OPINIÓN

2020-II

HABITAR: ¿UNA UTOPÍA POSIBLE?

Por: Santiago Quintero y David García

La historia es la mejor forma de entender nuestro futuro, bien lo explica José Luis Romero en su libro Latinoamérica (2010) donde relata el fenómeno de la explosión urbana en el siglo 20. El texto relata que gracias a el improvisado y desordenado afán de progreso, se empezaron a crear ciudades carentes de balance y garantías; como resultado las “zonas marginales”, tan normalizadas en los paisajes latinos. La condición contemporánea de ciudades como Bogotá, es consecuencia de una carencia estructural y cultural histórica, haciendo que la capital parezca quedar rezagada e insuficiente ante los retos actuales. Aunque todas sus carencias sean evidentes en nuestra cotidianidad, es gracias a la pandemia que el tamaño del problema termina exponiéndose de forma clara y su respuesta va más allá de los señalamientos económicos, gubernamentales, políticos y sociales. La “verdad” es que la “respuesta” no existe y necesita ser construida.

Nuestra propia masividad nos está sepultando. La idea de desarrollo parece ineludiblemente atada a la de expansión, grandes construcciones que edifican grandes urbes para saciar nuestros tradicionales deseos de progreso, no importa si hay otras prioridades o si se hace de manera irresponsable. El progreso se busca a toda costa dejando una paradójica estela de atraso y marginalidad a su paso. La generación inconforme y crítica en redes, que encontró en la palabra “reinventar” su nueva muletilla, es la encargada de repensar lo construido, de no quedarse en los ataques y empezar a proponer, de entender que “el habitar” más allá de ser un concepto espacial debe ser entendido e interiorizado como una tarea individual y así convertirse en la única garantía de una vida en colectividad.

Muchas de las dinámicas en las ciudades se dan por garantizadas, cuando su certeza está anclada en el aparentemente estático peso de la costumbre, sin embargo, la realidad nos ha obligado a abrirnos a una serie de alternativas que debemos optar para proteger nuestra salud, pero que además sacan a relucir otros beneficios que podrían adoptarse y permanecer en nuestras vidas. Una forma de entender la equivocación social que normaliza la pobreza se da en la pirámide de Maslow, o jerarquía de las necesidades humanas, la cual es una teoría psicológica que afirma que “el sujeto tiene que cubrir las necesidades situadas de los niveles más bajos (más objetivas) para verse motivado o impulsado a satisfacer necesidades de orden más elevado (más subjetivas) (1975)”. La normalización de la marginalidad hace que la calidad de vida (nivel objetivo) sea vista como un privilegio, como una necesidad de lo subjetivo y no es así, esta se debe extender y entender como un factor clave a la hora de hacer un espacio habitable.

La ciudad sin tiempo, la contradicción laboral y el experimento de habitar

La revolución definitiva que trae consigo el COVID-19 es la digitalización absoluta de la vida y con ello un guiño hacia el incremento en la democratización de oportunidades. La adaptabilidad al cambio debe venir acompañada de un sinnúmero de garantías, demandas ciudadanas, acciones institucionales y gubernamentales.

Datos como: “Colombia es uno de los países con jornada laboral más extensa (48 horas semanales) y aun así es uno de los países con menor índice de productividad en el mundo.” (La República, 2019) son comunes dentro de las cuestionables condiciones de trabajo en el país, que en su mayoría no están preparadas para la digitalización ni en brindar una sensación de estabilidad dentro de sus trabajadores.

Esta mentalidad laboral que ha acompañado a la industria nacional durante años demuestra no satisfacer la demanda de los tiempos actuales, descuidando la calidad de vida, siendo esta un factor clave para que el espacio urbano sea habitable. Esa habitabilidad se traduce en la productividad del trabajador y así lo deberían entender tanto las entidades gubernamentales como los distintos sectores productivos, una vez esto comulgue se podrá hablar de que la sociedad avanza.

Las fallas empiezan desde la salida de la casa al trabajo, sería bueno cuestionarse ¿Por qué existe una hora pico que lleva un sistema masivo de transporte a sus límites con los problemas de contaminación e inseguridad que esto acarrea? ¿Por qué la jornada laboral de una ciudad que ronda los 10 millones de habitantes es de 8 horas?, y como si de un pequeño pueblo se tratase, abriera a las 6 am y cerrará las 6 pm en las industrias de personal masivo, limitando así a sus trabajadores.

La ciudad no debería detenerse, debería aprovechar el tiempo de manera inteligente, creando nuevos espacios para las actividades, los nuevos emprendedores, dueños de industria, o las próximas propuestas en políticas públicas deberían preguntarse ¿Cómo pasar de menospreciar e ignorar el potencial de la vida nocturna de Bogotá, para que no quede reducida a fines de semana, y así, empezar a aprovecharla más? ¿Qué pasaría si la ciudad (o al menos algunas zonas) funcionarán las 24 horas? ¿Cómo hacer del tiempo un factor para promover la habitabilidad?

Los preceptos del tiempo se abstraen de las necesidades, no son invariables y en ocasiones están sujetos a factores ajenos al mismo trabajo (que mejor ejemplo que una pandemia para dar cuenta de ello). Entre todas las alternativas y opciones para garantizar la productividad y a la vez cumplir con las medidas sanitarias, se empiezan a vislumbrar ideas interesantes que significarán en alguna medida devolver el control del tiempo a los trabajadores. Después de todo lo que importa es cumplir las exigencias y los resultados, si lo limitamos al tiempo, esto sería cumplir con un número de horas a la semana. ¿Cómo hacerlo? ¿A qué hora trabajar? ¿Empezar a las 8 am y terminar a las 6 pm? en la mayoría de casos, si hay resultados, esto no importa.

Para una persona que necesite un segundo ingreso, o que quiera certificarse, hacer un técnico, especializarse, estudiar o hacer cualquier cosa, trabajar lo de 2 días en 1, distribuir su tiempo haciendo que con esto le queden más horas, incluso días libres a la semana podría ser una buena opción. La flexibilización de los horarios con miras a un mejor habitar podría ser una forma de salir adelante en la vida de miles de personas.

Además, al economizar el tiempo, por llamarlo de una manera, habría una serie de efectos en cadena que podrían traer nuevas dinámicas a la sociedad y con ello una serie de beneficios con miras a una mejor habitabilidad. Al no trabajar todos al mismo tiempo, las horas pico no estarían marcadas por la salida y entrada de trabajadores, si esto fuera una realidad podríamos estar hablando de una disminución sustancial en trancones y en la ocupación de transmilenio (algo que por estos días más que una forma de habitar mejor, es un requisito para conservar la salud).

Con más horarios, habría que pensar en un plan para garantizar el trabajo en las noches, lo que sugiere activar sectores de la economía que usualmente a estas horas están cerrados para que poco a poco se empiece a ver una verdadera vida nocturna en la ciudad. Transporte, seguridad, alimentación, comercio, entre otros sectores productivos serían necesarios para atender las necesidades de los trabajadores con nuevos horarios, esto se traduce posiblemente en más empleo e idealmente más ingresos.

La economía del espacio: repensarnos en lo individual para entendernos en lo colectivo

Replantear nuestras rutinas buscando economizar los espacios que recorremos y cómo lo hacemos, significa un esfuerzo personal dirigido a crear una mentalidad que desde la búsqueda del beneficio individual favorezca el habitar en común. Debemos Exigirnos a nosotros mismos a dejar de buscar culpables en el exterior, entendiendo que en muchos casos nosotros somos la causa de los problemas que criticamos y de manera desobligante en muchos casos adjuntamos su responsabilidad a las fallas estructurales (mala planeación urbana — malla vial insuficiente), a las falencias de gobernabilidad (corrupción — obras inconclusas) o la creación de un enemigo (la otredad bajo la cual atacamos/culpamos — inseguridad=venezolanos).

“Hay décadas donde no pasa nada y hay semanas donde pasan décadas” Lenín. Por eso debemos romper con la ortodoxia y repensar las formas tradicionales de vida que dábamos por sentado. Como cohabitantes de una ciudad no deberíamos pensar en la incomodidad que otros nos generan, sino en la incomodidad que nosotros generamos. Ahora la cuestión no es autoflagelarse lamentando las repercusiones de los actos individuales, sino al menos reconocerlo y hacer algo por cambiarlo.

Un buen ejemplo que le cae bien a muchos universitarios (que tienen el modo de hacerlo) es pensar en qué ocurriría si trasladaran su vivienda cerca a su lugar de estudio. Actualmente la tecnología y los “start ups” brindan muchas opciones seguras para rentar vivienda con otros estudiantes cerca de las instituciones. Si no, basta con mirar como Airbnb apareció en el panorama para competir con los hoteles en todo el mundo, de igual manera las iniciativas universitarias de transporte compartido (“wheels”) o la modalidad de Uber Pool para ponerlo en términos de trabajo. Así pues, estos modelos de negocio no solo son considerables fuentes de ingresos, sino que mejoran el habitar. Son ideas simples, que hacen mucho con poco y que revolucionan conceptos tradicionales para dar un servicio que mejora la vida.

Retomando el hecho de vivir cerca al trabajo, institución o al lugar donde se desarrollan la mayoría de las actividades personales se traduce en un menor uso del transporte público o privado, lo cual repercute en espacio tanto en las plazas del articulado como en la descongestión en un semáforo. Significa también menos roce social, tan importante hoy en día.

El cambio de mentalidad que se puede producir en una sociedad donde se tenga como objetivo común la habitabilidad es inmenso. Si entendiéramos que las repercusiones de las pequeñas acciones son a largo y no a corto plazo e hiciéramos un esfuerzo por verlos materializados podríamos hablar de una verdadera recuperación del espacio público y con ello una ciudad mucho más moderna, amigable, segura e inteligente. Si se disminuyera sustancialmente el uso del automóvil, si re-distribuyeramos nuestras rutinas en tiempo y espacio con miras a un habitar mejor podríamos empezar a cambiar la prioridad que le damos a calles y carreras llenas de carros por andenes llenos de bicicletas y peatones. Ampliar estos espacios podría resultar atractivo para negocios como cafeterías, bares y restaurantes que podrían tener extensiones al aire libre (pet friendly, anti COVID, etc…), que al pagar impuestos mejorarían y harían más agradable el entorno.

Yendo a ejemplos concretos basta mirar las ciudades europeas, vías estrechas en las ciudades y en muchos casos andenes amplios para la interacción humana (en el 2016 el turismo representó cerca del 11% del PIB en España, del 7% en Francia y del 6% Italia…). La resignificación del espacio bajo premisa de una planeación urbana que atienda al transeúnte y no al vehículo pretende atender al habitar antes que a la masividad, y lo más importante, gesta en la mayoría de las personas una filosofía de cultura ciudadana importante para el mantenimiento de un buen habitar. Así pues, lo anterior nos da un acercamiento hacia uno de los componentes fundamentales para alcanzar un buen habitar, el sentido de pertenencia.

Recorrer y reconocer para conservar

“Habitar es entender la ciudad y entender que las preocupaciones por el espacio no solo deben reducirse o condicionarse a la manzana donde se vive, sino a todo lo que constituye la urbe. “

Sin darnos cuenta, al recorrer la ciudad respondemos a un mundo urbano que se nos ofrece gratuitamente. La rutina y las dinámicas sociales hacen que nos olvidemos o que no nos importen otros espacios distintos a los que reconocemos como propios. Podemos llegar a ser población flotante de muchas zonas de residencia, por ello debemos entender que el hecho de no vivir en un lugar no me exime de ser responsable con el mismo. Esto genera la tan anhelada cultura ciudadana y espíritu de pertenencia que tanto carece Bogotá. Pero para que esto exista debe haber una consciencia de lo público.

Cuando un recurso público, como un anden por ejemplo, se empieza a usar de forma “verdaderamente conjunta”, se crean reglas a su alrededor que establecen las formas de uso y como debería ser cuidado. Hasta se empieza generar alrededor una especie de castigo colectivo cuando existe un ciudadano que no hace buen uso de este, ya que existe una cultura de apropiación con lo que los rodea.

La condena colectiva

La exaltación de lo privado, en una economía sumamente desigual se vuelve un símbolo de privilegio, algo que da status y que se debe proteger, pero ¿proteger de qué? de lo que no es privado, de ser como lo público. Con el preponderante privilegio de lo privado viene el absurdo rechazo y menosprecio de lo público. En nuestra sociedad lo público es lo dañado, lo que no vale y por ende no importa, incluso se ve como algo que se debe evitar, porque es peligroso, pobre o inferior. Este estigma, al que le sobran ejemplos para ser percibido como realidad solo demuestra lo que se ha recalcado a lo largo de este escrito: el atraso estructural de una sociedad que en su afán de progreso se ha olvidado de lo más importante, sus habitantes.

Seguramente si una persona que no conoce se sube a su carro y bota basura en el puesto de atrás, pone los pies sobre la cojineria, ¿no le importaría?. Porque entonces en un transmilenio que es tan suyo como su carro todo vale. Es muy fácil acusar al estado de todas las falencias, porque bien es cierto que hay un descuido que en algunos casos llega al abandono en lo público, sin embargo no hay peor hipocresía y falta de la tan famosa empatía, que criticar la acción estatal cuando desde la acción individual se descuida lo que por derecho se posee.

Se ataca el sistema de transporte cuando el logro del día en la vida de muchos ciudadanos es colarse y ahorrarse los 2 mil pesos del pasaje, el problema no es solo la falta de recursos, el problema es nuestro mal comportamiento. Si vemos un bus lleno antes de entrar a la fuerza como en una guerra campal, reflexionemos si en su defecto no podemos esperar 8 minutos (o madrugar 8 minutos más) para que pase otro un poco más vacío y así mejorar tanto nuestra experiencia como la de los demás y más importante mejorar el servicio en sí.

Cuando entendamos que nuestro comportamiento hace la diferencia nos daremos cuenta que el estado no puede invertir en mejores sillas si tiene que arreglar 8 veces las mismas sillas. Y aunque sea la obligación del estado garantizar recursos, es nuestro deber conservarlos y hacerlos conservar, y no se trata de convertirnos en pequeñas gestapos citadinas, sino de señalar y exigir al individuo que esté atentando contra el derecho ulterior, contra lo público, aquello que nos excede, nos generaliza y nos identifica como miembros de una sociedad de derecho.

El verdadero habitar no es buscar evitar lo público. Es garantizar que la vida en lo público puede ser tan buena como en lo privado. Un país es rico cuando las clases más altas y las más bajas pueden compartir el mismo transporte. Una vez exista esta apropiación y cuidado de lo público, la inversión del Estado ya no será para reconstruir los dañados y deteriorados recursos públicos, sino para mejorarlos y adaptarlos a las necesidades ciudadanas, haciéndolos protagonistas de la ciudad e incluso atractivos para toda la comunidad.

Además, se crea un vínculo más empático, se genera una idea de comunidad que no depende de similitudes económicas o ideológicas, sino que existe una generalización de las condiciones cotidianas que nos relacionan entre nuestras diferencias. Cuando esto ocurre lo público se desestigmatiza, pierde su condición de “último recurso” y su uso deja de adjuntarse a un segmento socioeconómico específico, ya que el hecho de usarlo deja de significar la carencia de la posesión privada, sino que se empieza traducir en el aprovechamiento verdadero de la urbe.

En consideración

Los beneficios individuales construyen colectividad. Hoy esto es más importante que nunca, la pandemia que reorganizó nuestros hábitos también nos impuso un compromiso social que por mucho tiempo permaneció ignorado. Tenemos que darnos cuenta que no existen atajos y que delegar responsabilidades es inútil, ya que las medidas siempre serán insuficientes por sí solas, la premisa del habitar se debe construir necesariamente desde la praxis individual. Tenemos que dejar de enfrascarnos en la crítica que no lleva a ningún lado para empezar a entender que si bien hay enormes fallas estructurales en nuestra sociedad esto no nos exime de comportarnos bien, no nos excusa, ni justifica el desacato a la norma. Hoy más que nunca la responsabilidad individual que significa cuidarnos a nosotros mismos y a quienes queremos debe traducirse a medio plazo en un buen habitar con los demás, en un habitar inteligente.

Si bien el requerimiento básico para que este funcione es el comportamiento individual, tampoco se puede desconocer el profundo atraso cultural, educativo, las falencias en seguridad, y los incontables escándalos que componen la realidad de un país con una profunda crisis estructural. El estado-gobierno no puede invisibilizar sus falencias bajo una pandemia, sin embargo aunque este puede dotar a sus gobernados de un sinnúmero de garantías, ello no es condición de que lleguen de manera equitativa a una mayoría de la sociedad. La sociedad misma no puede limitar estas garantías por egoísmo ni reivindicación a sus miembros, en los individuos está la tarea de usar los bienes públicos de manera regulada y mantenerlos. De otra manera cualquier medida o subsidio será inútil ante una falla en la mentalidad social que excede cualquier garantía y con mucha más razón para quienes cuentan con esas garantías.