PERFIL

“La fórmula del éxito se compone de dos pilares: entender que la vida se encarga de ponerlo a uno en el lugar que corresponde y buscar la felicidad”

CARLOS IVÁN CASTRO 

Foro Javeriano tuvo la oportunidad de tomar un café con Carlos Iván Castro Sabbagh,  quien hizo un repaso de lo que ha sido su vida, a través del relato de sus experiencias como persona, como estudiante, como profesional y, quién lo diría, como `todero´.

Por: Juan Pablo Prieto

Al preguntarle quién es Carlos Iván Castro Sabbagh, sonríe y comenta que desde sus apellidos se puede recoger una mezcla de varios elementos que han marcado su vida. Con ascendencia siria, papá cachaco, mamá barranquillera, nacido en Bogotá, criado en Barranquilla, de formación jesuita y del Opus Dei, así comienza este recorrido por la vida del doctor Castro.  

 

Dada la prematura muerte de su padre, cuando él tenía apenas tres años se muda a Barranquilla, donde vivió toda su infancia y adolescencia. Sostiene que crecer allá cambia la perspectiva de ver la vida, desde un ambiente caribeño en torno a los juegos con amigos en la calle. Desde siempre fue buen estudiante, pero no por ello complaciente con las decisiones que no compartía. Siempre ha creído en la manifestación de inconformidad desde una postura crítica, a tal punto de participar en varias huelgas en su colegio, cuando una justa causa lo ameritaba.  

 

Desde niño supo que iba a estudiar derecho en la Javeriana: para él no había otra opción. Al terminar bachillerato, vino a la capital a hacer su proceso de admisión universitaria. Cuenta con gracia que cuando tuvo su entrevista con el padre Luis Fernando Álvarez S.J y con Juan Carlos Esguerra, al despedirse les dijo muy genuinamente “nos vemos”, como si ya fuera a empezar clases el lunes siguiente, derivando en una mirada confusa entre ambos decanos, quienes claramente aún no decidían sobre su admisión, pero para él la decisión ya había sido tomada años atrás. 

 

Tiene gratos recuerdos de su promoción, pues eran muy unidos y no había “grupitos”. Según él, la dinámica de ver las clases en un mismo salón, todos los días, fue clave para forjar las buenas amistades que hoy se mantienen vigentes. Este buen ambiente se trasladaba a lo que eran las fiestas, a las que no faltaba nadie. De igual forma, estaban las famosas serenatas en las casas de los profesores; serenatas que, en principio, se planeaban para 20 minutos, pero que terminaban siendo fiestas hasta la madrugada - con el patrocinio de los anfitriones, claro está. 

 

Desde el colegio, sin si quiera saberlo, era afín al derecho público, lo cual pudo ratificar en la universidad. A pesar de su gusto decantado, afirma que lo público y lo privado tienen vasos comunicantes, y que el estudiante de derecho debe hacer un ejercicio trasversal; en efecto, cuenta con orgullo sus buenas experiencias en materias como Obligaciones, con Carlos Darío Barrera, y en Personas con Hernando Gutiérrez. De igual forma, cuenta que, a sus 22 años, recién graduado, fue profesor de derecho público en la Facultad de Ciencias Políticas de la Javeriana.  

 

Irónicamente, desde tercer año de la carrera trabajó en una firma de comercial y corporativo, y ya con título en mano, su primera experiencia fue en una empresa en temas de derecho privado. Dicha etapa fue una dualidad, pues paralelamente se dedicaba a sus clases de derecho público, como profesor y también ejercía la profesión en el sector privado. Pudo confirmar su teoría: todo el conocimiento sirve y no se sabe en qué momento resultará útil. 

 

Después de cuatro años en dicha empresa, Castro Sabbagh decide cortar su relación con el derecho privado y aplicó a una maestría en la Universidad de Heidelberg en Alemania. Al hacer los trámites de aplicación, se encontró en el Giraldo con su ex profesor, Jorge Enrique Ibáñez, quien le dijo, a modo de broma, que solo valía la pena irse al país europeo, mínimo 10 años. Recuerda esa anécdota con mucho cariño, pues tal comentario terminó siendo profético para lo que le iba a deparar el destino.  

 

¿Por qué Alemania? Se preguntarán muchos. En aquella época, Castro Sabbagh vivía solo y era independiente económicamente, por tanto, las finanzas eran un criterio determinante a la hora de elegir. Alemania era una idea “muy lejana”, no solo por la distancia, sino por el idioma y la cultura. Sin embargo, Heidelberg ofrecía la mejor educación a costo cero, además, el “boom” del constitucionalismo colombiano de la época lo motivó a aplicar a la maestría. Vendió todo lo que tenía y un buen día empacó su vida en dos maletas y partió rumbo al viejo continente.  

 

Tras mucho estudio y dedicación, fue admitido. Relata de forma apasionada lo que fue su experiencia en “la mejor facultad de derecho del mundo”. Antes de iniciar la maestría, tuvo el lujo de estudiar un año en el Instituto de Ciencias Políticas de dicha universidad. Posteriormente, se dio el gusto de escoger sus materias dentro de un interminable catálogo de opciones, optando por los cursos de derecho internacional público, teoría del estado, teoría de la constitución, DIDH, DIH, y en derecho penal internacional. Con materias terminadas, emprendió su proyecto de tesis sobre la constitucionalización del derecho europeo, bajo la tutela del fallecido profesor Görg Haverkate y obtuvo el título.  

 

Teniendo en cuenta los gastos que debía asumir, su vida no se podía limitar exclusivamente a los asuntos académicos, fue entonces que inició una inolvidable etapa como trabajador. “Cualquier cosa que usted se imagine, yo la he hecho”, comenta entre risas. En sus palabras, es una de las experiencias más ricas que una persona puede tener, al margen de los títulos y del reconocimiento profesional, pues de ahí quedan los recuerdos.  

 

En su segundo mes de vida en Alemania, aceptó una oferta para trabajar en un restaurante, sin saber mayor detalle. Al presentarse en el restaurante, con estrella Michelin, la encargada le dio unos guantes, un trapero, unos líquidos, y le indicó dónde quedaban los baños; fue así como inició su amplio portafolio de servicios en el extranjero, lavando inodoros. Fuera de la industria gastronómica, incursionó en el sector de la construcción, donde pudo conocer toda la región con su compañero de trabajo francés.  

 

Además, trabajó haciendo inventarios en supermercados, y en una actividad sagrada para los alemanes: los trasteos. También fue profesor en la universidad, para los alemanes que venían a Latinoamérica de intercambio. Incluso, fue traductor en temas judiciales, como divorcios y diligencias penales con hispanohablantes. Para rematar, fue profesor de salsa. En suma, todas estas experiencias lo ayudaron a entender, adentrarse en la cultura alemana y a forjar grandes recuerdos.  

 

Entre estos oficios y su impecable vida académica, se resumen sus diez años en Alemania; finalmente decide volver por temas de proyectos en el país. Al llegar a Bogotá en 2009, sin haber terminado de desempacar la maleta, caminaba por la Zona T cuando alguien le grita desde un Pub. Era el entonces decano encargado en la Facultad de Política de la Sergio Arboleda, quien había sido alumno suyo en la Javeriana, años atrás. Dicha conversación trajo consigo una oferta laboral, que derivó en 5 años de trabajo en esa universidad. 

 

En 2013, la casa llamó y volvió a “la mejor facultad de derecho de América Latina”, como suele llamarla. Inició como profesor de Teoría de la Constitución, y más adelante con la cátedra de Teoría del Estado. Con el paso de los años aumentó su grado de vinculación y actualmente dicta tres asignaturas de pregrado, más las materias de especialización y maestría. Por cosas de la vida, ha sido profesor de derecho público en dos escenarios muy cercanos pero diferentes, la cárcel La Picota y el Congreso de la República.  

 

En clase acostumbra contar que los nazis usaban el cuerpo de los judíos para hacer las botas y botones para sus uniformes, y cómo producían jabón a partir de la glicerina extraída de la grasa humana. Señala esto para dar contexto al surgimiento de la cláusula de la dignidad humana, como principio rector del estado social que partió la historia en dos. Relaciona el proceso de perdón en la sociedad alemana, con lo que sucede con el Acuerdo de Paz.  

 

Cree que es un tema generacional y que es difícil que algunos acepten esta realidad, pues hubo mucho dolor y un daño social muy fuerte. Actualmente, como jefe de conceptos y representación jurídica de la JEP, defiende el trabajo de la institución y tiene la convicción de que no se trata de un perdón y olvido, sino de un reconocimiento de lo que pasó para poder superarlo y beneficiar a las futuras generaciones -“es dar una oportunidad a nuestros hijos y nietos de tener una vida tranquila”-.  

 

En la esfera personal, le gusta mucho la música, la lectura, la cocina y el deporte. La pandemia le abrió las puertas al montañismo, que procura realizar una vez al mes. Asimismo, cada que puede le dedica tiempo a la cocina, una de sus pasiones, de hecho, acaba de terminar un nuevo curso. Su gusto musical se resume en que sus listas de Spotify tienen de todo, empezando por el rock, pasando por la salsa y acabando en el reggaetón. Antes del covid iba a todos los partidos de la Selección Colombia a Barranquilla y en su época universitaria iba a ver a su amado Junior, cuando jugaba en Bogotá.   

  

Finalizando el café, al indagar por sus creencias, sostuvo que cree en las relaciones humanas desde el ejemplo, lo cual viene de su formación jesuita. Considera que su mayor virtud es la paciencia y que, paradójicamente, su principal defecto es el mal genio, sin embargo, piensa que ambos rasgos le dan un equilibrio. Es exigente con sus estudiantes y con sus coequiperos. Al preguntarle cómo se proyecta en el futuro, hace un llamado a aterrizar en el presente. Según él, la vida se encarga de poner a las personas en el lugar indicado y estando ahí, se debe actuar con pasión en búsqueda de la felicidad.  

 

Así, termina este breve recorrido por la vida de Carlos Iván Castro Sabbagh: destacado profesional, riguroso académico, hombre polifacético, buen profesor y gran ser humano.