LA COLUMNA DE GREGORIO

Mirada íntima de un “neo-javeriano” 

LA JAVERIANA: MI SEGUNDO CLUB

En la primera entrega de lo que pasará a ser una crónica del estudiante javeriano, Gregorio de Brigard cuenta su llegada a enriquecer la vida social de los pasillos del Giraldo.  

Por: Gregorio de Brigard1  

“Rosca Javeriana” sí claro, ¡a otro perro con ese hueso! Cómo es posible que una persona como yo haya tenido que hacer entrevista. No pretendo ser engreído, pero encarno todas las características que de un javeriano (abogado, eso sí) se esperarían. Soy católico, creo en Dios y Álvaro Uribe, nací y me crie en Bogotá, pero no en el Distrito Capital sino en Santafé de Bogotá, porque el nombre de mi equipo no es gratis. Mi papá y mi abuelo pasaron por la misma casa de estudios y me atrevo a decir que nosotros los De Brigard somos una tradición para la Javeriana más que la Javeriana una tradición para nosotros. Desde que tengo memoria he tenido a la facultad de derecho de esta universidad susurrándome al oído. No puedo enumerar las veces en que escuchaba a mi abuelo decirle a mis tíos con un orgullo bastante precoz “vea, vea cómo habla Gregorio, el chino va ser javeriano yo se lo digo”; o mi viejo contándome con nostalgia aquellas épocas doradas en las que el padre Giraldo caminaba por los pasillos saludando a cada estudiante por su nombre y, por supuesto, su apellido. Los dos se retorcerían si se enteraran que ahora la mayoría de los estudiantes, ignorantes, solo asocia el apellido Giraldo con la playita en la que pasan los huecos. 

  

Estaba algo frustrado por el hecho de tener que estar allí sentado respondiendo esas inesperadas preguntas, ¿por qué derecho?, ¿por qué la Javeriana? También estaba bastante nervioso, y cómo no estarlo si uno de los que nos entrevistaba nos miraba a cada uno de arriba, abajo, analizando, comprobando. Si me preguntan, diría que buscaba en nosotros las características adecuadas de un futuro abogado javeriano y fue cuando entendí que era hora de sacar mi as bajo la manga. No creo que haya hecho una mala entrevista, las preguntas las respondí con seguridad, pero una ayudita nunca sobra y saqué a relucir mi pedigrí javeriano. Le dije al hombre que tanto nos observaba que mi abuelo, José Eduardo de Brigard, le mandaba saludos. Instantáneamente una sonrisa se dibujó en su rostro y me devolvió una pregunta estúpida para asegurarse que hablábamos el mismo idioma. La entrevista no duró mucho más y cuando me estaba despidiendo el profesor me dijo “dígale a su abuelo que venga con usted el primer día de clase, así nos tomamos un café y adelantamos agendas”, quitando toda preocupación (si es que la había) de mi espalda. 

  

Desde que empezó la semana de inducción entré en materia, efectivamente, en lo que sería la materia más esclavizante y ardua del semestre: seleccionar con ojo de halcón mi grupo de amigos o mejor, mis socios, porque mi papá me lo ha dicho toda la vida, “la universidad es para conocer gente y hacer influencias para el futuro”. 

  

Según mis inductores, mi curso es el mejor: “vea usted va a aprender, pero no lo van a tener del cuello todo el semestre, disfrútelo”. Desde mi primera clase a las 7 de la mañana lo comprobé. Llegó un profesor viejo al que se le notaba la experiencia al caminar, como se notaba también que sus años de gloria habían pasado hace un par de siglos, y después de introducir la clase nos dijo “en la Javeriana la primera clase no se dicta y la última no se recibe”. Los otros profesores son parecidos, hasta ahora ninguno de los que empezó su cátedra amenazando con quices semanales y lecturas de 100 páginas para cada clase ha cumplido, yo me la olía porque “perro que ladra no muerde”.  

  

Me habían contado antes de subir las interminables escaleras del Giraldo –porque los ascensores disponibles son un mito– que en este edificio se podía respirar el derecho, el amor a este arte se podía palpar en el aire y no sé si eso sea cierto, pues creo que ese tipo de olfato no lo he desarrollado. Lo que si huelo todas las mañanas después de dejar mi maleta en el salón y esperar 10 minutos (porque prudente sí soy), es el olor de unos buenos pancakes y una amena charla con mis futuros socios de temas que sí son relevantes, como el penoso partido que se jugó mi rojo la fecha pasada o el incierto futuro de Uribito. 

 

La facultad cumplió con mis expectativas y siento que también estoy aportando mi granito de arena, este periódico necesitaba un miembro serio que dejara las mamertadas atrás, vamos a ver que se puede hacer y que se acostumbren a esta columna que los De Brigard volvieron para quedarse.