CULTURALES

2019-I

Reseña

CANCIONES PARA EL INCENDIO

Diecisiete años después de la publicación de su primer libro de cuentos, Juan Gabriel Vásquez regresa al género con Canciones para el incendio, una colección de nueve relatos sobre la violencia. 

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Por: Alejandro Moreno

En 2001 Juan Gabriel Vásquez publicó Los amantes de Todos los Santos, su primer libro de cuentos. Un libro que lo salvó de renunciar a la literatura tras la insatisfactoria experiencia de sus dos primeras novelas, hoy huérfanas y privadas de toda posibilidad de reedición. El año siguiente la revista Lateral, donde trabajaba en Barcelona, publicó «Apología de las tortugas», un ensayo en el que depositaba sus propias enseñanzas como cuentista, los rasgos y las exigencias de ese género al que los editores son tan renuentes y que no pocas veces los lectores ignoran. Concibiendo el cuento como el «clímax de una historia que no se cuenta», Vásquez advertía cómo la concisión del género dejaba por fuera consideraciones políticas, sociales e históricas. 

 

Pues bien, pareciera que Canciones para el incendio(Alfaguara, 2018), su más reciente libro, hubiera sido escrito con el propósito de refutar sus observaciones sobre el cuento. Si en «Apología de las tortugas» había ofrecido una visión de lo que el cuento debería ser, diecisiete años después se convirtió en el artífice de su propia oposición. Los personajes de los nueve relatos que componen Canciones para el incendioson hijos de la historia, dan al lector un contexto, cargan con todo el peso del pasado. Y con todo, no se pierde la luz de la epifanía que justifica el relato.

Los cuentos de este nuevo libro tienen en común la violencia. Aunque en este país el asunto nos remita irremediablemente al conflicto armado—que también tiene su lugar en el libro—, Canciones para el incendioes una exploración de las distintas formas posibles de violencia, desde muchas perspectivas y geografías. Aborda los distintos grados en que la violencia nos toca y nos afecta, aun cuando la sentimos lejos, aun cuando nos parece que no es nuestra.

Canciones para el incendio es además el lugar para nuevos recursos de estilo. En «Las ranas», personajes del presente les responden a personajes de hace sesenta años, cuando por motivos que nunca podrán ser justificaciones, jóvenes colombianos terminaron participando en la Guerra de Corea. En «Mujer en la orilla», más allá de esperar que el lector asuma un papel activo, se le exige iluminar los espacios oscuros de la narración. 

En Los adioses, la novela de Juan Carlos Onetti, el narrador nos dice que «la existencia del pasado depende de la cantidad de presente que le demos». La literatura de Juan Gabriel Vásquez invierte esa fórmula y la lleva hasta sus últimas consecuencias. El presente, aunque no seamos conscientes de ello, es el resultado de un proceso en el que se acumulan todos nuestros desaciertos, nuestras atrocidades y nuestras mentiras. Nos arrastramos hacia adelante con eso, y a eso se moldean nuestras vidas. 

 

«Canciones para el incendio», el último relato del libro es una vertiginosa narración de cincuenta páginas en las que el lector no tiene tregua. Aborda casi todas las violencias que nos han sacudido desde finales del siglo XIX hasta el presente, y además de ser un viaje en el tiempo, lo es también en el espacio. Teniendo como punto de partida un diccionario escrito por Uribe Uribe en la cárcel, nos enteramos de un colombiano que muere en una trinchera en Artois, luchando por Francia; de una colombiana nacida en Francia que sale de Le Havre de la mano de su madre y llega a los cafetales del Valle del Cocora de la mano de un extraño; de esa misma mujer abriéndose luego paso en la Bogotá de cafés y periódicos, de hombres, y que luego tiene que exiliarse en el cafetal de su infancia, donde no puede escapar de la violencia que ahora escribimos en mayúsculas.

Los cuentos de este libro son por igual dolorosos y conmovedores. El cierre del cuento final acaso no es una condensación de todos los relatos sino de la obra misma de Juan Gabriel Vásquez—de Los informantesa esta última entrega—, dispuesta siempre a explorar en nuestra historia, en sus fisuras, y a plantear nuevas preguntas, a hacerle frente a los grandes temas morales y políticos que nos conciernen, y a entregarle todo ello a sus lectores: «porque sólo le interesa que el libro exista, porque éste es el único consuelo que tenemos nosotros, los hijos de este país incendiado, condenados como estamos a recordar y averiguar y lamentar, y luego a componer canciones para el incendio».