ESPECIAL

La República "emocrática"

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Por: Mariana Zapata (Directora de la Revista “Universitas Estudiantes” de la Pontificia Universidad Javeriana)

En Colombia ya no existe la democracia (si es que alguna vez ha existido). En un país que se ha encomendado al Sagrado Corazón a lo largo de sus años, los candidatos presidenciales son santos y los electores, sus fieles devotos. No me atrevería a atribuirle a Niall Ferguson, profesor británico, la brillante invención del término “emocracia”, pero sí fue él quien lo definió como: el contexto en el cual “las emociones son quienes gobiernan y donde los sentimientos sobrepasan la razón”. El ejemplo del término lo pongo yo: Colombia. 

Mauricio García Villegas, destacado autor colombiano, lo anticipó en su libro “El País de las emociones tristes”: “Una vez se es miembro del grupo, las emociones de origen, las que despierta el ideario, la ideología, son opacadas por una emoción más fuerte, más abarcadora, que es la membresía misma: la emoción tribal”. En Colombia no existe el error de un candidato presidencial. Para sus seguidores todo es justificable, entendible, incuestionable. El primer mandamiento de la Biblia es el dogma de la época electoral “Amarás a tu Dios sobre todas las cosas”, solo que acá el Dios no hace aún milagros… los promete. 

Cada grupo de seguidores maneja un lenguaje propio que se sale del lenguaje común y de lo explícito. “No se refería a eso, lo que el candidato quería decir, realmente es que…”. Todo cuestionamiento es una trampa y toda afrenta de un grupo de seguidores a otro, una guerra santa. ¿El resultado? Líderes que se aprovechan de sus fieles para establecerse en el poder. 

A ningún troyano se le ocurrió que un regalo de tanto esplendor y trabajo contuviera en su interior una trampa cargada de soldados con la intención de tomarse Troya. A ningún fiel seguidor de un candidato se le ocurre que a quien defiende, puede tener intenciones distintas de las que profesa. Pero, como nada es cuestionable, discutible, analizable, nunca se podrá averiguar.  

En Hungría, Viktor Orbán llegó en forma de regalo como ocurrió en Troya. Ganó las elecciones en el 2010 con una impresionante suma de votos que ascendió a más del cincuenta por ciento. Desde ese entonces es Primer Ministro porque desde ese entonces no ha existido opción de elegir a alguien más. ¿Sus propuestas? Reducción de impuestos, combatir el desempleo, acabar con la fuerte crisis económica. Todas apuntando al nacionalismo, por supuesto. ¿Sus medidas una vez en el poder? Infinitas reformas constitucionales que significaron el fin del derecho a la huelga, el control a todos los medios de comunicación, la prohibición de la libertad de cátedra y el rechazo y expulsión de comunidades migrantes y refugiados. Un regalo muy costoso para la democracia húngara. 

¿Podría pasar algo así en Colombia? Talvez sí o tal vez no. Estamos jugando con el azar porque ¿averiguarlo antes? Una ofensa, blasfemia. Esperar que el santo que sea elegido, sí salga santo y que las emociones que nos gobiernan no nos cuesten un país entero. Lo ideal sería tener la capacidad de cuestionar nuestras propias verdades e ídolos, pero, como país devoto a sus candidatos e incapaz de aceptar que los errores también existen en nuestros héroes, estamos lejos.

Los seres humanos nos empeñamos menos en buscar la verdad que no conocemos, que en respaldar las verdades que ya adoptamos” - García, M. El país de las emociones tristes