CRÓNICA

LA PROSTITUCIÓN EN LA TORRE DEL RELOJ EN CARTAGENA

Decidí hacer esta crónica porque considero necesario visibilizar la inseguridad, los abusos y la discriminación que sufren las trabajadoras sexuales en Colombia. 

Fuente: Archivo personal

Por: Martín Jaramillo Ortega

Comerciantes, vendedores ambulantes, recicladores, transportadores, y mil otros más, han tenido probablemente el año más duro de los últimos tiempos. Y si se habla de las trabajadoras sexuales la cosa va más bien en picada y hacia el estanco por dos razones: la primera, porque estamos en un momento en donde se apela al autocuidado, al distanciamiento social y al ahorro. Está claro que, en este caso, no hay forma de buscar distanciamiento social al momento de la prestación de un servicio por parte de alguna trabajadora sexual y tampoco se estaría satisfaciendo un producto de primera necesidad (aunque esto puede ser debatible), por lo que no estaríamos hablando propiamente de un ahorro sino todo lo contrario. La segunda razón viene de varios años atrás: al momento de ejercer la prostitución en Colombia, las trabajadoras sexuales - porque son en un 97% mujeres- se ven inmersas en abusos, maltratos, discriminación y vulneración de derechos fundamentales. ¿La razón? El vacío jurídico existente. No hay regulación en Colombia para este tipo de trabajo. Lo máximo a lo que hemos llegado es la sentencia T-629 de hace una década, en donde la Corte aseguró que era necesario buscar una regulación para corregir el escenario de discriminación y vulneración de derechos fundamentales a las trabajadoras sexuales y la sentencia T-073 de 2017 en donde la Corte buscó proteger la situación de las personas extranjeras que llegan a ejercer la prostitución en el país.  

 

Esto fue un sábado de octubre en La Torre del Reloj en Cartagena. Eran las 7 de la noche cuando llegué, en ese momento entendí que había llegado muy temprano. No vi nada distinto a un ambiente familiar lleno de niños corriendo con tapabocas y jugando fútbol, felices por la victoria de nuestra Selección el día anterior. Entonces, me senté a esperar que cayera del todo la noche. 

 

Sentado en una banca por un poco más de dos horas empecé a analizar todo el turbio negocio de la prostitución en este país: mujeres que viven de su cuerpo llegaban arregladas y se reunían discretamente con algún hombre del lugar que iba señalándoles en qué sitio se haría cada una; incluso a algunas las mandaban hacia el Parque Centenario, afuera del Centro Histórico. Ahí entendí que no eran ellas las dueñas de su cuerpo... así de oscuro es este negocio. Me impresionó la autoridad de estos hombres sobre ellas. Por lo que pude ver, de lejitos y con bajo perfil, les decían dónde hacerse y las mantenían vigiladas. Sin estar seguro de que estos hombres lo hayan hecho, es importante decir que la inducción o constreñimiento de la prostitución es delito en nuestro país y se encuentra tipificado en los artículos 213, 213A y 214 del Código Penal. Además de la figura del proxenetismo, en donde se saca algún provecho económico por la prostitución de otra persona, en muchos casos en condición de subordinación. Pero de acá me queda la duda, ¿qué tan difícil sería probar eso? 

 

Llevaba entonces ya casi tres horas en la misma banca desde que decidí esperar que pasara el horario sabatino familiar para poder ver el comienzo de la vida nocturna de La Torre del Reloj en un sábado de pandemia. El paisaje había cambiado por completo, las familias enteras y los niños jugando a ser Cuadrado pasaron a ser parejas o grupos pequeños de amigos que, con el tapabocas mal puesto y ligeramente alicorados, salían de comer de algún restaurante o se dirigían a alguno de los pocos rumbeaderos que el virus ha dejado abrir o que no quebró durante el confinamiento.  En ese momento decidí ir a donde una mujer de vestido rojo que llevaba bastante tiempo esperando en uno de los arcos de la Torre. Al momento de ir vi que un hombre se la llevó hacia el Parque Centenario, por lo que seguí caminando hacia donde otra mujer que se encontraba un arco más hacia la izquierda. Me acerqué a ella y me presenté, le conté que no iba por un servicio sino por una entrevista para un periódico universitario y que quería saber sobre la situación actual de las trabajadoras sexuales de Cartagena desde que llegó el virus y congeló todo.  Ella, sin entender muy bien y más bien con cara de pocos amigos, accedió a la entrevista. Aunque me dio a entender con su mirada que, contra todo pronóstico, pocas veces le han habían hecho propuestas tan indecentes. 

 

Cuando la vi, mi primera percepción fue ver una mujer de vestido negro, un poco mayor que yo, medianamente morena y no muy alta, maquillada, y con una disputa interna entre si irse y darme a entender que anotaría dicho encuentro en la lista de cosas que poco le importan, o quedarse y responderme las preguntas tediosas que le haría.  

 

  • ¿Bueno pues qué quieres saber? Me llamo Yenny. - me dijo como tratando de acabar rápido. 

 

Desde un comienzo la noté muy incómoda. Sin embargo, le agradezco la enorme paciencia que me tuvo. Me dijo que no existía posibilidad alguna de obtener algún audio de la entrevista y que para ellas es necesario guardar su identidad. Acá, por enésima vez, volví a pensar en lo oscuro de este mundo.  

 

Yenny es caraqueña, lleva en Colombia 5 años. Vive en Turbaco, un municipio al sur de Cartagena que poco a poco se ha doblegado a ser absorbido por la capital del Bolívar y donde la violencia urbana se ve de manera frecuente. Me contó que tiene 25 años, es soltera y sin hijos; y me respondió esto intentando mostrar su nula intención de ser madre. 

 

Llevábamos ya unos cinco minutos hablando y vi que todo se empezó a podrir de a pocos; Yenny se notaba cada vez más nerviosa y miraba hacia todos lados. Le pregunté entonces sobre qué tanto había afectado el virus a las trabajadoras sexuales, ella me respondió con tristeza que pasaron de hacer entre cuatro a seis servicios diarios a uno, si están de suerte. Es decir, Yenny cobra 200.000 pesos por un servicio común y corriente, por lo que un buen sábado pre-pandémico podría llegar a su casa con un millón doscientos mil pesos. Hoy en día, puede que salga más cara la cura que la enfermedad, porque no es descabellado pensar que se puede devolver a su casa en ceros.  

 

Luego de esto me surgió una duda, ¿del producido del día, todo es para ustedes? Sabía lo inocente y virginal que era mi pregunta, pero necesitaba de alguna manera que me contara si alguien le cobraba alguna ‘vacuna’.  

 

  • Siguiente pregunta señor periodista- respondió como lo hace un expresidente, con total seguridad (a veces democrática).  

 

Entendí su ánimo de no responder la pregunta, es claro que sobre el proxenetismo poco se hablaría. Sin embargo, insistí, y luego de un largo silencio me respondió que no, que todo lo producido era para ellas. Esto último me lo dijo con poca seguridad, es más, lo único seguro en ese momento era que ella sabía que yo me iba a hacer el pendejo para no hacer más tenso el ambiente, ya que se notaba nerviosa y mirando para todos lados. Pero no, intenté de buena manera hacerle entender que, sin ánimo de demeritar las pensiones de Turbaco, no entendía cómo una persona que de sólo trabajar los 4 sábados del mes (en una vida sin Covid) se gana 4 millones de pesos, vive en una pensión en Turbaco con más trabajadoras sexuales.  

 

Al ver que ella entendió el punto de mi contra pregunta, sentí que la estaba incomodando muchísimo más de lo esperado, y no era la idea. Entendí que simplemente de ese tema no se hablaría. Luego de un largo silencio -nunca entendí si positivo o negativo- cambiamos el tema y le pregunté por sus condiciones laborales. Me respondió con ganas de safarse de mí, pero por lo que me dio a entender, por su condición de migrante, Yenny no cuenta con ninguna de las prestaciones sociales, al igual que el resto de las trabajadoras sexuales que viven con ella. En este punto ya llevábamos hablando casi veinte minutos, entendí que llegué a incomodarla y ella sólo miraba a todos lados como si alguien nos pudiera vigilar. Decidí irme, no sin antes darle las gracias.  

 

Unos metros más adelante paré a anotar todo en una libreta para no depender de la tergiversación de mi memoria. Mientras seguía con el esfero en la mano me di cuenta que unos 4 hombres me rodeaban de a pocos y revisaban qué escribía en ese bendito papel, por lo que salí ahí mismo del sitio. Salí pensando en Yenny y en sus colegas, en cómo ellas no son las dueñas de su cuerpo, en cómo no pueden hablar de lo que viven día a día, en lo podrido de ese mundo y en lo necesario que es regular la prostitución. Sobre todo, esto último. Países como los Países Bajos lo entendieron todo: la prohibición lo único que genera es más discriminación, abuso y desigualdad. Ellas ven la prostitución como un trabajo digno, lo que no es digno son las condiciones en las que prestan los servicios, hay que darles garantías.