DE LOS DIRECTORES

Entre recuerdos y sueños 

OIGA HOMBRE, TOQUE EL ACORDEÓN

Para enfrentar el encierro basta la música, recuerdos, sueños y un poco de imaginación. 

Por: Orlando David Buelvas Dajud

Hasta hace poco me persigue un sueño, lo viví como se vive lo onírico; entre sensaciones vívidas y recuerdos confusos. Hoy lo comparto. 

Caminaba calle abajo, cuando al pie de un quiosco, vi un hombre acorazado que portaba un acordeón. Con un gesto de saludo fingió una cortesía, me acerque y le dije “oiga hombre, toque el acordeón, estoy extraviado, cansado y no se que hacer”. 

Sin decir nada, se levantó. Era alto, delgado, sus barbas estaban desteñidas, su cara describía pesares pasados. Luego, de forma excepcional entono melodías confusas pero hermosas, diversas pero únicas, melancólicas pero sensibles; él se mantenía callado, usaba la música para matar la soledad.

 

Tocaba y mientras caminábamos yo le decía: 

 “¡Hombre toque el acordeón!”, que estoy perdido, muestre el camino con sus ritmos, guíeme a un lugar donde la vida sea simple por fin, donde la tranquilidad no haga falta, que la paz sea reina y no una ilusión, que la felicidad sea una realidad y no una promesa. 

Ya el misterio de la noche nos cubre y no queda más que aventurarnos a la incertidumbre de nuestro futuro. Mi cuerpo está cargado y mis ojos cegados. Puedo caminar, pero no sé a donde ir, puedo ver, pero no se qué mirar. La vida cada vez asfixia más, cada noticia es peor, añoramos tanto el pasado, que cada vez somos menos personas y más recuerdos. 

¡Hombre, toque, toque el acordeón! Embriaguémonos en la esperanza con la música de los pueblos. Las calles están sucias y solas, los cuerpos están encerrados y las mentes encadenadas. Caminemos libres, sin rumbo, el tiempo abunda. 

¡Toque la canción!, que nos acompañen esas notas bajo las estrellas prófugas del destino. Mis pies cada vez duelen más, pero estoy listo para seguir, aunque mis pasos dejen un rastro rojo de pesar. No me importa perderme para siempre, ya ha sido suficiente y no hay nada que lamentar. 

¡Hombre, toque el acordeón!, no habrá problema. Enfrentemos las ruinas de la desdicha y olvidemos la tristeza de nuestros tiempos. Desfilemos, descubramos lo imposible y encaminemos aventuras. Lo estaré siguiendo mientras el tiempo se desvanece en mis manos. 

Toque usted su canción para bailar generación tras generación, para ser incomprendidos. Así, olvidar de momento nuestras preocupaciones, que hoy solo rebotan en las paredes.  

Marchemos saludando al cielo, desprovistos de motivos, admirar así nuestra pequeñez, burlar la muerte por un momento y olvidar toda condena, soñemos nuevamente como niños, sin miedo a ser juzgados, volver a creer a pesar de no tener en que. 

¡Hombre, toque el acordeón! Ya somos muchos los que lo seguimos, sabemos bien que, aunque nuestra alma divague extraviada y angustiada en la absoluta oscuridad, no debemos olvidar sacar una sonrisa a quien encontremos en el camino, solo así se enciende la luz propia. 

¡Toque usted su canción! Todos andamos en nuestros andrajos rotos y sucios, pero suficientes para marchar, tal como nosotros; sin voz, pero cantando, sin piernas, pero marchando, sin ojos, pero observando. Sintiendo cada latir de un corazón menguado por las circunstancias apremiantes de una vida que pudo ser sencilla, pero fue sorprendida por una suerte caprichosa. 

Toque para todos, una canción que refleje lo que somos, que ponga una armonía capaz de describir lo que las palabras no pueden. Toque y vuelva a tocar, cantemos, bebamos y bailemos. Igual, al final, todos pasaremos pronto al olvido inevitable.  

¡Toque el acordeón señor! ¡Cantemos! Aunque nuestro camino sea complejo y áspero, hagamos de él uno sin igual, no hay señales que seguir ni nadie a quien imitar, no hay promesas a que aferrarse ni contratos que cumplir. Seamos quienes somos, eso es lo que importa al final. No existe nada peor que morir arrepentidos. 

Que el tiempo es una ilusión y la vida un momento, que no somos nada y lo perderemos todo. 

¡Hombre, toque su acordeón! Lo estaré siguiendo mientras el tiempo se desvanece en mis manos, tratare de no olvidar la melodía, seguiré marchando, lléveme lejos, donde la felicidad y la paz sean una realidad y no una promesa. Prometo cantar fuerte. 

Así concluye mi sueño. Comenzó sin un inicio, termino sin un final, sueños, al fin y al cabo. Puedo decir también, que cada vez que despierto, está ahí la melodía, suena fuerte el acordeón. Yo solo cierro los ojos y lo vuelvo a vivir todo.