OPINIÓN

Vendedores ambulantes cada día menos ambulantes

Por: José Javier Osorio

Para nadie es un secreto que, si las empresas no innovan y no acompasan sus prácticas a las de la sociedad, se rezagan y fracasan. Esto aplica tanto para las grandes industrias como para algo tan “pequeño” como un restaurante o una tienda de barrio; sin embargo, esto no se queda ahí.

 

Ferney tiene 37 años y es un vendedor “ambulante” o informal – como se le conoce popularmente – pero en su trabajo no hay nada de ambulante. Estaciona su carro de dulces – por las dimensiones no podemos decirle “carrito”: tiene 146 centímetros de largo por 82 de ancho – a la entrada de Ciencias Básicas – que tampoco tienen nada de “básicas” – y es testigo diario de los cientos de personas que pasan como estudiantes, profesores, personas del común que como él, salen a diario a hacer su vida. Él no es la única persona que vende afuera de la universidad sobre la séptima, hay también más de diez carros que incluso son iguales (hasta del mismo color). Sin embargo, lo que me llama la atención de Ferney es que tiene un aviso grande donde plasma que recibe pagos por plataformas digitales como “Bancolombia a la mano”, “Nequi” y “Daviplata”.

 

En lo personal, yo nunca había visto algo así y me acerqué a preguntar: me contó que la primera la tiene hace unos cuatro años y las dos últimas hace relativamente poco. Me dijo también, entre risas, que cuando salió por primera vez el pago mediante código QR y él ya lo tenía en su carro como una novedad, había un muchacho que por gomoso pasaba y le compraba un cigarrillo o un chicle solamente para usar el QR. La razón de él tenerlo es porque quiere ser atento con los clientes, porque es una facilidad muy grande y porque, además, allí recibe pagos por su empresa de confección de buzos (denotando así su pujanza y ganas de salir de adelante).

 

Me atrevo a decir y sostener que personas como Ferney, tal vez unas más modernizadas que otras, se van apoderando de la ciudad y no lo digo en forma negativa: son personas que con su presencia les dan calor humano y vida a las calles, son personas con quienes se puede conversar, reír y aprender, son personas que van reclamando suyo un espacio que es de todos y en el que todos cabemos. Son personas que, como muchas otras, salen a diario a buscar su sustento y empiezan a establecerse como vendedores, así sin el apellido de “ambulantes”, pues a pesar de que los carros de dulces tienen ruedas, cuando estos se estacionan para vender no vuelven a moverse: Ferney lleva estacionándose por veintitrés años en el mismo lugar.

 

Es gracias a estos vendedores que la calle es también espacio de compartir no solo con los otros transeúntes. Yo soy de Manizales, una ciudad caracterizada por la calidez y amabilidad de sus personas, y desde que llegué a Bogotá no había tenido una conversación tan amable y atenta con un desconocido como la que me brindó Ferney.

 

Qué bueno sería que la sociedad valorara y respetara más a estas personas, no necesariamente tiene que ser comprándoles cosas, es suficiente con un saludo; y no solo con ellos sino con las personas que a diario nos sirven como lo son, por ejemplo, los celadores. Son personas paradas todo el día velando por nuestra seguridad y no ser capaces de “pagarles” con un simple saludo o un agradecimiento por su labor, máxime si estamos estudiando bajo los principios del servicio y de una formación humana sin igual, pues buenas universidades hay por montón, pero el diferencial de la Javeriana es precisamente eso: su humanidad.