OPINIÓN

¿Y el voto qué?

Por: Nicolás Gomez

El 29 de mayo de este año nos convoca a todos los ciudadanos de la República una cita que definirán los próximos cuatro años de nuestro país; y ante uno de los escenarios políticos más convulsionados de las últimas décadas, solo nos queda pensar: “oiga, ¿y el voto qué?”

 

Amado por muchos, e indiferente para otros, el voto es y ha sido una de las herramientas más poderosas de nuestra joven democracia. Hoy en día la concepción del voto se ha convertido en uno de los temas más controvertidos en nuestro país, posicionándonos como una de las naciones latinoamericanas con mayor índice de abstencionismo electoral. Y es que verdaderamente, si analizamos los antecedes de este fenómeno, no es de extrañar los motivos por los que nosotros los colombianos preferimos no votar. Para la gran mayoría, el voto ha perdido significado, hemos perdido la fe en las instituciones del poder público, y de igual forma, nos hemos estancado en la creencia de que sin importar por quien votemos, ya sea de izquierda o derecha, nada cambiara después de depositar aquel papelillo doblado en las urnas.

 

La cultura ciudadana que se ha creado al rededor del voto es ciertamente preocupante: hemos generado y transmitido a las jóvenes generaciones una imagen poco alentadora, casi monótona, y estática de lo que verdaderamente es la democracia. No es de sorprender que cada cuatro años menos personas hagan uso de su derecho al voto; podríamos decir que hoy en día, y para nuestra desgracia, es algo casi que entendible.

 

Sin lugar a duda este es un escenario poco alentador, la opinión popular frete al voto se ha degradado significativamente con el paso de las elecciones nacionales, generando un panorama político que cada cuaternio se nubla ante una población resiliente que hace mucho ha dejado de creer en su gobierno. Aun y a pesar de todo, el debate se extiende no solamente al voto, sino propiamente al sistema electoral colombiano: un sistema arcaico y poco eficiente que no ha sabido integrarse a la modernidad de manera dinámica, haciendo de los procesos electorales, un sistema eficiente y transparente en todos sus aspectos.

 

El eterno dilema de “¿votar, o no votar?” ha presentado dos extremos de un mismo punto. Por un lado, están aquellos que consideran que el voto debería ser una acción de carácter obligatoria, y que, de igual forma, debería estar sujeta a sanciones penales en caso incumplimiento. Al fin y al cabo, y como estipula nuestra carta magna, el voto es un deber, y es nuestra obligación hacer uso de él. Por el otro, encontramos a quienes defienden que, ante todo: el voto es una decisión voluntaria y personal, nadie debe ser obligado a votar. Son dos perspectivas que rescatan pros y contras considerables y que en el ámbito teórico son complementarias, y que puestos en práctica permitirán expandir el panorama electoral nacional y, asimismo, un diagnóstico hacia un plan de acción para adquirir verdadera conciencia del poder que, como ciudadanos colombianos, tenemos en representar y ser representados en un gobierno del pueblo, por el pueblo, y para el pueblo.

 

No pretendo, con estas palabras, dar una concepción errada frente al voto nacional, ni mucho menos, a lo que para muchos se considera el fundamento de la democracia en Colombia. Claro, existen falencias en el sistema. Claro, como Nación y como ciudadanía aun nos quedan muchos obstáculos que sobrepasar para alcanzar el país que tanto anhelamos. Pero si como Nación logramos adquirir plena conciencia del inmenso poder que pronto volverá a recaer en nuestras manos, si logramos actuar con pensamiento crítico y preservamos nuestra firme creencia de que podremos salir adelante, habremos dado el primer paso hacia un mejor país, y hacia un mejor futuro. Todo esto, con tan solo marcar una equis en un papel.

 

Entonces, ¿está usted listo para votar?