de la directora

2019-I

Cuando la princesa Inírida fue destronada por la Diosa Blanca

EL OCASO DE LA CULTURA INDÍGENA EN GUAINÍA

“¿Destruir la cultura? Esperaría que así fuera – la embriaguez y las danzas salvajes –, usted sabe, la danza lleva a la inmoralidad. Los idiotas tienen toda esta brujería, los hombres beben y danzan toda la noche, luego se van a la selva con las mujeres para hacer sus cosas inmorales”.

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Fuente: Archivo personal

Por: Maria Paulina Santacruz

Cuenta la leyenda que, desde niña, la princesa Inírida se distinguía por su deslumbrante belleza. Las demás mujeres de la tribu la envidiaban y los hombres añoraban casarse con ella. Uno de ellos, perdidamente enamorado y empeñado en conquistar su corazón que rechazaba sin vacilar las propuestas de los hombres de la región, decidió emprender la búsqueda del brebaje perfecto que le permitiera enamorar a la joven esquiva. Fue así como se internó en los cerros de Mavicure y encontró en ellos la pusana, conocida por ser la planta perfecta para la conquista del ser amado. Con ella preparó una receta que, causando el efecto contrario, habría terminado por enloquecer a la princesa Inírida. 

En lugar de enamorarse, llevada por el éxtasis y la demencia, huyó de la aldea y escaló el cerro Pajarito, imposible de escalar para un ser terrenal, y en su cima perdió la conciencia. Al despertar, la princesa decidió refugiarse eternamente en el cerro, convirtiéndolo en su castillo por el resto de la eternidad. Cuentan los indígenas puinaves que desde la cima de Pajarito, la princesa guía la vida en la selva que rodea los cerros: las temporadas de invierno y sequía, la conducta de los jaguares, las cosechas de mañoco y las subiendas de pabón en el río Inírida. 

 

En algunas ocasiones, al contemplar desde lo lejos el cerro de Pajarito, es posible ver el llanto de la joven que mancha la roca oscura de luminosas lágrimas de plata. En épocas de lluvia la princesa se convierte en una hermosa flor: la flor de Inírida, que brota tapizando las faldas de los cerros de un color rosáceo intenso, digno de la realeza puinave. 

Recuperando el aliento tras escalar durante algo más de una hora el cerro Mavicure y apreciando la magnitud de los ríos, de la selva y de los cerros de Pajarito y Mono, escuchábamos con fascinación e intriga a Camilo, así se identificaba ante nosotros nuestro guía puinave, que relataba esta leyenda intentando encontrar en castellano las palabras precisas para transmitir las creencias ancestrales de su pueblo. 

El departamento de Guainía ocupa un área total de 72.238 km², lo que equivale casi a tres veces el departamento de Cundinamarca, y tiene 40.203 habitantes, es decir, una tercera parte de la población total del municipio de Chía. Se encuentra ubicado al suroriente de Colombia y tiene fronteras con Venezuela y Brasil. En el dialecto indígena Guainía significa “tierra de muchas aguas”, y es en esas aguas, en el resguardo indígena “El Remanso” a las orillas del río Inírida, que emergen de la tierra y se imponen en medio de las infinitas planicies amazónicas los majestuosos cerros rocosos de Mavicure. Fue en este punto donde, según los relatos indígenas, habría nacido la tierra. 

A dos horas en lancha desde Puerto Inírida, en las faldas de los cerros, habita la comunidad “El Remanso”, encargada de la custodia del castillo de la princesa Inírida. Algunos de sus habitantes guían a los viajeros que llegan a la región y les brindan un sencillo pero confortable hospedaje. Llama la atención la arquitectura de la aldea, cuyas casas unifamiliares se ubican alrededor de un lugar de congregación que sus pobladores llaman iglesia. 

De manera hospitalaria y generosa Wilmer nos enseñaba con orgullo la civilizada organización de su comunidad y al preguntarle sobre la religión que predicaban los indígenas de la zona nos respondió que eran evangélicos. 

Curiosamente, los indígenas de Guainía fueron evangelizados en el siglo XX por el programa Misiones Nuevas Tribus, creado en Florida – Estados Unidos, como parte de una organización protestante. Su misión: evangelizar tribus indígenas de las zonas más remotas del mundo en países como Australia, Bolivia, Brasil, Indonesia, Nueva Guinea y Colombia.  

A esta región selvática y distante llegó en la década de los 40 Sophia Müller, mujer de origen alemán que habría crecido en una comunidad protestante en Estados Unidos y tenía un propósito claro: divulgar el “reino de Dios” y convertir al cristianismo evangélico a los “salvajes” que habitaban esta zona recóndita, principalmente a los puinaves y curripacos. Antes de su llegada, los únicos blancos que se aventuraban a incursionar en territorio guainiano eran los caucheros que esclavizaban a los indios. 

A sus 34 años, Müller se asentó en la zona. Comenzó por aprender las lenguas ágrafas de los indígenas para después enseñarles a leer y escribir, y finalmente tradujo la Biblia a los diferentes idiomas y dialectos: curripaco, puinave, piapoco, sikuani, cubeo y otras lenguas. Además, les enseñó el sistema de numeración occidental, el uso diferenciado del vestido e impuso pautas de comportamiento rígidas y castigos para quienes no siguieran la palabra de su Dios.

Silvio, el capitán del resguardo, líder de la comunidad que actualmente cumple las funciones de pastor evangélico, relataba cómo los chamanes fueron disuadidos de practicar sus rituales, considerados satánicos, alejados de la moral y de las buenas costumbres. Quien fuera sorprendido adorando al sol o a las estrellas era expulsado de la comunidad y condenado irremediablemente al infierno. Müller consideraba brujería la costumbre indígena de consumir bebidas fermentadas y reprobaba las celebraciones que involucraran danza o actos sexuales. 

La medicina tradicional practicada por los jefes de las tribus utilizando principalmente piedras y plantas nativas de la zona fue erradicada al ser calificada como “magia negra”. Müller aseguraba que era el diablo quien entregaba las piedras a los chamanes, por lo que ordenaba a los curanderos lanzar todos sus objetos sagrados a los ríos, prohibiendo su utilización. 

Müller encontró resistencia por parte de algunos líderes nativos y en sus memorias, Su voz retumba en la selva, relata cómo varios brujos intentaron envenenarla. Sin embargo, la autoridad de Müller en la región creció de manera acelerada, al punto que llegó a ser conocida como la “Diosa Blanca”. Fundó más de 200 iglesias en las selvas del suroriente colombiano y convirtió a Curripacos, Puinaves, Piapocos, Guajibos, Cubeos y Guayaberos. Los indígenas, a su vez, continuaron extendiendo la conversión en comunidades vecinas logrando la consolidación de cerca de 300 congregaciones de indígenas evangélicos en los departamentos de Guainía, Vichada y Vaupés. 

Y fue así como, gracias a los relatos de los propios habitantes de la zona, fuimos testigos impávidos de un mundo que desapareció a manos de quienes veían en los indígenas nativos niños faltos de razón y lucidez, de quienes no comprendieron que la Amazonía no era una selva vacía, sino un conducto diferente de civilización y el hogar de miles de seres humanos cuya fenomenología estaba íntimamente relacionada con la naturaleza.

El antropólogo David Stoll entrevistó a Müller en 1975 y le preguntó si sentía algún remordimiento al destruir la cultura de los pueblos indígenas. Su respuesta fue sencilla: “¿Destruir la cultura? Esperaría que así fuera – la embriaguez y las danzas salvajes, usted sabe, la danza lleva a la inmoralidad. Los idiotas tienen toda esta brujería, los hombres beben y danzan toda la noche, luego se van a la selva con las mujeres para hacer sus cosas inmorales”.

El programa Misiones Nuevas Tribus se desarrolló durante más de 40 años en el departamento y Sophia Müller continuó su misión evangelizadora en la región hasta comienzos de los años 90, momento en el que regresó de manera definitiva a los Estados Unidos, donde murió en 1995. Fue así, al mejor estilo colonial, como fue cercenado en pleno siglo XX el extraordinario complejo de culturas indígenas del Guainía. Sus tradiciones, sistemas de valores y su fenomenología fueron alterados de manera irremediable en menos de medio siglo. 

Actualmente, con una población indígena del 80%, Guainía es el departamento evangélico por excelencia en Colombia. En “El Remanso” hay un centro de salud que se encuentra cerrado por falta de recursos, y tras la persecución del chamanismo, no están permitidas las prácticas de medicina tradicional que garantizaron la subsistencia de estos pueblos durante siglos. Al reino de la princesa Inírida se impuso el devastador dominio de la Diosa Blanca.