las complicaciones de la operación; Camila ya no podía ir sola al baño y debido al dolor insoportable, empezó a caminar a 90 grados, la altura de la pelvis. Luego si comenzó la radioterapia. El proceso si fue muy duro; le dolían tanto las extremidades que no podía moverse absolutamente nada, así que empezó a tener fisioterapias diariamente. Fue a sus 15 años como gatear se convirtió un logro otra vez. El dolor podía llegar a ser tan fuerte que empezó a abusar de la morfina, llegando a un punto en que sentía abstinencia con solo que le redujeran una gota de la droga. Fue un proceso complicado, pero logró salir de su adicción. Otro efecto de la radiación fue la infertilidad, debido a el lugar y la agresividad del tratamiento. Me contó que lleva sin el periodo desde los 14 años hasta la fecha, y que por más que no fuera su prioridad, que le quitaran la opción le causaba tristeza. “Uno no le da importancia a cosas cuando uno las da por sentado” me comentó.

 

Paso cierto tiempo y ella empezó a tener mejoras, sin embargo, su herida no se cerraba, por lo que empezó a salirle pipí por esta. Se dieron cuenta que todo se debía a que, gracias a la radiación, se le había perforado la vejiga. “Llegó el peor momento de mi enfermedad y el de mi vida, espero” me dijo, pues se había convertido en una persona completamente dependiente, que no podía moverse por el dolor tan fuerte y que estaba conectada a una sonda que sacaba el pipí. “Yo creo que describir el dolor que yo sentí, desde es cirugía en la vejiga, de cuando se movía la sonda y cuando me la tenían que cambiar. Creo que es un dolor inhumano. Creo que fue la única vez en mi enfermedad que yo tiré la toalla. Yo así no quería seguir, tener que orinar con una bolsa…”. Pero a pesar de todos los contratiempos, María Camila logró mejorarse poco a poco; volvió a su casa, volvió a caminar y más tarde volvió al colegio. Para los que ya se leyeron el libro, les cuento que Camila efectivamente sí se terminó yendo de viaje con su curso, “Me fui a Italia en pañal y en silla de ruedas. Cuando volví la herida se había cerrado”. Así que se mejoró y empezó a recuperar todo el tiempo que había pasado en las clínicas. Para ese entonces ella ya tenía 16 años y tan solo un año más tarde fue que decidió escribir este libro. 

 

Actualmente María Camila tiene 21 años, estudia Comunicación Social, tiene un podcast, rumbea y vive la vida como cualquier persona más. Sin embargo, el cáncer es algo que ella siempre va a tener presente, especialmente por los impedimentos en su pierna. Me explicó también que “las personas que tienen o tuvieron cáncer son personas que aprecian mucho más la vida. No todas lo expresamos de la misma manera, pero uno si es más consiente de muchas cosas, que tal vez otras personas no lo son. Mi vida está marcada por eso, porque me hizo crecer más, me hizo sufrir más”. Camila sigue teniendo uno que otro control y debe tomar algunos medicamentos y demás, pero desde ahí ha vivido su vida al máximo. Me comentó como antes le costaba mucho aceptarse y poder tener una relación con alguien, pues “es muy difícil pedirle a alguien algo que tu no has aceptado”. Sin embargo, me dijo que cada día se vuelve más fuerte, acepta sus cicatrices y se quiere cada vez más.

 

Mientras hablábamos no pude dejar pasar por alto a su mamá. Ella no solo había sido la acompañante 24/7 de Camila en su tratamiento, también seguía trabajando, era mamá-papá de sus dos hijas y lidiaba con el segundo cáncer de la familia. Y a pesar de eso, me dijo que casi nunca la vio llorar. “Hay una frase de -Bajo la misma estrella- que dice <algo peor que estar muriéndose es tener un hijo muriéndose>, creo que es muy cierto. Fue un dolor muy grande para ella. Ser acompañante del paciente, y más que sea tu hijo es una impotencia muy grande. La cambió, nos cambió mucho. Fue una enseñanza muy grande”.

 

Por último, le pregunté si su percepción sobre la muerte había cambiado por el cáncer. Me comentó que, cuando estaba enferma, la muerte era un tema muy recurrente, pero que a pesar de todo “creo que le tengo más miedo a vivir con mala calidad de vida y vivir sufriendo, que a morirme”. Fue ahí cuando entendí todo el sentido del libro: Camila no sólo quería mostrar que era vivir con cáncer, también quería que aprovecháramos al máximo nuestra vida sin él.

 

 

 

*Este es solo una pequeña parte de la historia de María Camila Dávila Bermúdez contra el cáncer. No se pierdan su libro “En bus a Santa Marta”, editorial Cain Press.