EN EL HUECO

"Un periodista es, en resumidas cuentas, un historiador sobre la marcha cuya principal preocupación ha de ser la verdad" – Albert Camus.

Una buena despedida

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Por: Martin Jaramillo Ortega 

Quise escribir este artículo, mi último artículo para Foro Javeriano, buscando resaltar los valores más importantes que puede llegar a tener un periódico universitario. Sin embargo, y buscando contar esto de una manera distinta a la aburrida y lacónica enunciación de valores y cualidades, traté de ejemplificar cada una de estas aptitudes con lo que puede llegar a representar un periodista o un pensamiento en concreto. Me atrevería incluso a afirmar que son los mandamientos del buen periodismo, las Tablas de la Ley que han traído varios eruditos en la materia y que quizás sea el periodismo universitario quien mejor represente estos mandatos divinos. 

 

Las primeras ordenanzas son dadas por uno de los linajes más representativos que ha dado el periodismo nacional: Los Caballeros. Lucas, conocido también como Klim, su hermano mayor, Eduardo, quien firmaba bajo el remoquete de Swann, y Antonio, hijo docto del segundo, fueron algunas de las plumas más críticas que han tenido los medios tradicionales del país. Los tres, tío, padre e hijo, escribieron por primera vez, en el periódico estudiantil de uno de los colegios más tradicionales de Bogotá. De hecho, fue el mismo Eduardo quien, en el año 1927, fundó lo que entonces era casi que un pasquín escolar; allí hicieron sus primeros pinos en las letras -frase no menor dada la vegetación del colegio en cuestión-. Su gran legado estuvo en demostrar que es posible hacer periodismo independiente -con humor fino y pullas incómodas- tanto en los medios tradicionales como perteneciendo a la clase social que ellos mismos fiscalizaban y vigilaban en busca de la verdad. Además, lo acompañaban del verdadero liberalismo que les inculcó dicho colegio: auténticos defensores de principios y libertades, hombres de un espíritu libre. A lo mejor sea Eduardo Arias, en un homenaje al mismo Antonio Caballero, quien mejor define esta expresión del buen escribir: “El humor de (Antonio) Caballero no era racista, clasista ni parroquial. Por el contrario. Sus dardos iban dirigidos a la clase dirigente, que por lo general era de su clase social”.

 

Otro de los lineamientos sagrados lo trae Ryszard Kapuscinsky, uno de los padres modernos de la crónica y el periodismo investigativo y de inmersión. El polaco, quien ha defendido la importancia del periodismo estudiantil, ha dejado tres consejos para llevar a cabo este oficio: el primero, la disposición de aceptar el sacrificio de una parte de sí mismo dado que es una profesión que no duerme y con la que se convive las veinticuatro horas del día. El segundo, es una constante profundización de nuestros conocimientos -de esto nuestra Universidad también se ha hecho cargo de buena manera-. Y, en tercer lugar, Kapuscinsky habla del periodismo como una profesión que no puede ser considerada como un medio para hacerse rico, algo que el periodismo universitario tiene más que claro. 

 

Por último, es casi que imposible hablar de la prensa estudiantil sin hablar de la juventud y su irreverencia. García Márquez, quien fuera un periodista joven que se graduó de grande, dijo hace más de cuarenta años una frase que le sigue marcando tarjeta a la vigencia:

 “Los muchachos jóvenes que empiezan y a los cuales se les quiere enseñar los nombran reporteros, y después, a medida que van progresando, que van haciendo méritos, los ascienden a la sección de editoriales y los llevan hasta directores. Creo que la carrera es completamente al revés porque la expresión máxima, el máximo nivel del periodismo, es el reportaje.”

 

La juventud de la que hablaba Gabo -quien supo escribir con la misma coherencia con la que nadan los salmones- siempre estará ligada a la sed de aprendizaje, la búsqueda de la verdad y la defensa de la justicia. Además, el inventor de Macondo nunca dejó de ser joven: la juventud está también atada a nunca dejar de cuestionarse, a aprender y a ver la vida con los cálidos ojos del humor. Sea el momento también, hablando de la jovialidad, la irreverencia y las ocurrencias del cataquero, de citar una de sus últimas frases sobre lo que él mismo definía como el mejor oficio del mundo: “Como los periodistas sufríamos tanto, teníamos que emborracharnos todos los días”.

 

Para concluir, soy fiel creyente de que las personas pasan y las instituciones quedan y mi paso por Foro Javeriano no es la excepción. Aprendí los buenos hábitos de la escritura; la importancia de cuestionarse, de no tragar entero y de aprender a cada minuto; entendí también la necesidad de defender los principios y libertades, la ilusión de creer en el periodismo fidedigno e independiente y, por último, aprendí que, en parte, el secreto de la vida está en nunca dejar de ser joven. Para estos menesteres, irse del periódico y nuestra Universidad es morir un poco, pero dejar de vivir dichos mandamientos sería morir del todo.