PERFIL

El derecho no es el todo por la nada:
Tania Luna Blanco

Foro Javeriano entrevistó a la profesora de derecho constitucional Tania Luna con el fin de conocerla más y desentrañar sus puntos de vista.  

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Por: Alejandra Lucía Vélez Bellini  

Tania Luna es Doctora en Derecho de la Universidad de los Andes, Magíster en Derecho con énfasis en investigación de la Universidad Nacional y Abogada con grado de honor por excelencia académica de la Universidad Libre. Ha trabajado para la Corte Constitucional colombiana y el Gobierno Nacional en temas de paz; se ha desempeñado consultora para entidades públicas y privadas, coordinadora de clínicas de derechos humanos y acciones públicas y profesora por más de una década en los niveles de pregrado y posgrado. 

 Actualmente, se desempeña como profesora de derecho constitucional del Departamento de Derecho Público de la Facultad de Ciencias Jurídicas de la Pontificia Universidad Javeriana y lidera la línea de investigación en Constitucionalismo, paz y memoria del Grupo de Estudios en Derecho Público. 

FJ: Para usted, ¿qué es el derecho?  

TL: Esta es la pregunta eterna: ¿qué es el derecho? De hecho, es la pregunta que más atormenta a Hart en el concepto de derecho. Y yo, si tuviera que quedarme con una definición que creo que es muy complejo, pensaría que el derecho es interpretación. Por eso, cuando los estudiantes me dicen: “no es que el Derecho es la ley”, yo siempre respondo: “si el derecho es la ley, no merece ni un minuto de esfuerzo”. Ustedes se llevarían las leyes, se las estudiarían en su casita y solo tendrían que volver a presentar un examen de habilitación; pero entender cómo se interpreta el derecho, quienes están detrás de esa interpretación, cuáles son las interpretaciones posibles y cómo pueden impactar la vida de las personas. Para mí eso es lo más interesante y mi llamado no sólo es a conocer el derecho, es comprometernos con una interpretación que haga al derecho el mejor elemento posible del mundo social.

 

FJ: En la universidad tenemos la tendencia a creer que el Derecho Público no nos va a satisfacer. ¿Qué les diría a esas personas que demeritan el Derecho público?   

TL: Hay un texto de Austin Sarat que se llama: “El Derecho, está en todas partes” y yo complementaría diciendo, el Derecho público está en todas partes. Entonces, siempre les digo a mis estudiantes: sean los penalistas que quieran, sean los privatistas que quieran ser, pero entiendan que el Derecho público, es decir, que el Estado está en todos los lugares. Uno pudiera pensarse “soy un penalista”, pero en últimas quien está ejerciendo instrucción penal es el Estado mismo. O soy un iusprivatista, pero en últimas, hay jueces detrás de esas posibilidades. Yo creo que hay que pensar que uno pudiera tener varios amores en el Derecho, no sólo uno, y eso le digo a mis estudiantes que en segundo semestre ya son comercialistas de corazón. Ok, pero piénselo un poquito, porque no puedo tener varios amores. Mi invitación es que uno de esos amores sea el Derecho Público, ya sea en su fase de Derecho constitucional o administrativo, pero sin lugar a duda, que se enamoren del Estado. Te lo pongo así, los privatistas pueden decirnos qué necesita ajustar el Estado colombiano para que haya más justicia. Un penalista nos puede decir que necesitamos ajustar el diseño constitucional y en su interacción con las normas legales y reglamentarias para que el sistema carcelario y penitenciario funcione mejor. Entonces, creo que el Estado es una responsabilidad de todos. Tengan varios amores y entiendan que los otros amores pueden interactuar con este y este los necesita mucho porque es el país donde vivimos. 

FJ: ¿Cómo se pueden enamorar del Estado?  

TL: Normalmente, siempre tenemos esas peleas, y yo siempre incito a salir de la patología del Estado y la melancolía. Entonces esta creencia que el Estado fracasa y, en pocas palabras, arrastramos los 100 años de soledad a los que nos condenaron las estirpes, como decía Gabriel García Márquez. Cuando uno se baja del mito, que es la mitología del fracaso, empieza a entender que él estaba, y está en todos los lugares. Uno puede hacer pequeños ajustes para que el mundo funcione. Por ejemplo, unos estudiantes míos hablaron con Royal Films para que antes de la de la película se proyectara durante muy pocos segundos una infografía sobre cómo acudir a los consultorios jurídicos y a la justicia pro bono. Pudieron entrevistar a la gente a la salida del cine y fue muy bonito porque decían, así como nos ponen a veces un corto que nos interesa; que nos pongan, así sea unos segundos, información que sea útil y que nos permita a nosotros entender y apropiarnos de algo que no sólo puede ser de dominio de los abogados.  

Entonces creo que, cuando bajas el Estado, le quitas el fracaso y te internas en la tarea de pensar en que ajustamos lo que ves desde el diseño de la arquitectura constitucional.  Eso se vuelve tremendamente interesante.  

FJ: Hablando sobre el consultorio jurídico, sé que tiene un texto que habla más que todo sobre las carencias y las crisis que tiene el consultorio jurídico. Entonces, quisiera saber ¿cómo se podría mejorar? 

TL: Yo tenía una obsesión desde que trabajé con los consultorios, y era darle una historia al consultorio jurídico. Tú vas con cualquier profesor y le preguntas sobre su consultorio y lo va a recordar, pero muy pocos reflexionamos sobre por qué tenemos que ir a los conductores públicos; esto es obligatorio y no es una tarea que nos pone la universidad para condenarnos. Mi idea era reflexionar sobre esa historia y nos comprometimos con 2 colegas (Daniel Bonilla y Gabriela Ricarder) a pensar ese proceso. Para darte una idea, los consultorios surgen a finales de los sesenta, con una idea de atender a los pobres. Por eso, cuando los estudiantes llegan, se encuentran con un decreto que les habla sobre la justicia a los pobres y esto me llamaba mucho la atención porque yo entendía inmediatamente, desde la reflexión del estudiante, que ahí donde hay una justicia pobre, tiene que haber otro tipo de justicia para las personas con recursos económicos y esto sonaba discriminatorio. Entonces empezamos a plantearnos: ¿Por qué surgen? ¿Por qué surgen con esta idea de atender a los más pobres? y ¿Por qué se traduce en una responsabilidad que se le ha dejado exclusivamente a las universidades? Uno ve a las universidades navegando solas, tratando de pensar y de inventarse lo humano y lo divino en unos contextos supremamente difíciles. 

 El artículo también se vuelve un llamado al Estado colombiano. A pensarse la justicia, no de los pobres, sino de las personas más vulnerables, esas que no tienen los recursos económicos para acudir a un abogado pago y que deberían poder recibir las mejores condiciones para atender sus problemáticas. Yo siempre cuento una historia de una señora que alguna vez, por error, una estudiante le perdió una letra de cambio. Y la señora me dijo: “no, no hay ningún problema. Yo entiendo que es la justicia que yo puedo pagar; porque yo no puedo pagar otra. Entonces a mí me toca que los estudiantes, que usted me ponga, practiquen conmigo, como en un laboratorio”.  La invitación acá es que no podemos tener a las personas en laboratorios y tenemos que conciliar que los consultorios jurídicos son los lugares donde nuestros estudiantes aprenden y eso no puede sacrificar la calidad del servicio que las personas más vulnerables reciban.  

Con tu apuesta anterior, yo haría esta y es enamórense de los consultores porque son tremendas oportunidades de aprender un derecho real en movimiento, que no se parecen a los de los salones de clase y que valen mucho la pena.  

FJ: Desde su punto de vista como docente, ¿considera que la facultad ha hecho un buen trabajo inculcándonos valores para erradicar ese derecho inequitativo? ¿Nos inculcan no solamente a ser buenos profesionales, sino a ser buenos seres humanos? 

TL: Yo me siento muy contenta porque yo encuentro, por lo menos, en la facultad una apuesta grande por el mundo social. Nos hace falta más difusión y conocer y conversar mucho más, estoy de acuerdo, pero tengo que inevitablemente hablar de la clínica de derechos y territorio, del trabajo que hace la facultad en el Pacífico colombiano; del trabajo gigantesco que se hace con la población en condición de discapacidad, la población invidente. Nosotros tenemos profesores que han llevado casos de forma totalmente gratuita para atender escenarios que a veces consultorio no pudo tomar.  

FJ: A mí todo eso me emociona y yo creo que lo que más le enseñe a un estudiante no es tanto lo que decimos, sino lo que hacemos y lo que ellos ven que hacemos. Por supuesto en línea, con la visión de transformar y de hacer mejores armas contra la desigualdad.  

TL: Sin lugar a duda, hay una crisis ética en la profesión que va más allá de conocer o desconocer el código del abogado (qué es la principal herramienta). La apuesta va más allá de eso, el aprender. Cuando veo a los estudiantes en diversos semilleros, escribiendo en revistas, a ustedes haciendo periodismo pensando, sí creo que hay un compromiso social muy grande y una universidad que no se ha cerrado y que, muy como su campus abierto, responde a las necesidades de abrirse a los demás.

 

FJ: En los textos que ha escrito siempre está presente el conflicto armado. Usted muestra una cosmovisión diferente sobre el tema en el texto: “Historia legal, el conflicto armado en Colombia entre el Derecho fallido y la violencia cohonestada”. Quisiera que nos explicara cómo llegó a esa perspectiva. 

TL: La primera apuesta es cuestionar las historias únicas. Leemos un poco y vemos el peligro de estas historias que nos estereotipan y nos encierran, y yo creo que la historia del conflicto armado en su relación con el Derecho ha estado como siempre en una encrucijada. Algunos nos leen como historiadores, sociólogos, etc. y dicen que ese derecho es un derecho fallido. Usted pone el derecho que quiera y el derecho fracasa en su apuesta por alcanzar la paz, esto es la complicidad de los malos. Entonces yo pensaba en poner sobre la mesa esas dos visiones: una violencia orquestada desde el poder versus ese derecho que siempre falla en el tiempo. Creo que hay que avanzar, tratar de desempacar La Paz y desempacar el derecho para La Paz. Cuando uno entiende, por ejemplo, que en Colombia la elección popular de alcaldes nace por un proceso de paz, entiende que nuestros aprendizajes sobre La Paz también han construido la República. Pensar en un estatuto de la oposición en Colombia, teniendo tiempo de réplica en televisión no se logra entender sin un conocimiento más profundo del conflicto armado.  

Tú puedes narrar la historia de la violencia en Colombia como la historia del fracaso, que se repite o la puedes narrar cómo la historia de la búsqueda permanente de La Paz. Es una historia fascinante de resiliencias; es una cantidad de personas que se han levantado para reclamar lugares distintos y un Estado que se reinventa.  

Cuando uno piensa que la paz es un todo, se imaginan los paraísos posibles que nos vamos a levantar todos tomados de las manos. Ese pensamiento me acuerda a Estanislao Zuleta. A nosotros nos encantan los paraísos y se nos olvida elogiar la dificultad. Con mucha dificultad, nos hemos levantado y yo creo que es hora de salir de esas historias y darle vida al derecho. Es un derecho que no hemos narrado y yo acá me doy la pelea con los historiadores, con los sociólogos. Solo el Bogotazo nos dejó 30.000 normas. ¿Y dónde están esas normas? ¿Por qué cada que queremos instaurar la paz empezamos de nuevo? Buscamos expertos que lleguen de algún lugar diferente, pero hemos construido tantos instrumentos normativos que creo que hay una gran una invitación al derecho a pensarse el conflicto y qué es lo que realmente ha hecho; tanto para frenar el conflicto como para reproducirlo. El derecho no es el todo por la nada. Si yo entiendo que el Derecho es el instrumento para alcanzar La Paz y que no ha alcanzado La Paz, sigo narrando el fracaso. Pero cuando yo entiendo que el derecho es muchas cosas que se manifiestan de muchas maneras.