OPINIÓN

Los mitos políticos colombianos 

Por: Nicolás Montenegro  

Alguna vez escuché cómo alguien sostenía en una conversación sobre cómo en la sociedad actual los símbolos no tenían cabida. Sin embargo, esa persona parecía pasar por alto que su collar de cuarzo y su tatuaje del árbol de la vida eran visibles. Una observación no muy profunda de cualquier sociedad, en cualquier lugar, y en cualquier momento de la historia, le demostrará al observador que los símbolos y los mitos son una variable constante. Mientras nosotros existamos ellos van a estar ahí, porque son la traducción de las imágenes de realidad que facilitan nuestra comprensión del mundo. 

 

El derecho y la política tampoco son la excepción, y la actualidad nacional es un buen ejemplo. El presidente Duque entrega el poder y presenta su último libro: “Es con hechos”; uno de cuatro libros publicados durante su mandato, lo cual ha llamado la atención por su improbabilidad. No obstante, es más interesante si se mira desde su intención verdadera: posicionarlo como un presidente intelectual, algo que es conocido para el electorado colombiano y que hasta hace unas décadas era el común denominador. 

 

Por otro lado, su sucesor se ha encaminado por la misma línea, pero de una manera mucho más ambiciosa. Petro no solo intenta colarse en una categoría simbólica que ha cobijado a tantos antes de él. Por el contrario, busca que la celebración de su victoria no solo sea la consolidación de su proyecto político, sino que cree un aura de misticismo en la que él y sus votantes participen de una conversación alrededor de un solo tema: el significado de ser colombiano (o al menos uno de ellos). 

 

Testimonio de esto brindan los símbolos cuidadosamente escogidos por el presidente para su posesión: la espada de Bolívar; que apela a nuestra historia fundacional, a nuestro origen revolucionario y a un anhelo popular de justicia representada por la misma arma que pasó por las manos del libertador. La cual, que fue robada (o recuperada) por el M-19, regresada como símbolo de paz, escondida y ahora exhibida orgullosamente -aunque tal vez, debió quedarse en la biblioteca de De Greiff, quién fue probablemente el único en entenderla-. Y su “posesión ancestral” en la Sierra Nevada. Así, se evidencia que indígenas, negros, blancos, mestizos y todos los demás pueden tener diferentes ritos, pero todos nos relacionamos de la misma manera con lo que está más arriba, con temor y admiración. Ante la celebración de un rito, en el cual los objetos representan valores que consideramos nuestros, y se ponen al servicio de un gran mito, logrando que el tiempo adquiera propiedades cíclicas, narrando un cuento sagrado. 

 

Empero, el problema de Duque no es solo que no tenga una producción intelectual honesta, poco importaría si la tuviera. Su problema es no haber nacido cien años antes, y su error es no entender que los símbolos no son asesinados con el olvido, sino con la banalidad.  El problema de Petro es no ser Chávez, o mejor, no ser Uribe, pues fueron ellos quienes supieron configurar la retórica para mitificar su imagen, y crear un nuevo paradigma en la comunidad política. 

 

En vez de cometer el error - que puede cometer Petro - de usar su imagen en favor de un mito mayor que le brinda legitimidad, es usar el gran mito patrio al que los ciudadanos concurren cada cierto tiempo. No es cierto que no se tenga fe ni religiosidad. Lo que pasa es que esta ya no está puesta en los hombros de una persona, ni en una deidad del antiguo régimen, ni tampoco en raíces ancestrales de las minorías. Sino, en aquello a lo que se le ha profesado fe por 200 años: las leyes y el estado; esos son nuestros mitos, nuestros dioses.