CULTURALES

Reflexiones de Ricardo Silva

"LA VORÁGINE COLOMBIANA"

Foro Javeriano entrevistó al escritor colombiano, creando un compilado de pensamientos que muestran la visión crítica que tiene sobre el país, el cual se refleja en sus más famosas obras como “Río Muerto” e “Historia Oficial del Amor”.

Por: Laura Salcedo y Alejandra Lucía Vélez

Foro Javeriano: Como escritor y literato que proviene de una familia de abogados ¿Qué opinión le merece el ejercicio del derecho? ¿Qué influencia ha tenido el derecho en su vida?

Ricardo Silva Romero: Mi familia ha sido principalmente una familia de abogados, mi mamá es abogada, mi hermano y mis tíos también, por no hablar de los amigos de mi familia. De tal modo que lo que se ha escuchado en mi casa, desde que tengo memoria, ha sido el derecho y la política. El derecho tiene que ver mucho con la ficción y la narración; veo la justicia como una puesta de escena de la verdad, un pulso entre narrativas y relatos que se resuelve cuando uno de los relatos es más verosímil que el otro. La construcción del relato es muy importante en la práctica del derecho. En cierta forma, considero que me convertí en un “abogado honorario” de tanto escuchar y estar rodeado del ámbito jurídico. El derecho tiene un lugar muy importante en mi manera de pensar y escribir, sobre todo en mi manera de transmitir la situación colombiana.

FJ: Entiendo que la historia que relata en “Río Muerto” le fue dada por el protagonista de la misma. ¿Qué complicaciones puede tener un escritor al saber que está narrando una historia real? ¿Cómo puede llegar a afectar esto a la obra?

RS: En el caso de “Río Muerto” uno entiende mejor la gravedad de que a alguien le “corten” de golpe el derecho a vivir, la gravedad de que cada hijo enfrente el dolor de perder a su padre y el dolor de una viuda que dio por hecho una vida con su marido hasta el final. Si bien hay muchas formas de contar una historia así, la novela como género específico trae un montón de herramientas a las que uno puede acudir para poder entender mejor el horror de la violencia colombiana. En mi propia familia yo lo viví, al hermano de mi mamá lo mataron en la Avenida Jiménez en el año 1976. Yo no tengo recuerdos de eso porque era un bebe, pero ese hecho me afectó mucho. Ver la facilidad con la que pueden matar a un miembro de tú familia en este país, sin justificar por qué y sin que luego se haga justicia. Mi tío era un líder sindicalista. Ese hecho me dejó claro que a uno lo pueden matar por lo que piensa y evidenció la ruptura y el dilema que un asesinato genera en una familia. Esos hechos formaron en mí una idea de la facilidad con la que se mata en el país, la impotencia que sienten los niños cuando ven a los padres sufriendo y no saben bien cómo ayudar, todas esas emociones las he tenido y me sirvieron para construir el mural de emociones que se refleja en mis obras. Además, un año antes de escribir “Río Muerto” había muerto mi papá, tenía una mezcla de duelo y miedo, eran emociones que se agolparon y se vieron reflejadas en el libro. Es un dolor que las víctimas me han dicho, se siente auténtico dentro de la obra.

 

Durante la escritura de “Río Muerto” me pareció ver todavía más claro, que se transmitió de generación en generación la idea de que Colombia tiene que ser un país monolítico, católico jerárquico, militarista, castellano y conservador. Es un país nostálgico de la monarquía, impregnado por el Dios católico de la evangelización y el colonialismo; y si alguien no se acomoda a esta idea, a ese bloque o esa supuesta unidad, pronto y como suele pasar con los fanatismos, es graduado de enemigo. Yo creo que es justo decir que aquí no fuimos educados, sino evangelizados durante varias generaciones. De tal modo que se creyó en un solo Dios, una sola lengua y una sola forma de hacer las cosas. De alguna manera las clases dirigentes nunca dejaron de sentirse extranjeras en esta tierra. Siempre pensaron que todo lo que quedaba fuera de las grandes ciudades eran colonias, lugares apartados a los que se acudía para explotar la tierra, a las personas y para echar a andar las fortunas de unos cuantos apellidos. Es una mentalidad tanto colonialista como fundamentalista que ha estado dejando al margen a tantos lugares como lo es Belén Chamí, el pueblo de “Río Muerto”. Son lugares en los que se reproduce la lógica de imponer a la fuerza, de dar un compás de espera a que la gente se sume a la aplanadora y quien no se sume sacarlo pronto, aniquilarlo del todo y de todos los modos posibles.

FJ: ¿Cómo desde el derecho y la cultura se puede conseguir que no sea aplastada la diversidad y el pluralismo, que son la realidad del país?

RS: Siempre volvemos al propósito de una supuesta unidad, que en realidad es la unidad de unos cuantos que se quieren imponer a un país que contiene muchas razas, matices y muchas culturas dentro de una cultura. Pero siempre se nos quieren imponer las mismas vírgenes, el mismo criterio y las mismas guerras; todo lo que se salga de esta homogeneización es eliminado por una aplanadora, en donde se declara enemigo inmediatamente. Creo que una jugada muy valerosa y lúcida fue la constitución del 91. Me parece que su vocación era justamente esa, el reconocimiento del pluralismo, del liberalismo (de alguna manera), de las muchas voces, desigualdades y de las brechas. Su vocación era de pacto de paz, en un país lleno de violencias. Creo que es uno de nuestros grandes logros en la historia del país. Ya 30 años después uno lo puede ver en perspectiva, y abriéndome del caos de los últimos años, es un perfecto ejemplo de una muestra de lucidez atípica en nuestra historia. Es muy importante que se haya llegado a esto.

Pero eso no quita que fuera un esfuerzo válido para salvar vidas y para recordarle a la sociedad Colombia que no es necesario matar y no hay qué normalizarlo. Pero ya en este punto es un problema cultural profundo y el problema, específicamente es que durante demasiados años se nos ha invitado a atrincherarnos y a matarnos, a desconocernos y a desconfiar los unos de los otros para que sea más fácil asesinarnos. Básicamente se nos ha estado empujando, cómo se empujan todas las guerras a olvidar lo humano, a no encontrarnos en el drama humano, que es la solución a cualquier violencia. En el momento en que uno se da cuenta de que antes de las ideologías y los desacuerdos hay padres e hijos que se pierden los unos a los otros, es ahí cuando uno logra entender que lo principal es estar vivos.

Creo que la ficción es sumamente importante. La popularización de lo que se ha narrado, desde muchos puntos de vista como el cine, el arte, la literatura, la televisión y la música, demuestran ser lugares en donde caben todas las ideologías, en donde pueden llegar sin agenda, porque buscan historias de gente común y corriente. Es ahí donde sí eso se populariza y se hace con mayor frecuencia, no desde las élites sino desde todos los lugares ordinarios, se produce una transformación o una sensibilización que es el fundamento de cualquier país.

Aunque la batalla ya ha avanzado (más de lo que uno cree), porque es verdad que sí se han conquistado derechos para todos e igualdades, el pulso no está para nada ganado. Hay violencia en todas partes y eso es porque venimos de una cultura aniquiladora y seguimos viviendo en ella. No quiero parecer desesperanzado, porque no lo soy, creo que hemos avanzado mucho y creo que vamos a transformar la sociedad y ganar ese pulso, pero el pulso es literalmente a muerte. Desde todos los campos en que uno pueda sensibilizar hay que volver tabú la violencia y volver imposible el asesinato.

FJ: Si tuviera que sacar una novela hoy por hoy, sobre la realidad social de Colombia ¿Cómo la titularía?

RS: A mí me parece que sigue siendo adecuado “Río Muerto” y creo que ese debió haber sido el sentido de haberle puesto así, porque en la tradición literaria en español se ha asumido la convención que los ríos son la vida que van a dar al mar, que es el morir. Es la copla de Manrique a la muerte de su padre. En este caso, es un río que ya da igual si da al mar, porque ya está muerto. Para mi sigue siendo una buena definición de Colombia hasta que se nos pruebe lo contrario. Pero si tuviera que titular una novela con lo que está pasando hoy, a mí me gusta una frase que no es de nuestra cultura, el título perfecto sería “No puedo respirar” que es la frase que dijo John Floyd cuando lo estaban matando. Me parece un buen resumen de lo que está pasando ahora, no solo en el mundo, sino específicamente acá en Colombia, porque en los últimos meses hemos sentido una especie de asfixia, en donde nos están acorralando y aislando, pero eso no significa que vaya a seguir así. Quiero pensar que es tan denso y asfixiante porque estamos en un punto de quiebre.

FJ: ¿Considera usted que la realidad colombiana, en palabras de José Eustasio Rivera, es similar a “La Vorágine”?

RS: Creo que esa es la mejor forma de definirla, es la lucha entre el individuo y su ambiente.