CRÓNICA

LA LUCHA DE FIDELIA SUÁREZ

Esta es la historia de una mujer que supo representar los intereses de la profesión más antigua del mundo. Tanto así que logró que un gremio sumamente violentado pudiera constituirse como sindicato hace unos años.

Fuente: Archivo personal de Fidelia Suárez

Por: Martín Jaramillo

Hace un poco menos de un año, Juan Esteban Constaín escribía en su habitual columna del diario El Tiempo sobre el desgaste que le hemos hecho nosotros mismos a palabras que tienen un gran significado y una intención bondadosa; pero que, de tanto uso, y sobre todo abuso, hemos corroído. De hecho, hace una comparación brillante -también de forma literal- con las monedas de cobre. Es una cita de Miguel de Unamuno en donde dice que “las monedas de cobre, de tanto ir de mano en mano y de boca en boca, se van oxidando y empiezan a perder su brillo y su valor”. Pasa lo mismo con las palabras, las volvemos tan cotidianas que cada vez se va perdiendo más su verdadera intención e intensión. Son palabras como: tóxico, reinventarse, empatía, valentía, resiliencia, solidaridad, lucha, empoderamiento, proactivo, literalmente, entre muchas otras palabras que tristemente hemos venido mundanizando. 

Pues bien, todo lo anterior es para contar que Fidelia Suárez es casi que por definición la cara de la valentía, la empatía, la resiliencia, la solidaridad y la lucha, literalmente (acá sí aplica). De hecho, resignifica estas palabras. 

 

Fidelia nació en Corozal, Sucre, por eso la conocen también con el remoquete de “Marta la costeña”. Una mujer de lengua imberbe que no olvida de dónde viene. Es más, a la hora de responder a la pregunta de quién es ella, habla de sus padres. Fidelia es hija de José Suárez Garrido y Fidelia Tirado de Suárez, aunque mostraba su inconformismo con la segunda parte del nombre de su madre, ya que “nadie es propiedad de nadie”. Viene de un hogar conservador y sus padres fueron líderes sociales, por eso siempre ha llevado el liderazgo y la conciencia social en la sangre. De hecho, cuenta ella, que en el colegio regalaba la comida que le deba su mamá cuando veía compañeros que llegaban a estudiar sin pan alguno.  Nunca se ha considerado como “puta o prostituta”, simplemente es un trabajo sexual y ella presta los servicios para tal fin. Más aun, de forma jocosa e inteligente -porque no hay nada más inteligente que saber reírse de sí mismo- dijo que ella vendería la “llanta” que tiene en la barriga si por ella fuera. Pero no, no vende su cuerpo, no lo maltrata, simplemente presta los servicios de trabajo sexual. 

Lleva un poco más de veintisiete años ejerciendo esta labor y asegura que decidió hacerlo así por voluntad propia y siendo mayor de edad. No buscaba la aprobación de nadie, ni siquiera de su familia. Es más, acerca de las familias, cuenta costumbres desmemoriadas que muestran lo oportunistas que podemos llegar a ser: cuando una mujer decide ser trabajadora sexual su familia le da la espalda. Pasan a ser la oveja negra de la familia, el miembro familiar del cual poco se habla y que -descaradamente- su familia sólo las buscan en caso de tener los bolsillos vacíos. Para lo cual ellas no dan la espalda; tienen claro que familia es familia. Por esto, ante semejante espaldarazo, entre ellas mismas y con su sindicato como cabeza, son una familia y un apoyo. 

“Nosotras no somos delincuentes. Somos más solidarias, más madres todavía. Nos duele lo que vive cada una de nosotras y que sus respectivas familias no apoyan. Ellas se recuestan en nosotras para nosotras ayudarlos a buscar solución. Hay que cambiar ese moralismo, ese idealismo que nos han metido en la cabeza: Eres la oveja negra, eres lo peor, eres la basura. Las ovejas negras apoyamos más a nuestra familia. Debemos aprender a aceptar al otro tal cual como es.”

La anterior cita cobra aún más vigencia porque Fidelia es madre de tres hijos. José Efraín, María José y Sebastián son jóvenes que, literalmente – sí, otra vez aplica-, son uno de los insultos más usados en el mundo y que en Colombia decimos casi que por deporte: unos hijos de puta. Bueno, más exactamente unos hijos de trabajadora sexual. Acá aprovecho para contar que ¡PACIFISTA!, (un medio independiente de contenido social con enfoque en los derechos humanos y construcción de paz) les hizo una grandiosa entrevista a María José y Sebastián, sus dos hijos menores, en donde cuentan por qué son orgullosos de tener la mamá que tienen. Una mujer que les enseñó que las cosas se ganan con estudio, trabajo y respeto. A raíz de esta entrevista contactamos a Fidelia para tener la charla con base en la cual se hizo este escrito. 

De los tantísimos logros que ha tenido en su vida, uno de los más importantes fue la constitución de ASMUBULI-SINTRANSEXCO (la Asociación de Mujeres Buscando Libertad y el Sindicato de Trabajadoras Sexuales de Colombia) el 26 de noviembre de 2015. Fidelia supo representar los intereses de un gremio sumamente violentado y estigmatizado, tanto así que logró que se constituyeran como sindicato hace un lustro. Para dimensionar lo que representa semejante hazaña, es importante aclarar que el sindicato que preside es el primer sindicato de trabajadoras sexuales en el mundo. Tanto así, que Fidelia viaja por cualquier cantidad de países dando charlas de empoderamiento a sus colegas, explicando cómo logró sindicalizarse y, de paso, resignificando la palabra “empoderamiento” de la cual hablaba Constaín en su columna. 

A medida que avanzaba de la charla, las anécdotas que Fidelia cuenta son vez más crudas. Cuenta que ha sido el pararrayos de cualquier cantidad de problemas:

“Cuando empecé a ejercer el trabajo sexual me ganaba siempre los problemas de las compañeras porque las trataban mal. Ya sea el dueño del establecimiento o el cliente; y con tragos encima esto cambia mucho. Te puede hacer más sumisa o te puede hacer más rebelde. Me chupaba el ‘vaceadón’ y muchos golpes.” 

Esta es una de las muchas formas de violencia que padecen las trabajadoras sexuales, pero hay muchas más. El proxenetismo se vive día a día, pese a ser un delito tipificado en los artículos 213 y 213A del Código Penal. Son mafias que manejan el territorio urbano y se quedan con un gran porcentaje de lo producido simplemente por estar ahí. Además del cobro por parte de establecimiento por arriendo, servicios públicos, internet, y por cada vez que usen algún cuarto para ir con el cliente con cualquier propósito sin importar el tiempo que se demoren; porque también son varias las veces en que los clientes simplemente van a hablar porque se sienten solos, incluso lloran. Acá, como debería suponerse, el servicio no acaba tan rápido como cuando hay actos sexuales de promedio. Los clientes no sufren de precocidad al momento de desahogar las penas, aunque podría asegurar que ellos dirían todo lo contrario. Esa es también una característica: la necesidad de aparentar una masculinidad que en el fondo es frágil. Otra gran problemática se ve en la menstruación o en los embarazos. Por un lado, cuando las trabajadoras sexuales están embarazadas, al momento en que se les empieza a notar la barriga las despiden. Por otro lado, trabajar con la menstruación las obliga a taponarse con algodón o esponjas para lavar la loza. Si no trabajan esos días, el establecimiento les cobra multas de mínimo cincuenta mil pesos al día. “no hace ni el diario, y un tipo que no le paga seguridad social le exige eso”, decía Fidelia. Ellos piden que cumplan, pero son los primeros en incumplir las pocas obligaciones que tienen.

La lucha que ha llevado el sindicato ha venido acompañada también de grandes logros. Por ejemplo, lograron que fueran subsidiados los exámenes médicos de VIH, serología, frotis vaginal y, en algunos casos, frotis de garganta y hepatitis. Además, lograron que les fuera posible que la EPS les formulara condones. Sin embargo, esto quedó sólo en promesas incumplidas. No les subsidian dichos exámenes médicos, los tienen que pagar las trabajadoras por su cuenta, sometiéndose a cualquier cantidad de vejámenes: “parecían metiéndole el churrusco a la taza del baño”, decía Fidelia Suárez con desdén. En cuanto a lo acordado con los condones la historia se repite. Es el día en que siguen sin ver materializado -ni con látex ni con poliuretano- dicho subsidio. 

Por otro lado, en cuanto al marco normativo del trabajo sexual, ha habido dos importantes sentencias. La primera, la sentencia T 629 de 2010, donde se establecieron ciertas directrices para dignificar este trabajo. Sin embargo, en la práctica no hubo muchos cambios. El segundo hito lo dio también la Corte Constitucional en 2017; acá se buscaba la protección a la población migrante que ejerce esta labor en Colombia y que, por la falta de regulación y vigilancia, se han visto muchos casos de maltrato infantil y violaciones a los derechos fundamentales.

En cuanto a lo legislativo, la única vez que ha habido la intención de regular esta profesión resultó improductiva. En primer lugar, no fueron tenidas en cuenta las trabajadoras sexuales, no hubo representación de ellas en los debates. En segundo lugar, en el proyecto de ley se establecía que tenían que darle una suma mayor al 30% a los establecimientos; no era nada favorable. Y, por último, para colmo de males, Armando Benedetti, quien era el senador que impulsó el proyecto de ley, le confesó a Fidelia que “no sabía qué contenía el proyecto”. Al mejor estilo de Simón Gaviria cuando leyó “por encimita” el proyecto de ley de Reforma a la Justicia de 2012. 

Por último, a todo lo anterior súmenle la situación de pandemia. Desde que llegó el virus al país las trabajadoras sexuales se han visto afectadas en casi todos los aspectos de su vida. Los establecimientos no se llenan como antes, no hay clientes. Pero, los dueños de los establecimientos siguen cobrando las mismas ‘vacunas’. Son tristemente comunes los casos de mujeres que no tienen con qué pagar el arriendo y las desalojan. 

Este año de pandemia ha sido muy duro para el sindicato también, por diversas enfermedades se murieron la vicepresidenta y la secretaria. Ambas muy amigas de Fidelia y quienes, como expliqué en un momento de este texto, se convirtieron en sus hermanas. 

A Fidelia, las gracias por habernos abierto su casa y su corazón. Una persona que sin victimizarse sabe luchar para acabar las injusticias. Alguien que, con su vozarrón y sus inexistentes pelos en la lengua, ha tenido que hablar con quien sea necesario y llegar a cualquier instancia con tal de reivindicar los derechos de un gremio vulnerado, estigmatizado y del que mucho se habla, pero poco se sabe. Deja claro que, con las condiciones justas, el trabajo sexual es un trabajo digno. Lo que no es digno son las condiciones en las cuales prestan dichos servicios.