CULTURALES

2019-IV

Ficciones sobre la violencia

LITERATURA PARA EL POSTCONFLICTO

En tiempos de desasosiego por el regreso del conflicto armado, la ficción se presenta como una forma de reflexionar sobre nuestra violencia y nuestro pasado, con el fin de retomar la esperanza en tiempos mejores. 

Fuente: Archivo personal

Por: Alejandro Moreno

A finales de agosto volvió la horrible noche. El anuncio con el que todos los colombianos despertamos confirmó una nueva y triste guerra que nacía porque una paz había encontrado demasiadas dificultades. Colombia, pues, sigue escribiendo su inverosímil historia en la que la paz es una excusa para hablar de guerra, cuando no para declararla.

 

Y a falta de una posibilidad real de escribir una historia que nos identifique y nos logre poner de acuerdo sobre la forma en la que todo lo invivible se ha vuelto costumbre, encontramos la ficción como una manera de someter esas realidades, de hacer inteligible el mundo que nos ha tocado padecer con todas sus incongruencias y abyecciones, y de buscar en ella un diálogo que por otros medios nos ha sido vedado.

La violencia no es un tema que haya pasado desapercibido para la novelística de nuestro país. El que probablemente sea el mejor inicio de una novela colombiana aborda de frente el asunto: «Antes de que me hubiera enamorado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la Violencia.» Las guerras partidistas de mitad de siglo dejaron casi un centenar de novelas de páginas ensangrentadas que un joven García Márquez criticó por mediocres, por políticas, y desperdiciar las verdaderas posibilidades de la novela. Y desde entonces, como si se hubiera atendido su llamado, empezaron a aparecer libros que desde la ficción plantearan los problemas de nuestra violencia: La casa grande, su propia Cien años de soledad, Cóndores no entierran todos los días o Estaba la pájara pinta sentada en el verde limóncomo novelas que dan un tratamiento estético y crítico al conflicto. 

El repertorio de novelas sobre la violencia se ofrece lo suficientemente amplio, y presenta además sus propios subgéneros, como el de la sicaresca, inaugurada a comienzos de los noventa con La virgen de los sicarios. Solo para poner un ejemplo de la vigencia y la naturalidad del tema de la violencia en nuestra literatura, basta con mirar libros que se pueden encontrar en las mesas de novedades, como Historias de amor en campos de guerra, publicado hace poco por la periodista Vanessa de la Torre, o el debut de una reinsertada de las Farc como personaje de ficción en Será larga la noche, la última novela de Santiago Gamboa.  

Para esta oportunidad, Foro Javeriano hace una selección de cuatro novelas escritas en nuestro siglo, novelas que nos permiten reflexionar sobre el conflicto que vuelve a nacer, y que ante la nueva peripecia histórica de la que somos testigos, se nos ofrecen, más que nunca, como un recurso de emergencia. 

 

La guerra profunda

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Durante años Evelio Rosero coleccionó reunió recortes de prensa sobre el conflicto armado colombiano, para luego hacer una transposición literaria de los horrorosos hechos de su colección en Los ejércitos (Tusquets, 2006). Quizá por eso los eventos de esta novela resulten tan familiares para un lector colombiano: secuestros, desapariciones, masacres, vacunas, violaciones, con la virtud de que la sensibilidad perdida por la fuerza de la cotidianidad de las noticias que recibimos regresa con todo vigor mediante el artificio de la ficción.  

San José es un pueblo sitiado por la violencia de todos los bandos. El propio título sugiere por lo menos dos cosas: por una parte el desprendimiento de la idea de ubicar la violencia en algún bando, de asignar la responsabilidad a un grupo específico, porque a partir del término indiferenciado de «los ejércitos», se incluyen todos y ninguno de los bandos en conflicto (la guerrilla, los paramilitares, y el Ejército); y por otra que esa falta de responsabilidades específicas es una forma de hablar de responsabilidades generales, si nadie está detrás de los ejércitos, todos estamos detrás de los ejércitos. 

El peso del tiempo

 

 

 

 

 

 

En alguna parte de La muerte en Venecia, dice Thomas Mann que la incidencia inmediata de una obra depende de la armonía del destino personal de un autor y el destino universal de su generación. Pues bien, dos novelas publicadas en 2015, un año antes de la accidentada firma del Acuerdo de Paz, parecen captar ese destino universal de nuestra generación, si entendemos por eso la necesidad de pensar nuestro pasado para hacer posible un futuro justo.

En Historia oficial del amor (Alfaguara, 2015) Ricardo Silva Romero propone un ejercicio que todos los colombianos deberíamos realizar a fin de ubicarnos en el marco de nuestra historia nacional y sus violencias: treparnos por nuestro árbol genealógico y evaluar de qué manera la violencia nos ha afectado. Inevitablemente las ramas se tuercen o se quiebran con la fuerza de alguno de los episodios lamentables de los últimos ochenta años, y entonces nuestra historia pasa a ser también parte de la Historia, en un resultado que puede ser a la vez conmovedor y doloroso.  

De igual forma La forma de las ruinas (Alfaguara, 2015), plantea la necesidad de evaluar nuestro presente a la luz de nuestro pasado. Mediante el estudio retrospectivo de dos asesinatos que fracturaron nuestra historia, los de Uribe Uribe y Gaitán, Juan Gabriel Vásquez indaga la forma en la que nuestras violencias imponen sus condiciones y nos dirigen desde el fondo del tiempo, como un sello del que quizá solo podamos librarnos precisamente afrontando y asimilando nuestros crímenes como parte inherente a nuestra realidad. 

El valor de la traición

 

 

 

 

 

 

Si bien en ninguna de sus más de cuatrocientas páginas aparezca la palabra Colombia, quizá no haya una novela que le hable más al oído a los colombianos que Anatomía de un instante (Literatura Random House, 2009). En esta novela de Javier Cercas sobre la transición española, los lectores asisten al proceso por el cual una tiranía se desmonta para construir una democracia.

 

El proceso, como es de adivinar, no es sencillo, y pasa por la traición de todos los implicados a sus propios ideales: Adolfo Suárez, un hombre que escala por la estructura franquista y luego la derriba; Gutiérrez  Mellado, un general que durante la Guerra Civil asedió Madrid para que vencieran las tropas de Franco y que en el instante que da título al libro—el golpe de estado del 23 de febrero— se juega la vida para que los militares no derroquen de nuevo la democracia; y Santiago Carrillo, líder comunista que padeció la cárcel y el exilio, y que estuvo dispuesto a pasar por alto el juicio histórico que su ideología y su partido reclamarían para los franquistas, a fin de edificar una nueva libertad. 

Las analogías con nuestro proceso me parecen irrefutables, y pareciera que a partir de una novela publicada hace diez años, sobre un acontecimiento de hace cuarenta que nada tiene que ver con nosotros, de repente todo tenga que ver, porque hay en esa novela una lección que no hemos aprendido a pesar de que ya padezcamos las consecuencias de ignorarla: la necesidad de traicionar ideales que nos estancan en discusiones agotadoras en las que solo se busca tener la razón, para inaugurar lealtades que nos permitan que un futuro en paz sea al menos imaginable.