CULTURALES

2019-II

La cultura como mercancía

ALERTA NARANJA EN LA CULTURA

A pesar de ser una de sus principales propuestas de campaña, el gobierno Duque no ha logrado convencer al sector cultural de los propósitos de la economía naranja. Por el contrario, surgen a la luz muchas preocupaciones. 

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Por: Alejandro Moreno

En medio de las muchas incertidumbres de nuestra política actual, una cosa es cierta: el presidente Iván Duque nunca está donde debería estar. Así, los asistentes a la inauguración del Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias—Ficci—no debieron sorprenderse cuando en lugar de contar con la presencia de Duque, quien apareció en el auditorio fue Marta Lucía Ramírez, que entre el abucheo apenas pudo decir que estaba muy contenta de inaugurar una nueva versión del «Festival de Cine de Colombia».

 

Tras la intervención de Ramírez siguió el discurso de Rubén Mendoza, director de Niña errante, la película que abriría el Festival. Sus palabras dejaron en claro el sentimiento de gran parte del gremio artístico: el escepticismo general frente a las políticas culturales del nuevo gobierno, que tuvo como uno de sus pilares de campaña la economía naranja, una estrategia para encontrar en las industrias creativas una fuente de empleo y de generación de riqueza. El sector al que se dirige abarca desde editoriales hasta empresas de software, y desde ecoturismo hasta videojuegos. De manera fácil, pero peligrosa, la categoría de economía naranja parece confundir la cultura con la industria del entretenimiento. No en vano cuando se habla de ella se incluye a sectores sólidos como la televisión y la radio, y sectores mucho menos desarrollados y vulnerables a las leyes de la oferta y la demanda, como el cine o las compañías de danza.

 

A pesar de la importancia que parecería tener para el gobierno, más de seis meses después de la toma de posesión pocos están en capacidad de explicar con propiedad esta política. Por el contrario, cada día pareciera perder autoridad para referirse al tema, cuando omite su asistencia a uno de los eventos culturales más importantes del año, o cuando en una de sus primeras propuestas de gobierno—la ley de financiamiento— se pretendió en principio gravar libros, periódicos y revistas.

 

El principal riesgo de esta aproximación a la cultura surge de hacer de ella una mercancía. El sector cultural—si así se le puede llamar—ha sido históricamente desatendido por su poco interés comercial, por su bajísima rentabilidad. Si bien la política de economía naranja busca inyectar recursos en la generación de nuevas expresiones artísticas, de «emprendimientos creativos», el sentido último es el de insertar la cultura en la lógica de mercado, algo que dadas las características propias del sector podría terminar siendo perjudicial.

 

Y es que parece que el gobierno ignora el rol la de cultura dentro de una sociedad. Su importancia no está en cuánto se pueda monetizar en sus cadenas productivas, ni en cuántos empleos generen, ni en cuánto se pueda recaudar de sus actividades. El rol de la cultura es el de enriquecer la mirada, el de proyectar la diversidad, el de salvarnos por un momento de la realidad. Pero sobre todo, es el rol que cada quien le pueda y le quiera asignar, y que pocas, muy pocas veces está relacionado con los intereses mercantilistas con los que ahora se le aproxima el gobierno.

 

Que la cultura entre en la lógica de mercado podría tener efectos tan nocivos como la homogeneización. Gran parte de los incentivos y reconocimientos se ofrecen en proporción a la rentabilidad de los productos culturales. Merece entonces la pena preguntarse por aquellas muestras artísticas o expresiones culturales que jamás van a ser comerciales porque no pretenden llegar a un público masivo, sino que existen en virtud de una experimentación, de una mirada particular de la vida, o de una exploración de la forma. ¿Tiene que migrarse a temas que resulten comercialmente atractivos? ¿Cuál es la importancia del arte de pocos destinatarios? 

 

En un libro que Iván Duque publicó en coautoría con Felipe Buitrago—hoy consejero presidencial para asuntos económicos—se explican las razones por las que el naranja es el color con el que se identifican las industrias creativas. Entre los motivos hay razones de toda clase: el color de las cerámicas mesoamericanas, el color del «fuego creativo», y el color de las túnicas budistas. También—dicen los autores— el pigmento con el que se decoraban las tumbas de los faraones egipcios era un naranja producido por el rejalgar. La sustancia, recuerdan, es en realidad sulfuro de arsénico, un mineral altamente tóxico. Solo esperamos que esa imagen no se convierta en un presagio.