OPINIÓN

2020-II

LA MORALIDAD DE EXCEPCIÓN

Por: Santiago Quintero

Estamos acostumbrados a criticar, señalar y a regirnos por una moralidad sesgada, talvez aprendida en la familia, seguramente inculcada en el mismo estado, pero lo cierto, es que la encontramos impregnada en nuestra idiosincrasia y es condición de nuestro propio sepelio. 

Critiquen al estado, al gobierno, a las instituciones, al vecino, a las regiones, critiquen a las administraciones gubernamentales y sus ideologías o decisiones, critiquen, critiquen y critiquen, porque eso es lo único que sabemos hacer ver lo que hace el otro antes de vernos a nosotros mismos, como si fuera una forma de respaldo moral, de virtud escondida ante toda esta incertidumbre, hace falta tener la razón y como esta no existe, hay que buscarla en el error del otro. 

¡Tenemos que encontrar culpables de lo que padecemos! Si no es a los gobiernos o a los bancos por el quiebre evidente de los mercados, es a los doctores por las muertes de la pandemia, criticamos incesantemente a las administraciones locales y nacionales en el intento de aliento que nos brinda la gestión de turno, muchas veces esperanzadora, benevolente, falsa, coherente, engañosa, predecible, ¿acaso me contradije?, pues creo que hago parte del problema entonces.

Y hago parte, y sí que lo hago en definitiva, probablemente igual que el lector. Considero que nadie está exento de este padecimiento cultural y que muchas de las contradicciones con las que vivimos, son precisamente por depender de nuestras visiones tanto políticas como morales para muchas veces legitimar actos en los demás. Y no solo usamos nuestras inclinaciones ideológicas también nos basamos en juicios de valor desde la creación de un imaginario que depende de estatus[SQS1]  o condición económica, y desde el cual sentimos que tenemos el derecho de una reivindicación o de actuar de cierta forma que muchas veces va en contra vía del otro, y he ahí “la moralidad de excepción” bajo la cual nos regimos, existimos y bajó la cual, lastimosamente, nos justificamos.

Pongamos este caso en orden y preguntémonos ¿Qué es una excepción? O ¿Por qué esta vaina tiene que ver en nuestro comportamiento? la excepción en este caso es usada como un símil de una teoría política pura y dura, diría Carl Schmitt que

“el estado de excepción se basa en la necesidad de proteger a la constitución en contra de un ataque desde afuera o en contra de ataques desde adentro, esto es en contra de los enemigos internos o externos Esto significa que la excepción se opone radicalmente a la norma, la excepción es lo opuesto a la norma, pero al decidir sobre la excepción el soberano está decidiendo sobre la norma.” 

 

Ahora en el caso de la moralidad de la excepción, la norma la decidimos nosotros, y esa excepción la justificamos bajo una moralidad que la hacemos encajar a como actuamos. Es una moralidad construida en pretextos, en una idiosincrasia que no ha progresado por su mismo ímpetu orgulloso de siempre querer generar dicotomías o discusiones pasionales que no buscan un consenso sino que polarizan, y coartan tanto libertades como ideologías, decidiendo bajo una suerte de raciocinio ulterior, la “mejor forma de pensar” o al menos la que debería ser adquirida. La moralidad de excepción se da entonces en el momento en que el individuo se permite hacer lo que critica en el otro, basado en una moralidad o concepción de lo justo, por supuesto artificial.

Queremos tener la razón absoluta, pensamos que nuestras prioridades son las de todos y eso lastimosamente es lo que lo que tiene en un ciclo vicioso a nuestro país, más allá de sus fallas estructurales palpables y vivas somos nosotros mismos con nuestra forma de ser la falla mas grande que presenta su estructura. La moralidad de la excepción es tan viva y tan reivindicativa que sus críticas hacia ese estado de sitio vivido en Bogotá en 2019 con las marchas que tenían un buen fin, es simplemente hipócrita. 

Nos cobijamos dentro de justificaciones, de moralidades, y he ahí el problema, la moralidad es tan subjetiva como un sentimiento, como una forma de ser, de vivir, de pensar, de obrar. La moralidad sino esta llevada por la razón diría Aristóteles es sofismo, y sofismo puro, sintiendo que siempre tenemos espacio a la crítica, sin repensar nuestras acciones, ni como repercuten en la vida del otro. 

Interesante para efectos de este texto recorrer la hipótesis, que se ha convertido en un paradigma en Latinoamérica, casi que un modus operandi que define bien nuestra forma de obrar. Esta es “la tragedia de los comunes” en la cual los individuos llevados principalmente por su interés personal sobreexplotan un recurso limitado para el resto, y es precisamente por esta moralidad de la excepción que cada quien se siente en potestad de hacer y deshacer con lo que le rodea ya que siempre se encuentra la forma de justificarse excepcionalmente, ejemplo de eso las personas inscritas al Sisbén para recibir beneficios cuando saben que no necesitan salud gratuita, o aquellos que se colan al Transmilenio, porque “al estado no le duele un pasaje menos” y los ejemplos siguen de manera indefinida. Padecemos de disonancia cognitiva, nuestros pensamientos y creencias entran en conflicto cuando se trata de criticar al otro, y rápidamente nos cobijamos en cualquier tipo de pretexto para “explicar” porque hicimos lo que hicimos, y porque nosotros si teníamos “derecho” a hacerlo, volviéndonos juez y parte, sumidos en una condición de ignorancia que no solo nos impide progresar sino que a su vez invita a que otros lo hagan, puesto que: ¿Por qué si el vecino pudo hacerlo, yo no podría? 

El Covid ha sido, como para muchas otras cosas, “la oportunidad perfecta”, de adquirir el rol de epidemiólogos, políticos, médicos, doctores en derecho, internacionalistas y la lista sigue, en esa suposición artificial y omnipotente que nos excede, nos convertimos en especialistas del arte de no saber nada pero pensar que se puede opinar, criticar y juzgar sobre todo. Desde esa actitud nos damos el aval de hacer lo que queramos o de criticar descuidando nuestro propio comportamiento. Por eso termino asegurando que definitivamente el pasatiempo principal de la cuarentena ha sido el de la acusación, en un desespero de tener una razón globalmente desconocida y frágil, designamos culpables desobligantemente, condenándolos sin darnos cuenta que estamos buscando culpables a nuestro propio desasosiego, y que lastimosamente como cultura nos hemos acostumbrados a crear “estados morales de excepción” para no sentirnos mal cuando cometemos lo que en otro encontramos reprochable.