CONSTRUCTIVAS

“Él siempre decía que el odio te come por dentro. Uno siempre puede perdonar, pero no olvidar”

 

 

MEMORIAS DE MAX, SOBREVIVIENTE DEL HOLOCAUSTO

Foro trae la historia de Max Kirschberg, sobreviviente de Auschwitz y Buchenwald, para destapar la cruda realidad que tuvieron que vivir millones de judíos en la época del Holocausto.

 

 

Fuente: Archivo personal

Por: Sofía García-Reyes

La primera vez que oí de Max Kirschberg fue en los pasillos de mi colegio, el 28 de septiembre del 2015, cuando mis compañeros de cursos superiores acababan de salir de una charla, en la que él mismo contaba su experiencia en Auschwitz. Recuerdo muy bien que me re-contaron la historia del bebé asesinado y me dijeron que él tenía el número tatuado. Nunca lo conocí, pero esa corta versión de su historia se impregnó en mi memoria. Tanto así que, unos seis años más tarde, al recibir un video de una entrevista de Max, tardé tan solo unos pocos segundos en darme cuenta que él era el señor que había tocado el corazón de todo mi colegio, y seguro, el de muchas personas más. 

 

Logré contactarme con su hijo Donald y su nieto Alan, quienes me abrieron la puerta a los detalles más fuertes sobre la experiencia de su padre/abuelo. Max se había guardado su historia toda su vida y solo Donald había logrado reconstruirla a través de anécdotas que había recolectado durante más de 40 años. Solo hasta hace 11 años, en el Bar Mitzvah de Alan, Max decidió romper el silencio sobre su vivencia y contar la cruda verdad del holocausto. La historia de vida de Max es una de las voces que perduran, para contar lo que 6 millones de judíos no pudieron.

 

Max Kirschberg nació el 13 de febrero de 1925 en Breslau, Alemania. Sus primeros años fueron normales, por más que el NSDAP empezara a tomar fuerza. Su primer acercamiento directo con el antisemitismo fue cuando un amigo del colegio le dijo a Max que su papá le había prohibido ser su amigo, por él ser judío. A los 10 años de edad se mudó con sus papás y su hermana menor Esther, a Berlín; en donde llevar la estrella ya era requisito, las tiendas judías estaban marcadas y la propaganda Nazi estaba en todas partes. En 1938 fue expulsado del colegio por su religión. Ese mismo año le tocó vivir “la noche de los cristales rotos”; acontecimiento que tuvo lugar entre el 9 y 10 de noviembre en el que rompieron los locales marcados, desaparecieron judíos y quemaron sinagogas. Ese mismo día del ataque, el papá de Max se fue a trabajar. Esa fue la última vez que lo vieron. Al ser su madre polaca y su padre alemán, quedó en discusión la nacionalidad alemana, por lo que no fue difícil para la SS arrebatarles los pasaportes y expulsarlos a la frontera de Polonia. Ahí era julio de 1939; la guerra ya estaba por comenzar y Alemania empezaría a conquistar Polonia.

 

La llegada a Polonia no fue fácil, pues la golpiza que recibieron al llegar, por parte de los agentes de la forntera, fue la primera de muchas más que recibiría Max, su mamá y su hermana, por el hecho de ser judíos. Algo que siempre recalcó Max fue que, sorprendentemente, Polonia era mucha más antisemita que la misma Alemania Nazi. Vivieron un tiempo en Zichenau, en donde solo podían transitar en las calles designadas para ellos, denominadas “juderías”. Max contaba que un día en la plaza central de la judería, el representante de la judería tuvo que colgar a su propio hijo, por órdenes de los soldados Nazis, que le habían amenazado con matar a su familia y a toda la judería si no lo hacía. A comienzos de 1942 fueron transportados a la ciudad de Plonsk, en donde fueron encerrados en el Ghetto. Nadie ni nada podía entrar ni salir del Ghetto, por lo que la situación adentro ya era sumamente precaria; la gente moría de hambre y no había recursos médicos. En noviembre de ese mismo año, los montaron a un tren de carga y fueron enviados a Auschwitz. Nadie sabía realmente que había allá, sabían que no era bueno, pero nunca se imaginaron que iban camino al mismísimo infierno. 

 

Apenas llegaron al campo de concentración, Max presenció uno de los acontecimientos que le marcarían el resto de su vida. Un oficial de la SS vio a una señora cargando a su bebé; este no tardó en arrebatarle el bebé, lanzarlo al aire y dispararle. Al caer el bebé no se oyó ningún llanto, solo un golpe seco y un silencio, que se grabó por siempre en la memoria de Max. Ahí se cruzó con un señor que le indicó que dijera que tenía más de 18 años; Max para ese entonces tenía 17. Instantáneamente, fue redirigido al lado izquierdo con el resto de los hombres, sin despedirse de su mamá ni de Esther, que se iban al lado derecho con las mujeres, personas mayores y niños. Al poco tiempo Max entendería que la derecha significaba Birkenau, campo de exterminio y campo para las mujeres; e izquierda Stammlager, campo principal y de trabajo. Años más tarde, Max también recordaría que posiblemente el oficial de la SS que realizó esa selección fue el mismísimo Joseph Menguele, el temido médico Nazi que experimentó con miles de personas en el campo de concentración. Luego de la selección, fue examinado, fue vestido con un traje de rayas y posteriormente fue tatuado con el número 77362. Max Kirschberg había dejado de ser Max; ahora se reportaba y se llamaba 77362.

 

Le asignaron el Bloque 10 y dormía en barracas de 3 pisos, con más de 500 personas, en donde muchos morían en el transcurso de la noche. Sin embargo, al día siguiente llegaban otros más para ocupar sus puestos. No solo había judíos, también un sinfín de personas pertenecientes a minorías y opositores del régimen Nazi. Durante el día les tocaba trabajar fuertemente. Muchas veces le tocó a Max trabajar en campos aledaños, como en Monowitz, sacando carbón, o en Buna, una fábrica de goma. Al mes de llegar le tocó ir a Birkenau, donde siempre olía a carne quemada, ha hacer la limpieza de la Efektenkammer. En ese cuarto lleno de las pertenencias de los judíos, encontró la pañoleta de su mamá. Max se llenó de esperanza de poder reencontrarse con su mamá y su hermana, pero un compañero de su barraca no tardó en señalarle las chimeneas humeantes. Ahí entendió que su madre y Esther habían sido asesinadas en las cámaras de gas, y que el día de la selección habría sido la última vez que las vería. 

 

Otro doloroso evento, fue cuando uno de sus compañeros de barraca, mientras caminaban por los bloques, dijo que no aguantaba más ese infierno y salió corriendo a los alambres de púas altamente electrificados. Los oficiales de la SS le siguieron disparando por más que ya estuviera muerto. Max muchas veces creyó que la única salida era la muerte. Escaparse no era una opción, pues no solo era una muerte fija, sino también castigaban con la muerte a 50 compañeros de barraca. Sí, la muerte siempre estaba cercana y los oficiales les encantaba encontrar cualquier razón para asesinar a los prisioneros. Ellos nunca sabían lo que les iba a deparar el futuro, como un día que Max caminaba por el Stammlager y oyó decir a un oficial de la SS “Tú judío, ven acá”. No se volteó, ya que normalmente los oficiales asesinaban a los judíos que se volteaban, por creerse suficientemente “importantes” por darse aludidos. Los gritos del oficial no cesaron, así que Max se volteó y fue a reportase frente al oficial. Él no tardo en raparle el arma a un compañero, coger la mano derecha de Max y estrellarle la culata de su rifle. Desde ese momento, Max no pudo volver a cerrar su mano derecha. Sus compañeros de barraca lo cubrieron por unos días al no poder este trabajar. Si lo hubieran descubierto, lo hubieran mandado a las cámaras de gas. Ese oficial era Oswald Kaduk, uno de los miembros más viles de la SS, condenado a cadena perpetua en los juicios de Frankfurt en 1959. A finales de 1944, un compañero de barraca también lo ayudó a salvar su vida. Este trabajaba en la oficina de registro y pudo cambiarle el lugar de nacimiento a Max de Alemania a Checoslovaquia, puesto que había oído que a los judíos nacidos en Alemania iban a ser enviados al día siguiente a las cámaras de gas. 

 

El 18 de enero de 1945 fue seleccionado para ser enviado a Alemania para trabajar en otro campo de concentración, pues los rusos ya estaban conquistando Polonia. Después de varios días de viaje, llegaron a Buchenwald solo un tercio de las personas seleccionadas. Ahí fue enviado Max a uno de los campos aledaños. Un día, un ex médico compañero, le descubrió que tenía apendicitis. Le realizaron una extirpación del apéndice sin ningún anestésico, solo con la ayuda de compañeros que le tapaban la boca para que los oficiales no oyeran sus gritos. Sus compañeros lo cubrieron por unos días, y a la semana, Max ya estaba de vuelta en el exhaustivo trabajo de los campos de concentración. En esos campos aledaños también conoció un joven oficial de la SS, que lo ponía a jugar ajedrez. Max siempre lo dejaba ganar, pues lo recompensaba con comida; comida que lo ayudó a sobrevivir a él y algunos compañeros de barracas. Para ese entonces, Max pesaba unos 35 Kg con sus 20 años de edad. 

 

A comienzos de abril, se dictó la orden que todos los prisioneros debían caminar de los campos aledaños a Buchenwald, pues los Aliados ya estaban tomándose Alemania. Sí, Max vivió una de “las marchas de la muerte”, en la que tuvo que caminar durante 3 días y donde solo sobrevivieron la mitad de sus compañeros. Las condiciones ya eran extremadamente inhumanas. No tenían ningún alimento y no podían hacer sus necesidades a la luz del día, solo a escondidas en la noche, puesto que si pedían permiso eran asesinados. A los pocos días de llegar a Buchenwald, los oficiales abandonaron el campo de concentración y al día siguiente, el 11 de abril de 1945, llegó la 3era armada de EE.UU. Max Kirschberg era libre. 

 

Al ser liberados, tres amigos polacos sobrevivientes lo invitaron a ir con ellos a Polonia para recuperar lo que era de sus familias. Max rechazó la invitación, ya que no tenía a nadie ni nada en Polonia. Tiempo más tarde, se reencontró con uno de los amigos, el cual le contó que los otros dos habían sido asesinados a machetazos por los polacos, al estos reclamar sus bienes. Max siempre contó esto mucho dolor, pues sobrevivir al peor lugar del mundo y luego ser asesinado en épocas de paz, solo por reclamar unas pocas pertenencias, era algo que no le cabía en la cabeza. 

 

Max se convirtió en el traductor de los estadounidenses por saber inglés y empezó a trabajar con ellos en München. Ahí se acordó de su tío que vivía en Colombia, por lo que decidió enviarle una carta. No tenía su dirección, así que la dirigió al Presidente de la República, pensando que al fin y al cabo la carta llegaría a Colombia. A los 6 meses recibió la contestación de su tío y al año ya estaba viviendo en Colombia. En 1955 decidió volver a Alemania, pues entre todo, era su “Heimat” (patria); siendo uno de los pocos judíos alemanes que volvieron a su país. Ahí conoció a su esposa, con la que tuvo 6 hijos, y abrió una lavandería en seco. Por más que fueran tiempos de paz, no solía decir que era judío, más no escondía su número tatuado. Una vez uno de sus clientes habituales de la lavandería notó el número y le comentó lo malo que era el nazismo y que todo lo sucedido había sido terrible. Tiempo mas tarde, Max se enteró que ese mismo cliente de años había sido oficial de la SS en uno de los campos en Polonia y que había sido condenado a 7 años de cárcel en los juicios de Frankfurt del 57. Desde ese entonces, Max usó camisa larga para esconder su número y solo empezó a mostrarlo a inicios de este siglo. En 1974, se divorció y decidió volver a Colombia, acompañado de su hijo Donald. 

 

Max tuvo seis hijos, diez nietos y tres bisnietos, de los cuales únicamente como nieto Alan mantuvo la religión judía. Esto siempre fue un dilema para él, puesto que Alan fuera judío le generaba un enorme orgullo y simultáneamente mucha preocupación, al creer que el Holocausto se pudiera repetir. Esto y el apoyo de su hijo Donald, fue justamente lo que lo impulsó hace 11 años a empezar a contar su historia. Fue así como varios colegios, periódicos e instituciones lo contactaron para que él fuera a contar su vivencia. Donald me comentó como él siempre decía que el odio te come por dentro, por lo que uno siempre puede perdonar, pero no olvidar. Max volvió solo una vez a Buchenwald con Alan y Donald y nunca fue a Auschwitz; le había prometido a Alan ir juntos, pero estalló la pandemia y se canceló el viaje. 

 

Max Kirschberg falleció el pasado 26 de enero del 2021 con 95 años de edad. Su testimonio quedará por siempre en nuestra memoria. 

 

“Mi abuelo Max era una gran persona. A él siempre lo vi como un héroe, como mi héroe, como una persona capaz de sobrepasar todo en esta vida y seguir adelante siempre con una gran sonrisa y buena vibra. Gracias a él soy quien soy, gracias a él es que soy judío y de verdad que es un honor ser su nieto y llevar su legado conmigo para toda mi vida. Te prometo Opa, como te lo he prometido varias veces, que nunca dejaré que tu historia quede en el olvido o que sea tergiversada o malinterpretada. Esa será mi misión de vida. Y espero que todos los que hayan leído se comprometan a no permitir el olvido y la negación del holocausto.” – Alan Kirschberg