OPINIÓN

¿De qué carajos estamos hablando?

Por: Eduardo José Aldana

¿Alguna vez se ha encontrado en un grupo social donde todos tienen la misma profesión y utilizan una serie de tecnicismos que sólo ellos entienden? Si le ha pasado, entenderá de primera mano lo incómodo que puede llegar a ser. Si no le ha pasado, la invitación del día de hoy será a expandir su círculo con perfiles diferentes al suyo y estar preparado para conversaciones entretenidas en las que de pronto no entenderá nada, pero no le afectará directamente. La historia es distinta si se trata de un grupo de abogados o estudiantes de derecho.

Es bien sabido que, desde la academia, los abogados somos formados con un amplio vocabulario y bases sólidas para hacer un excelente uso del idioma. Sin embargo, nunca nos hemos detenido a pensar qué tan entendible es dicho léxico para las personas con las que trabajamos, a quienes defendemos y por las cuales somos - o seremos - abogados.

No hay cosa más chistosa que ver las caras de confusión de la gente cuando un grupo de estudiantes derecho está hablando sobre algún tema. Si bien la cosa puede ser divertida desde este lado, lo cierto es que no lo debería ser. Muchos temas que se tratan en estos grupos de alguna manera van a afectar el diario vivir de estas personas. Por eso, el derecho debería ser mucho más accesible, desmenuzado y, de alguna manera, más digerible para las todas las personas. Usar palabras confusas y difíciles de entender, que en muchos casos ni nosotros mismos dominamos, lo único que genera es una barrera que distancia cada vez más dos mundos que están estrechamente relacionados.

Para dejar estas ínfulas de superioridad tenemos que replantear muchas cosas. Es cierto que gran parte de nuestro estudio es leer e interpretar, tanto textos como su contexto, pero los abogados y estudiantes de derecho tenemos el rumbo perdido si pensamos que el común denominador de la gente va a entender los latinajos o esas palabras rebuscadas que nos encanta usar. Se debería replantear el usar palabras “sofisticadas” que lo único que hacen es deshumanizar el derecho y debería ser prioridad volverlo más real y más humano. Nos enfrentamos al reto de desmontar esta vaina porque al final de cuentas nuestro futuro trabajo es en función de otras personas, personas que confían ciegamente en nosotros, aunque no entiendan ni media palabra de los que les estamos diciendo.