QUERELLANDO

2019-IV

O la inesperada virtud de la masculinidad 

EL RETORNO DE LOS MACHOS 

No somos el enemigo. Existimos hombres que, sin dejar de ser y sentirnos hombres, apoyamos la lucha por la igualdad. Pero por ello, no dejaremos de ser lo que somos. 

Por: Juan José Díaz Martínez

No he podido velar al último amor que tuve. No he logrado superar la barbarie que trae la desolación de un corazón roto. No aguanto más el mismo consejo de cambiar como soy, cómo si hubiese la remota opción de hacerlo. 

Por más que trato, no puedo ser el hombre que esperan. El que no le está con una vieja sólo por estar, sin esperar enamorarse, el que pelea en las fiestas de la facultad, el que se va de putas y no llora porque no se muere al morir de amor. 

Es la ambivalencia de ser hombre, víctima y victimario, en las luchas de género. Creamos un modelo de privilegios para nosotros, pero sólo en tanto nos ajustemos al estándar para merecerlos.  

Nos encontraremos entonces frente a la necesidad de probarles a nuestros congéneres que somos como ellos, de demostrar fervientemente nuestra heterosexualidad indubitable, de demostrar nuestra fortaleza y desprecio hacia todo lo femenino. “Maricón”, “nena”, “vagina”, son los calificativos que mereceremos ante la menor duda.  

Siempre la homosexualidad es la ofensa perfecta para herir una débil masculinidad. Pobres necios que no ven que los homosexuales no dejan de ser hombres, y aún si dejaran de serlo, no hay razón para denigrar a una persona que sólo quiere ser feliz. 

Es igual el confuso rol que podemos tener frente a la reivindicación de los derechos de las mujeres. Al punto que no puedo esconder la falta de autoridad con la que cargo para escribir este artículo. Los hombres debemos apoyar las luchas de las mujeres, superar la percepción peyorativa que tenemos de la feminidad, en cualquiera de sus manifestaciones. 

No se puede ser tan ingenuo de creer que las feministas no tienen razón. No se puede ser tan ciego para ver que no hay una absurda desigualdad entre hombres y mujeres y, mucho peor, no se puede condenar a los hombres que apoyan su causa. Un hombre que apoya la lucha feminista no es un traidor de género, pero un hombre que apoya los privilegios arbitrarios si traiciona a la justicia.

  

Pero la conclusión de todo esto no puede ser la supresión de la masculinidad, sino en la armonización de esta con la feminidad, o con cualquier expresión del género.  

Que un hombre se bese con otro, o que se sienta identificado de forma distinta, no tiene por qué ser una ofensa. La masculinidad es algo maravilloso, en todas sus manifestaciones. Un “marica”, un transgénero, es igualmente un humano y, por ende, un hermano. No es un insulto.

 

No somos iguales, casi ni nos parecemos. Pero también construimos nuestro género, también decidimos ser hombres heterosexuales y querernos así. Vernos entre nosotros, vivir entre nosotros y disfrutar una sana hombría.

 

Así somos, irreverentes y burlones, que no tenemos compasión para burlarnos de ningún tema, como forma de escapar del temor que sentimos porque nos pasen cosas horribles. Reírnos del dolor de un corazón roto, burlarse de los defectos de nuestros amigos, poner apodos y golpearnos. Ser políticamente incorrectos no deja de ser todavía más gracioso. 

Como dirían los Decas, volverán los chistes repetidos, la eterna carcajada, los gritos y la terquedad que aumenta directamente en relación con la cantidad de testosterona. Están los caballeros en la mesa: el bruto, la eminencia, el chaca, el fanfarrón. Historias que se cruzan a los gritos, proyectos y promesas, se arma discusión. Nadie quiere quedarse, sin dar su opinión, lo que no sabemos lo inventamos, técnicos son todos de la selección. 

Los arrogantes, los sabiondos, los suicidas. Los que entre trago y trago hablamos de filosofía, de teología, de fútbol y del amor. Pocas discusiones podrán llegar a ser tan pacíficas y respetuosas como un grupo de hombres hablando de sus amores. Suena irrisorio, pero sólo alguien que ha visto a su amigo enamorado, dará fe de lo que aquí escribo. 

Así somos, y así podemos ser en igualdad con el resto. Eso sí, cargamos con la ingenuidad de haber crecido con privilegios que no sabemos que tenemos. Guíenos, muéstrenos, enséñenos cómo perderlos. 

Pero no nos pidan que dejemos de ser así. Somo los buenos borrachos que caminan de madrugada por Bogotá, que orinan en la calle y tumban las canecas de basura. Que hurtamos los conos de la policía. Y, al llegar a nuestro cuarto, en la total oscuridad, pensamos en ustedes.