EN EL HUECO

El ser humano necesita de la verdad y de la ficción para vivir. Lo difícil es saber distinguir una de otra sin perderse por el camino

LA MENTIRA: EL BAILE MÁSCARAS

La cotidianidad y el arte de mentir. Las precauciones que hay que tener de esta habilidad frente a los gobernantes y cautelas para tener en cuenta al votar en estas próximas elecciones.  

Por: Alejandra Lucía Vélez

La mentira ha sido una constante en nuestra vida, ya sea porque hayas mentido o hayas sido la víctima del engaño. Hoy en día, vivimos en una sociedad basada en mentiras tan estructuradas y habituales que no somos conscientes de cuándo y porqué mentimos.

  

El pecado original del hombre, según la Biblia, parece ser la soberbia; la estimación excesiva de sí mismo que tiene el ser humano. Es la tentación humana de ser como Dios la que nos arrastra a morder la manzana del árbol prohibido. El pecado tendrá su castigo divino, del mismo modo que Dios castigará la soberbia del hombre cuando quiere escalar al cielo a través de la Torre de Babel. Sin embargo, la soberbia del hombre, en el pecado original, está instrumentada por una mentira: La mentira de la serpiente. ¿Acaso no será este el verdadero pecado original de la humanidad? 

La realidad cotidiana plantea un escenario donde mentir es ley de vida.  Si bien es un arte difícil, mentimos todo el tiempo, incluso pese al hecho que supone un esfuerzo mental mucho mayor que decir la verdad. Y lo peor es que nuestra fuerza no se concentra en hacer eficaz la mentira, sino en hacerla impermeable a la verdad. Aquellos que buscan la verdad son los más vulnerables a quedar atrapados en las mieles del engaño o las ilusiones. Un ejemplo de esto es el protagonista de “El Quijote”; personaje que se encadena tanto en la búsqueda de valores reales y eternos, que se sumerge en la irrealidad y la locura. 

La supervivencia social requiere más que nunca de la Mentira, con mayúsculas, porque casi consiste en inventarse una verdad; porque la verdad clásica sobre la que se sustentaba la imagen ya no está referida en los contenidos pictóricos; la verdad ahora se reduce a la estructura física (el lienzo, los pigmentos, el cuerpo biológico y las necesidades básicas).  

Toda mentira implica dos cosas del mentiroso: que sea consciente y tenga la intención de hacer daño, pero si en algo coinciden el mago y el falsario es en anhelar la credibilidad de su audiencia. Para ello dan a su engaño, apariencia de verdad y construyen ilusiones en los otros. Pero, a hoy, el objetivo elemental de mentir ha evolucionado; ya no se basa en el aprovechamiento de simular o disimular la verdad para robarle algo a otro, sino en poseer una verdad para que uno mismo pueda poseer algo. El autoengaño es la falacia delirante característica de sobrevivir en nuestros días; es la búsqueda de una identidad consistente, que trascienda la articulación de cada cual en el mundo. El autoengaño opera a través de un distanciamiento de la realidad y de la identidad personal para así escapar o evadirse de un funcionamiento irregular del entorno, buscando evadir, irresponsablemente, la implicación que cada cual tiene al participar en la obra. 

Si, participar en la obra porque cada uno tiene un papel quiera o no. Un papel adaptado para el que no quiere interpretarlo que, paradójicamente, le obliga a interpretar como partícipe. El personaje no se diseña para engañar, se diseña sobre todo para no ser descubierto. Cierto es, que si bien la careta se lleva dignamente, en todo momento está el “actor” en riesgo de desnudar la cara y enseñar las vergüenzas de su verdadero rostro. 

 

Por eso preferimos seguir en este baile de máscaras lleno de mentiras y tergiversaciones de la realidad, en donde cada uno se aferra a su máscara intentando conseguir sus propósitos, fingiendo o aparentando ser personas éticas y honestas. 

Relaciono esta información con los tiempos que se avecinan, en donde a los políticos debemos juzgarlos, valorarlos o ignorarlos por sus logros en beneficio del bien común o por la ausencia de los mismos; jamás por lo que prometan, algo que siempre han hecho, casi tanto como mentir e incumplir. 

El elogio a la mentira está justificado sobre la base del realismo. Funciona y es necesaria. Así como ya Platón justifica, en “La República”, el engaño al pueblo por su propio bien, lo mismo Maquiavelo, que recomienda a su Príncipe una serie de artimañas para el buen gobierno. No se trata de mentir para engordar al gobernante, se trata de comprender la necesidad imprescindible de dominar este arte ante la realidad cambiante y las versatilidades del vulgo. 

La valoración de cada candidato resulta más adecuada a partir de su pasado, de su trayectoria de vida, así no haya transcurrido en la arena política. Para empezar, lo que vale es preguntarse si estamos ante un hombre o una mujer de acción, no frente a un hablador ni, mucho menos, un farsante. Un mentiroso