DE LOS DIRECTORES

2019-II

Sobre el valor de contar historias

LAS VOCES DEL SILENCIO

El testimonio de una víctima de violencia sexual en el conflicto y un recorrido por las zonas más vulnerables del centro de Bogotá son el punto de partida de esta reflexión sobre la importancia de dar voz a quienes no la tienen.

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Por: Maria Paulina Santacruz

Gracias a este periódico, hace poco tiempo viví una semana como pocas. En tan solo un par de días tuve la oportunidad de conocer de cerca dos realidades de nuestro país, muy diferentes entre sí, pero ambas inverosímiles y desgarradoras. Dos realidades de las que surgieron relatos, historias y voces que habían permanecido en silencio o que sencillamente, desde la comodidad de nuestras rutinas, nos era imposible escuchar. 

 

“Esta noche conocerán una cara oculta de nuestra ciudad, y aprenderán a leerla como lo hacen las miles de personas que habitan las calles del centro de Bogotá”.Esas fueron las palabras de bienvenida que nos dio nuestro guía, cuando varios miembros del Consejo Editorial de FORO JAVERIANO decidimos hacer una caminata nocturna por la localidad Los Mártires, en el centro de Bogotá. Como podrán evidenciar nuestros lectores en la crónica que presentamos en esta edición, recorrimos sectores de alta criminalidad como el antiguo Bronx, La Favorita, y la zona de tolerancia localizada en el barrio Santa Fe. Esa noche escuchamos atentamente las historias de vida de Polo y del Mono, dos habitantes de calle a quienes, en otro contexto, siquiera habríamos sido capaces de saludar. 

 

Al día siguiente, en el marco de la preparación de una edición especial sobre la JEP que publicaremos en los próximos días, tuve la oportunidad de entrevistar a una mujer que fue reclutada por las FARC cuando tenía diez años. Hizo parte de las filas de este grupo guerrillero durante seis años, periodo en el cual fue víctima de violencia sexual y posteriormente fue forzada a abortar, tras haber intentado ocultar su embarazo durante meses. Hoy representa a centenares de mujeres desmovilizadas con historias desafortunadas como la de ella. Es una voz valiente que ha decidido romper el silencio y contarle al mundo los relatos que han permanecido ocultos durante años, en lo más profundo de las selvas colombianas. 

 

Tras dos días de haber escuchado los testimonios de diversas personas que han quedado silenciadas, en medio de una sociedad anestesiada por décadas de guerra, de violencia, y de criminalidad, me pregunté: y ahora, ¿qué hacemos con esto?Me sentí impotente, con la mirada fija en la pantalla de mi computador, oyendo grabaciones y tomando notas, sin saber muy bien cómo nuestra labor de periodistas, o más bien, de estudiantes de derecho jugando a hacer periodismo, iba a ayudar en algo a estas personas. Entendí que lo más probable era que su situación no cambiaría, o incluso que podría empeorar mientras publicábamos un titular, una crónica o un especial más. Al final del día, nosotros nos dedicamos a contar historias, no a cambiar la historia. 

 

La impotencia que sentí me hizo reflexionar sobre el valor que tiene contar historias, porque de algo tendría que servir poner en palabras aquellas realidades, a veces tan ocultas tras el manto de la rutina de una sociedad insensibilizada por su propia cotidianidad violenta y cruel. Llegué a varias conclusiones.

 

Contar historias nos permite romper con idealizaciones impuestas que distorsionan la realidad y nos impiden ver lo humano detrás de las cifras, que supuestamente reflejan las problemáticas sociales que tanto sirven a los políticos como caballos de batalla en periodos electorales, pero que, una vez depositados los votos en las urnas, se perpetúan en el tiempo y en el olvido. En los relatos tiene cabida la esencia de una relación, de una persona, de un contexto, y es posible mostrar los síntomas de fenómenos complejos que anteceden, por ejemplo, a la estadística de criminalidad que permitió a un alcalde demoler manzanas enteras y llevarse por delante las vidas de vecinos desafortunados de lo que el Distrito delimitó como parte delBronx. 

 

Contar historias nos ayuda a entender el contexto en el que se presentan los conflictos sociales y evitar la construcción de una memoria colectiva a partir de narrativas binarias en las que se intenta clasificar a una persona como buena o mala, como paramilitar o guerrillera, como conservadora o comunista. Los testimonios que demuestran la existencia de zonas grises nos permiten romper falsos dilemas y construir una memoria colectiva mediante la cual entendamos que una exguerrillera de las FARC puede haber sido víctima y victimaria a la vez. 

 

Contar historias impide la pérdida de identidad de los seres humanos que conforman los números de “víctimas”, “combatientes”,“soldados”, “líderes sociales”, o “habitantes de calle”, que oímos y leemos a diario en los medios de comunicación. Porque el testimonio de un campesino desplazado es solamente una de las más de ocho millones de historias que hay detrás del rubro absoluto e inmutable de “víctima del conflicto armado colombiano”. Conocer su contexto y su realidad nos permite comprender que son más que una cifra, es reconocer al otro ser humano e identificarnos con su dolor. 

 

Porque nuestro país ha sido tantas veces diagnosticado y tan pocas veces comprendido, que es necesario darle voz a quienes tradicionalmente no la han tenido, y contar la vida de quienes no suelen ser protagonistas de los libros de historia ni tienen grandes avenidas ni parques ni plazas a su nombre. Sin embargo, son los que han resistido durante décadas una guerra que no les pertenece, tanto en el campo como en la ciudad. Solo a través de sus historias, de la visibilización de lo invisible, podremos entender la complejidad de los fenómenos que nos hacen ser hoy el país que somos. 

 

“En la guerra nunca se gana, siempre se pierde”, cuenta frente a una cámara, intentando contener las lágrimas que se asoman tímidas tras una mirada triste y resignada, una mujer líder de la Comunidad de Paz de San José de Apartadó, cuya hija fue asesinada por paramilitares a los quince años. Cuántas lecciones debemos asimilar de aquellos que han permanecido en silencio, pero son los verdaderos héroes y heroínas de este cuento que es Colombia. Son ellos quienes deben convertirse en los maestros de una sociedad que tiene todo por aprender, para que algún día los conflictos puedan resolverse sin que unos terminen por sacrificar y silenciar a los otros, que históricamente han sido siempre los mismos. 

 

Poco a poco logré convencerme y advertir que contar historias tiene un valor enorme en una sociedad tan tristemente indiferente como la nuestra, en la medida que solo así lograremos comprender lo que significa la empatía y ponernos en los zapatos del otro para entender su realidad, su esencia. Continuamos encasillados en nuestra perspectiva centralizada y cómoda de la historia y hemos hecho poco o nada por ver en el que ha sido presentado como “enemigo”, a un ser humano con falencias, con virtudes y con circunstancias que lo llevan a pensar, a sentir y actuar de una forma determinada, probablemente contraria a la nuestra. Olvidamos el valioso concepto orteguiano: “yo soy yo y mi circunstancia”.

 

Y no estoy hablando de verdad, sino de ir mostrando de a poco fracciones de realidad, que con el tiempo nos ayudarán a armar el rompecabezas de nuestra historia, con todos los colores y matices que la caracterizan. Quien desee aproximarse a nuestra esencia, requerirá una mente muy amplia y una comprensión a través de las vivencias de cada madre, de cada hijo, de cada padre, cuyas historias debemos ser capaces de plasmar con fidelidad y transparencia a través de diversos medios. Esa es nuestra misión. 

 

Fue así, como tras varios días de reflexionar sobre nuestra labor, edición tras edición en FORO JAVERIANO, o lo que hacen miles de estudiantes, periodistas, académicos y organizaciones de la sociedad civil, al contar los testimonios individuales de las personas que de alguna manera han padecido y resistido las secuelas del conflicto armado o de una guerra urbana de la que apenas se habla, logré contestarme la pregunta sobre qué hacer con las historias que llegan a nuestras manos.  Y la respuesta es: ¡contarlas! Contarlas para contribuir a nuestra sociedad en la búsqueda de un país mejor, contarlas para construir una memoria colectiva justa con quienes han dado la vida en silencio por un país que poco agradece y poco recuerda, y finalmente, contarlas para impedir que desaparezcan en la tierra del olvido.