CONSTRUCTIVAS

Antes con una columna o una editorial -cuando los columnistas tenían más credibilidad y los medios hacían editoriales más serias- ponían presidente, desenmascaraban a los narcos o hacían tambalear al Gobierno de turno.

 

 

LOS CAMBIOS EN EL PERIODISMO TRADICIONAL

Los medios entraron una infantil guerra por los ‘clicks’, dejando de lado el contrapeso y las denuncias propias del periodismo; y los lectores, por nuestro lado, nos acostumbramos a leer sólo los titulares, sin informarnos de fondo. Nada es como antes.

 

Fuente: Archivo personal

Por: Martín Jaramillo

Para Ryszard Kapuscinsky, periodista polaco que dedicó su vida a hacer crónicas de largo aliento en África, América y Europa, el periodismo se debe basar en tres pilares fundamentales: el primero, una constante disposición a aceptar el sacrificio de una parte de sí mismos, ya que hay que convivir con la profesión de periodista las veinticuatro horas del día; el segundo, una constante profundización de conocimientos, porque se debe investigar y describir el mundo contemporáneo que está en cambio continuo, acelerado y revolucionado; y, el tercer pilar del periodismo según Kapuscinsky, es no considerar el ser periodista como un medio para hacerse rico. Todo esto lo escribe en un libro que recopila unas charlas que dictó en Roma en 1999, este tiene un nombre que por estos días cobra gran valor: Los cínicos no sirven para este oficio. Hay que preguntarse, ¿qué tanto se cumple esto en Colombia? Y me refiero a los tres pilares del periodismo y no al nombre del libro, aunque haya algunos cínicos en el oficio. 

Y sí, el cambio que ha tenido el periodismo en Colombia en los últimos años es abismal, el periodismo es otro. Antes con una columna o una editorial -cuando los columnistas tenían más credibilidad y los medios hacían editoriales más serias- ponían presidente, desenmascaraban a los narcos o hacían tambalear al Gobierno de turno. 

Hay que desglosar la frase anterior. Empecemos entonces con las columnas de opinión y sus cambios. Traigo una cita de una columna de Lucas Caballero Calderón -más conocido como ‘Klim’- en 1978, en donde con un increíble sentido del humor hace un símil sobre la paciencia que tuvieron los argentinos para poder ganar la Copa de Mundo de ese año (que ganan de locales, dirigidos por César Luis Menotti y en medio de la dictadura militar de Videla) y la paciencia que había tenido, hasta ese entonces, Belisario Betancur para insistir y persistir en su carrera a la Presidencia de la República pese a sus derrotas:

“Lo curioso es que los argentinos estaban tras el título del mundial desde 1930, cuando los uruguayos se coronaron campeones en Montevideo. Tuvieron, pues, que esperar cuarenta y ocho años para satisfacer su deseo. Y eso puede servirle entre nosotros como consuelo a Belisario. Belisario ya ha sido derrotado tres veces como candidato a partir de 1962, si no ando mal de recuerdos. Es decir, desde hace dieciséis años. 

Le faltan, pues, sólo treinta y dos para triunfar si le va tan bien como a la Argentina. Pero no importa. Belisario anda ahora por los cincuenta y seis años y las gentes nacidas en Amagá son muy resistentes. Como los driles de Coltejer que ‘aguantan el uso y el abuso’. Y, sobre todo, porque, como canta el Pre debajo de la regadera, ‘a los noventa cualquiera es muchacho’.”

Esto último lo escribió Klim a manera de profecía, aunque dirán algunos entendidos de la historia patria que, tristemente, dicha predicción se cumplió del 7 de agosto de 1982 hasta el 6 de agosto de 1986, año en el que Belisario deja la presidencia y, Argentina, curiosamente, también queda campeona del mundo.

Colombia entera leía la opinión de Klim, millones de lectores se mofaban de Belisario y su, hasta ese entonces, tan esquiva como anhelada presidencia. Y así, con Lucas Caballero Calderón -‘Klim’, Eduardo, hermano mayor de Klim, que firmaba como ‘Swann’, Enrique Santos Montejo, que usaba el remoquete de ‘Calibán’ y los geniales trazos de Osuna, entre otros, ponían patas arriba a un país que tenía más hábito de lectura. Acá es donde llega la pregunta ¿Qué tanto revuelo generan los columnistas actuales? En mi opinión, mucho menos que la conmoción que causaban los columnistas de antaño. 

Encontré dos grandes causas a este fenómeno: la primera, somos nosotros, los lectores. La inmediatez detrás de la que vivimos, el bajón en la credibilidad de los medios tradicionales, el acceso descontrolado a la información y el afán -que nos llevó a saber convivir con el cansancio- nos han hecho vivir de leer sólo los titulares, sin informarnos realmente sobre el fondo la noticia, estando entonces en un mar de conocimiento de poquísimos centímetros de profundidad, con la errónea idea de creer que todo se sabe y poder opinar con conocimiento de causa. Ya no se leen a los columnistas como se hacía antes. 

Además, para colmo, hoy en día hay para todos los gustos: cuanto tinte político exista, serios o humoristas, investigadores tan buenos que terminan abriendo indagaciones en la Fiscalía con sus columnas, otros que escriben sobre historia, sobre farándula, sobre deportes, sobre música, sobre cine, en fin, tenemos genios que saben perfectamente cómo usar las palabras adecuadas para contar de una manera extraordinaria un suceso ordinario. Hay que aprovecharlos más.

 

El segundo de los causantes que encontré en este declive son los medios de comunicación. El crítico de periodismo Omar Rincón escribió hace poco en su habitual columna del diario El Tiempo que “el periodismo existe para narrar y defender la democracia”, cuánta verdad. Más aún en un país donde ser periodista, casi que al igual que ser líder social, es una profesión de alto riesgo. Los medios de comunicación han entrado en una guerra por los ‘clicks’, donde lo único que importa es vender una noticia para ganar una visita, y por generar más pauta, ésta última es entendible porque es su manera de sostenerse. Pero esta guerra ha desembocado en un hecho sin precedentes -y acá es donde junto el tema de las editoriales, las cuales mencioné al principio del texto- porque antes, al igual que los columnistas, las editoriales de los diarios también hacían temblar el establecimiento.

Hoy en día pasa todo lo contrario, en vez de enfocarse en las verdaderas problemáticas del país, la Revista Semana, por ejemplo, en una pelea contra La Silla Vacía acusó a Juanita León (directora de La Silla Vacía) que, en su intención de “sonsacarse” a los periodistas de Semana, le dijo a uno de éstos que: “su papi le había repartido parte de la herencia y ya tenía cómo pagarle”. Sí, esto es una cita de Semana del 2 de febrero de este año, pese a que parezca una acusación estudiantil en la oficina del coordinador de Bachillerato. Ejemplos como estos hay varios, son medios tradicionales que han caído en esta guerra fría. Otro ejemplo reciente es Caracol Radio, que acusó a los negociadores de las vacunas para el COVID-19 de no saber hablar inglés, sin fundamento alguno. Toda una ‘posverdad’, para hablar con un lenguaje actual, ya que estamos en la era de las ´Fake News’ y los eufemismos. 

Lo rescatable que le veo al periodismo de estos últimos años ha sido que, gracias a la facilidad de las nuevas tecnologías, hoy en día no es imposible hacer periodismo crítico e independiente y que sea medianamente rentable. Vorágine, Pacifista, La Nueva Prensa, Los Danieles y Verdad Abierta, entre muchos otros, son prueba de ello. Sería ideal que se enfocaran en hacer denuncias útiles, en servir de contrapeso cuando sea necesario, en usar su poder de comunicación, su forma de llegar a las masas, para comunicar noticias que le sirvan al país, no que generen más violencia, desinformación, odio y polarización.