ESPECIAL

Caras vemos, historias no sabemos  

 

NI UNA MÁS, NI UNA MENOS

La violencia intrafamiliar es una realidad en nuestro país que pasa desapercibida entre la sociedad. Foro Javeriano trae la historia de una víctima de tal violencia, para entender y evidenciar lo que vive una persona que es agredida en su propio hogar.  

Por: Sofía Garcia-Reyes Meyer

Vivimos en un país, en donde abrir las noticias y encontrar una sobre violencia doméstica no es ninguna novedad. Mucho menos en plena pandemia, en la que las familias se han visto obligadas a convivir 24/7 bajo el mismo techo. No es que hayamos normalizado tal violencia, solo que la hemos entendido como una realidad de nuestro país. Esto evidentemente siendo un completo error. 

  

Claramente me alarmé cuando leí que las llamadas a la línea de orientación a mujeres violentadas habían aumentado en un 175% desde que comenzó la cuarentena. Pero me alarmé todavía más, al caer en cuenta que esas agresiones se habían convertido en un simple porcentaje que crecía exponencialmente. Sí, al parecer los innumerables casos se han fusionado en un solo entendido, quitándole la individualidad e importancia que merece cada uno. Entendí que ahí comenzaba el problema, era fundamental volver a humanizar a las víctimas, y oír directamente de  una, que se sentía vivir con miedo en tu propio hogar. 

  

Logré contactarme con Lucinda, una mujer alegre y risueña, que me narró lo compleja que ha sido su vida y como había superado cada obstáculo en ella. 

  

Lucilda nació en un pueblo en Boyacá, siendo la quinta de diez hermanos. Por cuestiones económicas, le tocó dejar el colegio rural en cuarto de primaria, para ayudar a cultivar. A los 14 años de edad conoció a José y con tan solo 17 años se vino a Bogotá a trabajar, claramente perseguida por su pretendiente. Con 19 años se fueron a vivir juntos, mientras ella trabajaba como empleada doméstica, soñando algún día retomar sus estudios para ser profesora. A los 21, le dijo a José que quería estudiar y él le aseguró que la iba a apoyar, siempre y cuando se casaran antes. Así que ese mismo año lo hicieron, pero las cosas para él habían cambiado, pues “Ahí me dijo que ya no, que uno se casaba para tener hijos y organizar la casa, no para estudiar” me comentó Lucilda. Inmediatamente tuvo su primer hijo, al que José no recibió tan cálidamente. “Él decía que no era hijo de él. Era hijo de todo el mundo menos de él. Era demasiado celoso, pues porque yo trabajaba, entonces él decía que yo no iba a trabajar, sino que yo iba a buscar otra persona”. 

  

Fue ahí cuando Lucinda me habló un poco más de cómo era José con ella. “Prácticamente toda la vida fue celoso. Eran unos celos enfermizos. Si yo me reía, si yo hacía algo, eso le molestaba”. Me explicó que le daba siempre celos, fuera donde fuera que ella trabajara. Siempre la hacía renunciar, hasta un día que ella se paró firme y no quiso hacerlo. Fue la primera vez que le pegó: por todo el cuerpo y en la cara. Me contó cómo ella le dijo a la gente que se había caído de la bicicleta para justificar sus ojos morados. Ahí Lucinda era muy joven y fue la primera, pero no la última, de las incontables lesiones que le hizo su pareja. Me explicó como era un ciclo, en que ella lloraba ese día, y al día siguiente se inventaba cualquier excusa para encubrir las lesiones. Era también bastante complicado porque él tomaba y fumaba bastante, “Se quedaba rápido sin trabajo, porque tomaba y no iba a trabajar. Entonces él a cada rato vivía sin trabajo”, teniendo ella que cubrir, por meses, con los gastos de la casa y lo que le fiaban a él en la cantina.   

  

Sin embargo, pasaron los años y siguieron teniendo hijos, para un total de cinco. Me comentó que “fue muy duro, porque él todos los hijos los negó. Hasta cuando crecieron. Tenía unos celos enfermizos horribles”, tanto así que “Después de que tuve mi tercera hija me puse a planificar. Pero él me pidió mis pastillas y me insultó, me trató hasta, mejor dicho. Me hizo hasta renunciar del trabajo. Yo de boba, porque uno es muy bobo en la vida, renuncié al trabajo y ahí fue rapidito que quedé embarazada del otro hijo. Por los celos, y porque si yo no renunciaba era porque tenía otro.” 

  

Lucilda también me comentó que unos años más tarde, ya sabiendo que José le estaba siendo infiel con otra mujer, decidió actuar frente a los abusos. Todo fue el día del cumpleaños 15 de su tercera hija, cuando ella salía a trabajar y a hacer las compras para la fiesta. José no la dejó irse, acusandola de que se iba a ver con alguien. No tardó en agarrarla a golpes, mientras ella intentaba no hacer ruido para que su mamá, que estaba de visita, no se diera cuenta. Ella logró salir de la casa, pero él alcanzó a tirarle un ladrillo en la cara. Fue ahí cuando Lucilda decidió ir a la comisaría del barrio para denunciarlo. Sin embargo, la ayuda y el apoyo que ella necesitaba en ese momento no fue precisamente lo que recibió. “En la comisaría siempre le dicen a uno -Ay dele otra oportunidad, mire que está arrepentido-”, me comentó ella, pues José la había seguido, aceptando la culpa y pidiéndole perdón de rodillas, obteniendo por su abuso solo una caución. La cosa no acabó ahí, pues fue remitida a un psicólogo de parejas, que al igual que la comisaría, le aconsejó que lo perdonara al sí verse arrepentido. 

  

Me siguió narrando cómo todo fue peor desde esa vez: siempre le sacaba el cuchillo de la cocina; le tiraba encima la mesa de planchar; era sumamente grosero y cogió la costumbre de ahorcarla siempre. Tanto así, que un día la agarró tan duro el cuello que no pudo ni pasar saliva por una semana. Le pregunté por qué a ese punto no lo había dejado, y fue cuando me dijo “Él era muy guache conmigo, pero yo decía, me casé con él entonces sentía que me tocaba. Los papás le decían a uno que los matrimonios tenían que durar para toda la vida, hasta que la muerte los separe”. También entendí que para Lucilda era muy complicado, pues no era tan fácil simplemente irse de la casa que ella había construido ladrillo por ladrillo durante años, para dejar a José atrás. Lucilda no solo era responsable de sí misma, sino también de la crianza de sus cinco hijos, ya que él se había desentendido de la educación superior de ellos, teniendo que asumir ella todos los préstamos sola. Era prácticamente un callejón sin salida. 

  

Sin embargo, siguieron los años, al igual que los episodios de violencia. Hasta un día del 2017 que fue tan grave el maltrato verbal y físico, que Lucilda decidió volver por segunda vez a la comisaría. Para su infortunio, el personal de la comisaría reaccionó igual, diciéndole que José sí se veía arrepentido y que seguramente esta vez sí iba a cambiar. Me contó como una comisaria, la misma que la aconsejó, le contó un caso similar en donde una joven había sido asesinada por su misma pareja. “Yo le decía a la comisaria -Pero como es que usted tuvo ese caso acá, que el señor también se veía muy arrepentido y que lo perdonara, y fue y agarró un cuchillo y la mató a puñaladas a la señora. Diré muchacha, porque ella era muy joven…Ella diciéndome a mi que perdonara a mi marido. Yo le decía -mire este caso que tuvo en la comisaría-. ¿Qué hicieron? No hicieron nada”. Para colmo, el reporte en la comisaría quedó como si José sólo le hubiera pegado un puño en la barriga. Para Lucilda eso y nada era lo mismo, en comparación a todos los maltratos que había sufrido a lo largo de los años.  

  

Por suerte, esa sí fue la gota que llenó el vaso. Lucilda decidió irse de la casa que ella misma había construido y financiado, y por fin se separó de José, el cual rápidamente consiguió una nueva pareja. Ya van siendo 3 años desde que vive sin él, no ha sido fácil, pero ha logrado sacar a sus hijos adelante. Me dijo que ya no quería denunciar ni tratar de alguna manera con José, sino que solo esperaba un día recuperar el porcentaje que le correspondía de la casa. 

  

Ya acabándose la conversación, me comentó que por suerte la cuarentena fue en este momento y no antes, pues “No, hubiera sido terrible. Yo creo que ya me hubiera matado”. Me explicó también que era muy común ver casos de violencia intrafamiliar en su barrio. “Un poco menos que a mi, pero si pasa con mucha frecuencia”, me dijo justo antes de colgar. 

  

Después de escucharla, no puede parar de pensar lo complejo y duro que fue esta experiencia para ella, y como lo siguía siendo para miles de personas todos los días, especialmente en cuarentena. Era claro que el porcentaje de personas que denunciaba, no era equivalente a los casos que realmente había en Colombia. Comprobé que efectivamente hay que escuchar a las víctimas, no para re-victimizarlas, sino para darle la relevancia que merecen. Entendí, que debía de parar ser una realidad de nuestro país y que por más que el Estado no le diera la trascendencia, nosotros debíamos tomar cartas en el asunto y a dar el primer golpe de vuelta.