DE LAS DIRECTORAS

Nos falta empatía  

No le deseo a nadie tener que luchar contra la indiferencia de quienes están detrás de un escritorio oyendo su historia como si fuera una más (que no lo es, pero para ellos sí).  

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Fuente: Pexels.com

Por: Isabela Blanco  

Una vez, en un evento sobre liderazgo, escuché a un famoso caricaturista afirmar que quienes aman el arte de escribir, no pueden hacerlo sobre otra cosa que no sea sí mismos. Sus palabras me marcaron para siempre porque el día que lo conocí, nos estaba presentando a mí y a cien personas más una caricatura que él había realizado sobre la búsqueda de su papá, a quien lo había desaparecido la guerrilla. No sé cuánto tiempo duró hablando, pero lo hizo con tanta naturalidad, y al mismo tiempo con tanto dolor y orgullo, que todos los espectadores quedamos absolutamente conmovidos con su relato (hubo bastantes lágrimas, de hecho).  

 

Él decía que las palabras del escritor siempre están permeadas por sus experiencias personales: son un reflejo de sus traumas, sueños y luchas. Según este caricaturista, la obra siempre refleja algo del artista. Yo creo que tiene razón: esta es mi obra y, por lo tanto, un pedazo de mi vida.  

 

Hace unas semanas viví una experiencia que no se la deseo a nadie. Transcurría la tarde de un miércoles cualquiera y yo estaba entrando a una de las clínicas más prestigiosas de la capital para asistir a una cita médica con un familiar. La consulta no era para mí, pero yo había decidido acompañar a este personaje porque sabía que el médico tratante le iba a ordenar bastantes exámenes médicos y procedimientos; yo quería quitarle ese estrés y encargarme personalmente de esta tarea. Y así fue: salí del consultorio agitada y con una resma de papel en la mano.  

 

Lo monté en su carro para que se fuera a su casa a descansar (habían sido dos horas largas, muy largas, y muy pesadas emocionalmente hablando); y yo, con toda la actitud, empecé mi travesía por las instalaciones de esta clínica. Organicé los papeles que me había entregado la secretaria e hice una ruta con mis paradas: que neurología, que radiología, que laboratorios, que nefrología... Qué mareo, más bien.  

 

Era la primera vez que lidiaba con tantas autorizaciones y citas médicas al mismo tiempo. Confieso que al principio fui ingenua (no entiendo por qué) y pensé que iba a ser fácil, pero me equivoqué. Yo creo que ese día quemé tantas calorías como un atleta corriendo un Iron Man.  

 

Contexto: la clínica es enorme, yo estaba vestida cual vampiro (toda de negro, con un cuello tortuga y un abrigo de invierno porque disque tenía frío), y fácilmente la temperatura de la cuidad se podía confundir con la de Girardot. No solo el clima, las largas distancias y mi outfit, pésimamente escogido, me jugaron en contra: lo que realmente fue una patada en la cara fue la falta de empatía del personal de la clínica.  

 

Cada vez que lograba llegar a una de mis paradas (que para mí era meritorio porque siempre tenía que preguntarle a más de dos personas dónde quedaba mi destino), quien me atendía no demostraba ni el más mínimo interés en ayudarme. No quiero menospreciar su trabajo, ni más faltaba, pero recibir un papel, levantar un teléfono y anotar en una agenda no es rocket science. Llegó un punto en el que parecía disco rayado de tanto repetir, con la cara entumecida de tanto sonreír para parecer serena: “Buenas tardes, señorita. Me mandaron para acá porque necesito pedir esta cita/autorización de [inserte la especialidad o procedimiento médico exótico] lo más pronto posible. Verá, es muy urgente, espero entienda mi afán. ¿Usted me podría ayudar, por favor? Se lo agradecería mucho”. El 70% de las veces me dijeron que estaba en el lugar equivocado y me remitieron a cualquier otro extremo de la clínica sabiendo que iba a obtener la misma respuesta al llegar: “Señorita, aquí no es, tiene que dirigirse al edificio tal”. Por la pereza de ese 70% me mantuve en ese vaivén casi tres horas y media.  

 

Recuerdo que un señor de seguridad me miraba con angustia – y hasta con pesar – porque pasé varias veces enfrente suyo. Él sabía que estaba más perdida que un sordo en un bingo, el sudor de mi frente me delataba; pero con mucha amabilidad y paciencia, intentó darme indicaciones varias veces, con éxito. La próxima vez que brinde por alguien, lo haré por él (señor, lo amo, por favor siga ayudando a los demás como lo hizo conmigo).  

 

Del otro 30% recibí hostilidad. Imagínese a la típica persona grosera que odia su trabajo y no mueve un dedo para hacerlo; bueno, ese día conocí bastantes. Por mi frustración, en algunas ocasiones les hice “ojitos”, pero era inútil. Realmente me dolió la falta de empatía de estas personas. No le deseo a nadie tener que luchar contra la indiferencia de quienes están detrás un escritorio oyendo su historia como si fuera una más (que no lo es, pero para ellos sí).  

 

Al final me di cuenta de que no estaba sola en esto, nunca lo estuve. Cuando mis piernas no dieron más y se me llenaron los ojos de lágrimas, decidí sentarme a descansar para coger aliento y continuar. En esos cinco minutos de pausa, miré a mi alrededor y, por sus expresiones faciales, vi que otras personas sentían lo mismo que yo: angustia. Sin saberlo, me había sentado en la sala de espera del área de cirugía, la cual estaba llena de familiares que se abrazaban con nerviosismo, esperando respuestas. Me sentí identificada, porque, al igual que ellos, yo también estaba pensando en esa persona por la que estaba corriendo de lado a lado (y con amor, porque lo hice con amor).  

 

Al final tuve que irme porque las secretarias empezaron a alistarse para salir porque habían finalizado su jornada. Logré conseguir algunas citas y autorizaciones, y sentí un “fresquito”. Si me tocara volver a vivir ese día otra vez, lo haría sin pensarlo dos veces.  Al igual que los panas de la sala de espera de cirugía, haría cualquier cosa por esa persona. Pero, al mismo tiempo, sé que un poco de empatía en el proceso no nos caería nada mal.