OPINIÓN

2020-II

EN DEFENSA DE NO HACER UN CARAJO

Por: Juan José Cataño

Acabo de guardar el calendario y creo que voy 19 días mal contados en este encierro de cuarentena. En esos 19 días he visto unas 22 películas, cultivado un dolor de espalda crónico de tanto estar sentado y jugado más horas de Xbox de las que jugué en los últimos dos años combinados. Estoy contento. Estoy convencido de que no hacer nada es hacer algo bastante bueno. Me escapa el afán que tiene la gente de cuadricular lo que claramente es una situación excepcional, de embutir la rutina en la cuarentena. Al contrario, me suena más la idea de estar contento haciendo lo que a uno le venga en gana esta temporada indoors.

Y es que, ¿quién dijo que cada minuto que no se pasa aprendiendo una nueva habilidad es tiempo perdido? Al carajo con eso. Probablemente sea síntoma de ese delirio del emprendimiento que invadió la cabeza de tanta gente, el mismo que han matado y rematado en redes con un sinfín de clichés sobre el progreso y la superación personal. Es como si alguien diera dos pesos por lo que hacen y como si fuese mandato moral el reventarse en el día a día con un proceso de mejora sin fin hacia el fin último de... ¿De qué? De un puesto, de pronto, de sentirse bien con uno mismo, tal vez. Según yo, las ideas que necesita para pasar la cuarentena siempre las ha tenido: le han enseñado a reprimirlas en nombre de la productividad, de la disciplina, de "no perder tiempo".

Yo digo que no hay nada malo con tomar el encierro con una pisca - o cucharada, o baldado - de hedonismo. No todo es un “proceso”, no todo lo que hace en el día tiene que ser un paso hacia una meta superior trascendental. Es un día más, y son muy pocos, así que mejor hacer lo que a uno le da placer mientras puede. Hacer nada , entonces, es hacer algo gigante: es precisamente liberarse de esa mentalidad tan nociva para la tranquilidad personal. De la cuarentena no voy a salir ni chef, ni trilingüe, ni filántropo, ni herniado por intentar hacer squats con una maleta llena de ollas y menos lleno de relatos sobre lo que fue llegar al nirvana. Eso sí, espero salir mamado de ser tan indulgente, ahí si con ganas de volver a la rutina. No quiere decir que vaya a ser negligente con mis responsabilidades, quiere decir que voy a cumplirlas a mi manera – sea lo que sea eso - y a pasar el resto de día haciendo lo que me sienta con ganas de hacer. 

Hacer nada, además, no tiene nada de fácil. Estoy seguro de no ser el único que se sienta un momento a mirar el techo y lo único que pasa por su cabeza - como un ataque de estrés pos traumático - son destellos de todas las cosas que tiene por hacer. Vaya descanso. No. La idea de no hacer nada es precisamente aprender a descansar, a tomar las cosas más tranquilamente y a dejar de mirar lo que el resto está haciendo como si eso fuese lo ideal. Bien por los que han hecho cosas que no acostumbraban en su día a día, pero líbranos señor de esa noción de que eso es "aprovechar" la cuarentena. Aprovechar la cuarentena, insisto, puede ser no hacer un carajo, esto es, hacer en exceso todo lo que no podíamos hacer - ni podremos- en los días normales que ocupan la mayoría de nuestros años.