PERFILES

2018-IV

NOTICIA CRIMINAL

FORO JAVERIANO presenta la crónica de un estudiante involucrado en la operación por la cual la Fiscalía desarticuló una de las mayores bandas de microtráfico en la universidad. Los nombres y lugares de los personajes han sido cambiados para proteger la identidad de sus protagonistas.

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Por: El Duque

A K. lo conocí el semestre pasado en Procesal Penal 1. Me pareció algo mayor para estar viendo una materia de VII semestre. Tendría quizá unos 28 o 29 años, y nadie lo conocía ni lo había visto antes en la Facultad. Asumí que se trataba de una de esas personas que regresa a la universidad para terminar la carrera. Nunca le pregunté. No es que no fuéramos amigos, sino que nuestros temas de conversación siempre fueron otros: desde el principio hablamos de drogas. Digo hablamos, pero en realidad fue él quien me empezó a hablar sobre el tema. Yo tenía 20 años recién cumplidos. Me había emborrachado en las fiestas de la Facultad y había probado el cigarrillo. Eso era todo. Si hubiera tenido que definirme en ese entonces, habría dicho —más por miedo que por convicción—que era un conservador. Pero lo cierto es que uno es conservador hasta el día en que la prueba. Cualquier intento de defensa del orden natural de las cosas después de fumar marihuana, empieza por explicar qué es natural: ¿la marihuana como planta herbácea de la familia Cannabaceae?, ¿su uso como actividad racional?, ¿su censura como principio moral? Y embarcado en esos interrogantes, uno termina por alejarse del conservatismo, pues preguntar es incompatible con obedecer. De modo que mi narración deberá enfocarse en cuándo y cómo fumé por primera vez marihuana.

Salía de Procesal Penal con mis amigos cuando K. se acercó a preguntarnos algo sobre la lectura del debido proceso que habían dejado. Poco a poco fue entablando conversación; en realidad era muy agradable, actuaba con naturaleza… En fin, se comportaba como un estudiante común. Nos dirigíamos a la playita del Giraldo, como dictaba la costumbre para quienes se encontraban en hueco, pero K. sugirió que cambiáramos el rumbo hacia el legendario Parque Nacional, del cual yo sólo había escuchado historias. K. preguntó si conocíamos a alguien allá que pudiera vendernos “hierba”, ya que él había acabado sus provisiones el día anterior. Huidobro, el único de mis amigos iniciado en el mundo clandestino de las drogas, le dijo que él sabía, y guió el camino. 

  

Con nuestras caras de primíparos, de iniciados en esa zona mística, casi ritual, seguimos a mi amigo hasta la parte trasera del Barón, donde aguardaban, como esperando nuestra llegada, un vendedor ambulante y un tipo sombrío que cargaba una maleta. Cuando Huidobro se acercó al hombre de la maleta, los demás, temerosos, prefirieron volver a zona segura, en compañía de otros pulcros estudiantes de Derecho y bajo la mirada protectora del severo Padre Gabriel Giraldo, S.J. Yo, por el contrario, movido por la inquieta curiosidad, estimulada por las breves conversaciones con K., decidí quedarme para probar, por fin, la causa de tanto estupor entre mis compañeros de facultad. 

  

Huidobro señaló al hombre de la maleta con la mirada, indicándole a K. con quién debía tratar para conseguir la marihuana. Sin siquiera saludarse, sin ninguna clase de protocolo, K. y el hombre de negro, quien por su apariencia no parecía esmerarse mucho en ocultar su oficio, cruzaron unas breves palabras que apenas alcancé a distinguir por la paranoia intensa que me invadía. A continuación, K. sacó de su maleta un cuaderno y arrancó una hoja, mientras el temerario proveedor hurgaba en su maleta con paciencia, como prolongando al máximo la entrega mientras K. estaba listo. Finalmente, en una transacción fugaz, K. extendió la hoja y el tipo puso sobre la misma una cantidad no muy grande de marihuana, al tiempo que K., con su otra mano, le pasaba un billete de $5.000. En este punto, Huidobro nos abandonó para encontrarse con quienes habían huido antes. 

  

Después de esto, K. me llevó a una parte no muy alejada ni muy próxima a donde se encontraban los visitantes asiduos. Recuerdo bien que, al pasar por el lado de toda esa gente, lo que más me sorprendió fue la heterogeneidad del grupo: los había, por supuesto, con el pelo pintado, prendas rotas, gafas exóticas y —cómo no— hasta instrumentos. Pero también vi, quizá en la misma cantidad, a personas vestidas con pantalón caqui, camisa y saco colgado, e incluso alcancé a identificar a varios futuros abogados. 

  

K. me señaló un lugar para sentarnos, y empezó la ceremonia. Separó algo de la marihuana que traía en la hoja, se guardó el resto en un bolsillo, y con una destreza admirable, envolvió un porro pequeño y lo prendió. Después de una pitada, me lo pasó y me dijo: «Disfrute». Recibí el porro con las manos empapadas de sudor, a pesar de que era una mañana típicamente fría. Fumé un plon corto e intenté devolverle el cigarro, pero el me rechazó, diciéndome que, si esperaba sentir algo, debía dar un par de pitadas más. Asustado, le respondí que tenía clase en una hora, que no debía excederme, a lo que respondió que lo mejor, en este punto, era relajarme y no volver a la universidad a exponerme a los cuchicheos de los chismosos que se sentaban afuera del Giraldo. 

  

No volví a ver a K. hasta una semana después, de nuevo en Procesal Penal. A la salida hablamos de mi experiencia con la marihuana, del hambre, la risa, y los ojos vidriosos. Le pregunté por el resto de la hierba que había comprado ese día, pero evadió mi pregunta. Esta vez fui yo quien le propuso que fuéramos al Parque. Vi una sonrisa en su rostro, pero dijo que prefería buscar otros lugares. Yo no le pregunté por qué, pero tampoco podía ofrecerle más de lo que Huidobro nos había enseñado la semana anterior. Ante mi incapacidad de satisfacer sus requerimientos, noté una cierta decepción en K., a pesar de que sabía que yo apenas era un iniciado. Interrumpió nuestra conversación alegando que tenía cosas que hacer, y se fue. 

  

Quedé extrañado por la reacción de K. Unos días después le hablé por Whatsapp para una duda que tenía sobre la etapa de indagación, tema que en la clase pasada había demostrado dominar. La pregunta era solo una excusa para hablar con él, pero fue seco, cortante. 

  

No me atreví a volver al Parque sin K., y su búsqueda de otros lugares de expendio me llenó de curiosidad, quería yo también buscar nuevos lugares, descubrir otros procesos. En la playita me encontré a Huidobro, que sería el único a quien podría hacerle consultas semejantes. «Yo siempre he comprado en el Parque, me parece que es confiable y nunca me ha ido mal», respondió. Sin embargo, comentó que algunos de sus amigos compraban abajo de la Séptima, en sitios que nunca había visitado, pero que me dijo preguntaría. 

  

La cosa se quedó así. Huidobro no volvió a tocarme el tema, y yo tampoco fui capaz de volver a insistirle. Con K., a pesar de no poder atender sus requerimientos, la relación fue cordial, podría decir amistosa. En clase se sentaba con mis amigos, e incluso hicimos una presentación en pareja. No hablábamos de más que de aspectos de la universidad, y cuando intentaba proponerle ir por una cerveza, o al Parque, dejaba claro los límites de nuestra amistad. Aunque nunca fue explícito, era evidente que el muro que levantaba solo podría tumbarse al darle lo que me había pedido. El semestre terminó así. 

  

Al final de las vacaciones Huidobro apareció para contarme de un bar cerca de la Caracas en el que vendían marihuana, cocaína, «y todos los juguetes que quiera». Le agradecí emocionado. De inmediato le escribí a K. diciéndole que le tenía una sorpresa para cuando entráramos. Lo noté más receptivo. 

  

Este nuevo semestre K. y yo solo vimos Procesal Penal 2. Dos semanas después de entrar, seguí las indicaciones de Huidobro y llegué al bar. Con nervios pregunté por marihuana y sin recato me ofrecieron distintas variedades.  Mi ignorancia se hizo evidente. Al ver que vendían también porros armados, evité caer en una nueva vergüenza y los acepté sin importar de qué hierba se tratara. Por primera vez compraba marihuana. 

  

Le escribí de nuevo a K. para decirle que había comprado unos gramos, dónde los había conseguido, y que podíamos probar la hierba en mi casa. Respondió con un «gracias» que sentí genuino y en el que percibí una mejor disposición. Me dijo que dejábamos la prueba para después. 

  

No lo volví a ver en clase. Desde entonces lo he llamado y le he escrito, pero parece que su número no funciona. Hace unas semanas, cuando la Fiscalía desmanteló una red de microtráfico en la universidad, vi en televisión cómo entrevistaban a un agente del operativo. A pesar de que aparecía de espaldas y se le distorsionaba la voz, había pasado suficiente tiempo con K. para que ninguna artimaña me impidiera reconocer que era él. 

  

Quedé atónito sobre mi cama. En el cajón de la mesa de noche tenía la marihuana que había comprado en el bar que allanaron. Pensé prender un porro, pero tras meditarlo los boté por el inodoro. No volveré a ver a K., pero si alguien lo reconoce en estas líneas, le ruego que me diga dónde encontrarlo, tengo nuevas consultas sobre su materia predilecta.