CULTURALES

¡OLÉ POR LO TOROS BUENOS!

Fuente: moralesgago.com  

Por: Pablo Güete Álvarez

Hay que ser sincero con el que pueda llegar a leer esto, y la verdad es que estuve divagando varios días y no tuve ideas para escribir en esta edición del periódico. Con tan solo unos minutos para tener que enviar este artículo y unas 750 palabras por escribir, lo más práctico que se me ocurrió fue escoger un tema en el que no tenga que pensar tanto y por lo tanto todo pueda fluir más. Defiendo firmemente que cuando escribimos desde el sentimiento todo va como en sincronía, como cuando le regalan al toro la posibilidad de templar las embestidas del torero.  

Pero no sé asuste querido lector, que no vengo a plantearle que los taurinos tenemos razón en todo, ni mucho menos. Es más, le puedo decir que una parte dentro de mí sabe que hay cosas en la tauromaquia que están mal, pero a pesar de estas cosas, me gusta mucho. Y como tengo poco tiempo para escribir algo, les voy contar brevemente por qué me gustan los toros.   

Ya lo dijo Paco Aguado: desde que el primer hombre se vio frente a frente con el primer toro, para cazarlo, comenzó a forjarse un hondo ritual de vida y muerte, un ancestral juego de sangre en el que la temible naturaleza ponía a prueba la inteligencia y el coraje de las tribus y sus héroes. Luego, se domesticó al animal, se esclavizó al sentido productivo de la carne y leche. Pero en un lugar, el Mediterráneo, se siguió tratando al toro bravo como un dios, se le permitió al animal seguir manteniendo su esencia, y nunca dejó de ser un símbolo de libertad. 

 

En la plaza de toros, cada tarde, se sigue escenificando ese primer combate entre el hombre y el dios naturaleza. Todo se reduce a toro y torero, aislados de todo lo demás. No hay mentira ahí dentro, no importa lo de afuera, todo dentro del ruedo es verdad. El torero puede morir, el toro, muy seguramente lo hará. Ahí es donde podemos empezar a discrepar si usted nunca ha visto desde dentro una corrida de toros, ¿verdad? 

 

El toro sufre, sí, hay tragedia, es igual que el teatro, pero con la diferencia de que en los toros la tragedia sí es real. Desde mi perspectiva, el que haya sufrimiento no significa que se esté torturando, no. Al toro se lo respeta más que a nada en la plaza, no se degrada, todo lo contrario, se enaltece su naturaleza. Se preserva esa ancestral fascinación por la figura del animal, por el encanto que produce su potencia, la punta hiriente de sus cuernos y la eficacia inquietante de su embestida. En definitiva, no hay animal mejor tratado a lo largo de su vida que el toro de lidia.

  

Puede ser difícil de entender, eso no lo discuto, pero el que no se ha atrevido a ir a una corrida no lo ha constatado. El toreo es inyectar vitalismo, para estos héroes que salen en hombros, vivir sin torear no es vivir, porque nada vuelve a ser igual si les quitan la libertad de jugarse la vida. En una época tan convulsa como la actual, donde las mentiras son asumidas y repetidas cotidianamente, es apenas lógico que la libertad se restrinja a lo que nos muestran en las redes sociales y nos limiten nuestra capacidad de elegir, nuestra capacidad de pensar críticamente y cuestionarse realmente si algo está mal o bien. Mi objetivo no es convencerlo, es invitarlo a que vea más allá de esa banal y vacía “guerra” que existe en contra de la tauromaquia.  

Los invito a una plaza de toros, yo que fui de niño, pero tengo mi primer recuerdo a los dieciocho años dentro de una. Fue algo nuevo para mí y acá están los toros y los toreros sacándome una vez más de un apuro, igual que lo han hecho durante años siendo fuente de inspiración para varias de las mejores plumas de la literatura universal, para músicos, poetas y la mitad de artistas que llenaron el Museo del Prado. Todos inspirados en ellos, todo gracias a ellos, a toros y toreros. 

Nada más falso y mentiroso que decir que a los toros van los elitistas. A los toros va todo aquel que encuentre vida en el toro bravo. Así es, aunque hay muerte en las corridas, hay mucha más vida. ¿O acaso existen toros bravos en los países donde no hay plazas de toros, ni toreros? No los hay, se extinguieron, porque le quitaron su naturaleza al animal, su bravura. El toro bravo embiste, hiere y quiere matar porque esa es su manera propia de vivir. No lo priven de eso, no lo extingan. El toreo tiene algo de primitivo, sí, pero no por eso es malo. ¡Ole por los toros buenos!