QUERELLANDO

Inspirado en la obra de Roger Pol-Droit 

DESPUÉS DEL DESPUÉS

Sobre la fragilidad de la vida, la tempestividad del tiempo y la condena a lo desconocido 

Por: Orlando Buelvas Dajud

Si por condena o casualidad, mi tiempo en vida se acortara con limite de una hora, ¿qué haría?

 

El hombre no puede condicionar su vida sugestionando su comportamiento por pensamientos vanos. No se necesita tener el cielo como incentivo ni el infierno como amenaza para ser quién se es. Si solo quedarán 60 minutos de existencia, tal vez ese pensamiento tomaría protagonismo, enfocar la mirada en el después de la vida como una incógnita irresuelta que nunca tendrá respuesta. Idear el escenario que está después del después, crear ideas que abonen paz al transitar humano. Todo en vano, todo para olvidar la realidad ineludible.

 

Entonces, la vida se enfoca hacía la nada y la muerte tiene como legado la vida. En un danzar de incoherencias que bailan la música del destino alejado de un sentido, abandonado en la realidad prófuga de ideales, mancillada por los miedos y llena de dudas sin respuestas. 

Si lo que quedase fuese una hora de vida, no habría por qué comunicárselo a nadie. Llevar a otros a vivir un luto prematuro es un absurdo. Es una lucha contra lo ineluctable que debe ser propia. Se debe combatir, sin añoranzas porque ya no hay futuro; los planes y nostalgias ahora se resumen a 60 minutos; sin obligaciones porque al contemplar el fin de una vida ya no hay ataduras igual ya conocemos el final; ya no importan las pasiones, son parte del pasado; ya no importan los sueños; todas las preocupaciones mundanas pasan al plano del ridículo; los días que se añoraban ahora son solo una ilusión. 

Tal vez, solo bajo este estado de fragilidad entenderemos que la vida se define en la felicidad y que la felicidad no es un estado continuo. Más bien, es un paradigma alejado del ideal occidental repleto de altos y bajos donde se necesita un propósito para no sucumbir al cansancio impuesto por una sociedad que no entiende de parar o reflexionar. Pero nada de eso importa, solo quedan 60 minutos o menos para enfrentar al destino. 

Somos la unidad del todo. Dentro de la multiplicidad que compone la vida, una casualidad condicionada por el tiempo y sus propios azares, crecida en pensamientos incontenibles, lleno de momentos impredecibles, aunado a infortunios conjuntos a la belleza y el odio, entre inviernos de paz y otoños de guerra. Seres tan simples que deben aprender a desaprender por cada descubrimiento, abandonados cada uno a su suerte en las noches y sonrientes nuevamente los días para crear la ilusión que cada uno dice ser, viviendo todos sus infiernos y sus cielos para luego ser parte del olvido. Como una demencia permanente es el irresistible andar de la vida. Donde nada importa, pero nuestra arrogancia nos ha hecho pensarnos como los protagonistas de un universo donde no somos más que observadores de turno. Pero nada de eso importa, porque ya solo faltan unos minutos. 

Seguramente, añorar el pasado sea el recurrente estado de quienes están por partir. Es tarde para soñar en absoluto, temprano para dejar una historia, pero justo a tiempo para reconocerse. Empieza la vida a ser un momento, un instante dentro de otro. Como la lluvia que cae sobre charcos y llena vacíos, llega la muerte para dar paso a la vida.

 

Minutos y segundos, allegan al desahuciado las respuestas que no comprendía en vida, se aleja de toda vanidad para comprender lo incomprensible y acercarse a lo lejano, se hace simple lo complejo y sobran respuestas a las preguntas más recurrentes. Se llena de simplicidad la vida.

 

Sin esperar nada más que el vacío absoluto en la muerte, en esos minutos, no quedaría más que esperar a ser parte de lo inevitable, enfrentar el destino sin más augurio que cerrar el ciclo que nunca inicio. Entonces, deja de ser la vida una competencia entre iguales y se convierte en el tiempo que se debía ser feliz. La gloria se hace banalidad y la simpleza se convierte en añoranza. 

Entonces, al fin en esa hora, no esperaría más que a hacer parte del ciclo de la naturaleza. Seguir el camino que ha marcado incomprensible destino.