CRÓNICA

“Prescindiendo de él, desapareció de Colombia, como desapareció su esposa” 

UN ESPÍA EN EL GIRALDO

Foro Javeriano relata a través de una crónica quizás la historia más inverosímil que se ha dado en la facultad: los pasos de un espía húngaro por los salones de la universidad. Este suceso fue rescatado del  libro “El padre Gabriel Giraldo: la fuerza del carácter” de Alberto Dangond Uribe. 

Por: Emilio Navarro

Mi nombre de pila es Quivedi, termine acá, en el culo del mundo o por lo menos, de mi mundo en el año 50. No puedo ser muy específico sobre los detalles pero a grandes rasgos perdí aquel componente que me hacía útil para ellos, ser un hombre que actúa sin preguntar, que actúa sin importar la misión. Siempre supe que una falta como la mía no era motivo suficiente para nublar mi existencia, o por lo menos de hacerlo de manera inmediata, quizás un reloj con una pizca de uranio pudiera filtrar los años que me quedaban de vida de forma sigilosa y sin dejar preguntar por hacer.  

 

En el interludio entre mi salida de la actividad seria del ejército soviético húngaro y mi inminente muerte, encontraron la excusa para mandarme a realizar trabajo de campo en un Estado cuya independencia se había alcanzado hace no más de 150 años. La misión consistía en reunir información sobre la realidad de un país que por su ubicación geográfica era realmente importante. Además, la inestabilidad política que reinaba en él, lo proyectaban como el escenario propicio para exportar la idea socialista en el continente suramericano.  

 

Junto a mi esposa, que para efectos prácticos llamaré la señora Quivedi, tomamos el buque de la East Indian Trading Company cuyo monopolio sobre los mares la hizo trascender de transportar especies del oriente a importar fugitivos a América. Tardamos tres semanas en llegar a Bogotá y mi primer pensamiento era que aquella ciudad de la que los muy conversadores nativos me hablaban en el camino como la cuna del progreso, resaltaba por un ambiente de desesperanza y mal porvenir. Me explicaron que el 9 de abril de 1948 “asesinaron a un pueblo, no a un hombre”, curiosas palabras que el azar grabaría en mi memoria. 

 

Me establecí en una pequeña casa en la calle 36, apenas a dos cuadras de distancia de lo que sería mi segundo hogar los siguientes años de mi vida, la Pontificia Universidad Javeriana. Uno de los pocos contactos que tenía en la ciudad con mi país natal consiguió una cita con el entonces rector de esa Universidad, el padre Félix Restrepo. “Sea cauteloso, no hable de más pues el hombre construyó su intelecto bajo los postulados de Tomás de Aquino y su capacidad lógica es insuperable. Por otro lado, que ni se le ocurra hablar de la teología de la liberación, no asocie esa corriente con estos curas porque le va mal.” 

 

Luego de una charla amena en la que hablando pestes de mi corriente del pensamiento logré conquistar aquel hombre añejo, y me ofreció la cátedra de sociología en la Facultad de Ciencias Jurídicas. Un joven decano de este Facultad, de apellido Giraldo, me dio la bienvenida y supe de inmediato que a este no lo lograría conquistar con la retórica, quizás era esa intuición la que producía que la gente lo tratara con una admiración reverencial. Así fue como empecé mi labor de profesor en un país que no terminaba de identificarse y su pueblo no sabía a ciencia cierta quién era y a dónde iba. 

 

Al son de “La internacional” retumbando en mi cabeza, llegaba a clase de siete todos los martes y jueves para exponer a unos precoces estudiantes cómo el comportamiento de las sociedades debía trascender al individuo y pensar en un conglomerado. Claro, de forma sutil identificaba aquellos alumnos que entendían mi pensamiento y serían mis “idiotas útiles” para mis labores de inteligencia. 

 

Los fines de semana me iba con los alumnos seleccionados a los barrios marginados a tomar fotografías para evidenciar la miseria y pobreza de este país, así las altas esferas de la organización tendrían evidencia para decidir si valía la pena invertir esfuerzos en este joven Estado. Al parecer el experimento estaba funcionando y cada dos o tres meses viajaba a Hungría para hacer un reporte detallado. Con lo que no contaba era con ese viejo testarudo de Girado que empezó a sospechar de mis cortas desapariciones y al parecer de mi ofensa contra la religión, pues comulgaba 2 o 3 veces al día. Una “profanación a la Eucaristía” me dijo Gabriel Giraldo utilizándolo como pretexto para votarme fuera de aquel templo que educaba a los “líderes” del mañana.  

 

Mi nombre de pila es Quivedi, junto a mi esposa, la Señora Quivedi, fuimos espías en Bogotá entre 1950 y 1953. El lugar de donde escribo estas insignificantes palabras ya no importa, mi única posesión es un reloj de bolsillo que me regaló el ejército por mis servicios prestados y que tengo certeza es el instrumento que está acabando con mi vida.