PERFIL

Penalista y artista

Sarah Coral Cadena 

En esta edición, Foro Javeriano se adentra en la vida de la Doctora Sarah Coral; una abogada penalista, progresista, feminista y hasta artista.

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Por: Adriana Torres y Carolina Montoya 

Pastusa de corazón, ipialeña de sangre y nariñense en todo el sentido de la palabra. Sarah nació en Ipiales, a pesar de que todo el mundo la confunda con ser pastusa. Su infancia fue feliz y tranquila, creció en Ipiales a una hora de Pasto y a media de Las Lajas. Recuerda esos años con cariño y con risas. Disfrutaba de las cosas sencillas como pintar y molestar a su hermana menor.

 

A los cuatro años sus papás la metieron a clases de acuarela. En su clase, si los niños demostraban ser talentosos, el profesor los invitaba a avanzar al curso de óleo. Sarah era la mejor de su clase; hizo el curso de óleo y además fue invitada a participar en concursos con sus pinturas. Pintar era y es una de sus más grandes pasiones. Tener en la mano un pincel y sentir el olor de la acuarela sigue siendo un placer en su vida. A pesar de que el derecho se interpuso entre ella y la pintura, nos contó que hoy en día, cuando visita galerías de arte o almacenes de pintura y huele el olor del óleo o del aceite, se siente como el crítico de Ratatouille: huele. Huele a pintura e inmediatamente se siente transportada a sus años de infancia.

 

Entre químicos y nutricionistas, Sarah fue la oveja negra de su familia cuando optó por estudiar derecho. En su casa jamás se habló de leyes o derecho y a su papá los abogados le parecían lo más aburridor del mundo. Cada vez que tenía que reunirse con uno por su trabajo, le llegaba con quejas a Sarah diciéndole: “de las cinco líneas que leo no le entiendo ni una palabra, por qué tienen que escribir así”. Sarah recuerda esos momentos con risas y nos confiesa que, si no fuera por ella, su papá aún detestaría a los abogados. La bendición de su mamá tampoco la tuvo cuando le dijo que quería estudiar derecho, y fue aún peor cuando le dijo que optaría por el derecho penal. Le decía que la podían matar por esa profesión y que esa vida sería muy insegura en un país como el nuestro.

 

Cuando llegó el momento de elegir la universidad Sarah anhelaba estudiar en la Universidad Nacional. En su momento se leyó todas las biografías del Che Guevara habidas y por haber, y soñaba con ser estudiante de la Nacional, pues si estudiaba derecho lo hacía por y para la gente; y qué mejor forma de estudiarlo que en una universidad pública. Sus padres se opusieron a esta decisión, en especial su papá, quien había estudiado en la Nacional en una época bastante dura para la universidad, sino para el país en general. Además de haberse demorado más de lo necesario en acabar su carrera en razón a las protestas, también lo asustaba que, en sus años de estudiante, compañeros de él murieron en disturbios de la universidad y que su hija viviera eso lo asustaba y se negaba rotundamente a que viviera esa experiencia.

 

El resto de su familia, incluida su mamá, eran javerianos. La mayoría de sus tíos y primos habían estudiado en la Javeriana de Cali y soñaban con que Sarah siguiera sus mismos pasos. Ella, como buena rebelde sin causa, se negó a esa decisión e incluso tenía un plan maestro para salirse con la suya: presentarse a la Universidad Javeriana, hacer una mala entrevista y no se aceptada, para después poderse presentar a la Nacional. Sin embargo, los cálculos le fallaron ya pesar de sabotear su entrevista, fue admitida a la Javeriana de Cali. Con risas aún se pregunta qué habrá hecho bien intentando hacer las cosas mal.

 

Terminó estudiando en la Javeriana de Cali y a pesar de que le cogió cariño a la universidad, Cali parecía no ser la ciudad para ella. Quería vivir en una ciudad más grande, salir un poco de su círculo social y conocer a otras personas que también disfrutaran su gran pasión por el arte.Por supuesto en Calipa changuero las rumbas no faltaron y disfrutó mucho su tiempo allá; sin embargo, salir a rumbear cada fin de semana ya era aburrido y quería tener más opciones culturales. Es así como decide mudarse a Bogotá después de dos semestres en la Javeriana de Cali. Estudiar en la Javeriana de Bogotá parecía la decisión más racional, pues era la universidad que mejor le homologaba lo que ya había cursado en Cali. Es así como llega a Bogotá a estudiar y graduarse de nuestra querida universidad.

 

El derecho penal tuvo dos motivaciones en su vida: una pasional y otra racional. En cuanto a la primera, desde pequeña Sarah recuerda cómo la justicia social movía sus fibras más sensibles, recuerda estar en el colegio leyendo revistas de la Defensoría del Pueblo y sintiendo un llamado de que esto era lo de ella.

 

Por otro lado, cuando empezó a estudiar derecho, sintió una gran afinidad por el derecho constitucional y la teoría del derecho. Fueron sus clases favoritas en toda la carrera, pero cuando fue avanzando en los semestres, las clases de filosofía del derecho se fueron agotando y se vio enfrentada al derecho puro y duro, a la técnica y las clases ladrilludas. Fue ahí cuando se preguntó ¿será que el derecho sí es lo mío?

 

En una crisis de carrera, y estando a solo un año de acabar materias, decidió que quería retirarse de derecho. Sin decirle una palabra a sus papás, se dirigió un día de vacaciones a la facultad, dispuesta a retirar la carrera. Su plan era claro: se iba a salir de derecho e iba a aplicar a la Nacional a estudiar filosofía o alguna otra humanidad porque si no le gustaban las clases ladrilludas de derecho, era porque esto no era lo de ella. De camino a la facultad se encontró con Juan Felipe García y le contó su intención de retirarse de la carrera. Juan Felipe le dijo que fueran a hablar un rato, antes de que tomara semejante decisión. Estando en su oficina, le explicó que esta carrera no era para ella, que se había desencantado con el derecho y que no se veía el resto de su vida defendiendo bancos, aseguradoras o constructoras. Fue ahí cuando entró Alejandro Aponte a la oficina de Juan Felipe para hacerle una consulta.

 

El Doctor Aponte se saludó con Juan Felipe y le contó que iba a sacar un libro en el que venía trabajando desde hace mucho tiempo llamado “El derecho penal del enemigo”. Empezaron a hablar sobre la idea detrás del libro, sobre el trabajo de campo y toda la teoría. Mientras ellos hablaban, Sarah paraba ojera. A los diez minutos en Doctor Aponte se fue y Juan Felipe se volteó: “bueno, ¿en qué quedamos?”. Sarah sin dudarlo le contestó: “eso que está haciendo ese señor es a lo que me quiero dedicar por el resto de mi vida”. Fue ahí cuando Sarah conformó su intuición de la infancia: lo de ella era el derecho penal. Salió de la oficina agradeciéndole infinitamente a Juan Felipe porque de no haber sido por él, ella no hubiera podido escuchar al Doctor Aponte, y habría terminado retirando carrera. 

En su vida profesional se dio cuenta que su amor por el derecho penal también tenía inmerso un tema de género y de derechos femeninos. Se dio cuenta que le apasionaba luchar por un derecho penal que protegiera a las mujeres y por un derecho con enfoque de género. En su trayectoria laboral se dio cuenta que ser mujer no es tan fácil, y que moverse en un área que tristemente ha estado dominada por hombres, como sucede en el derecho penal, no fue tan fácil como parecía.

 

Lo cierto es que el feminismo ha permeado su vida desde que estaba en el colegio, e incluso estando en la universidad, identificó que los espacios para hablar de temas de género aún seguían siendo muy limitados. Nos contó una anécdota de su primer trabajo en un juzgado municipal. Dentro del juzgado trabajaba con muchos defensores, que cuando se topaban con ella, la trataban de “niña” o “niñita”,mientras que a sus compañeros hombres los demoraban veinte minutos hablándoles de temas intelectualmente estimulantes, y de sus opiniones, mientras a ella la veían como “la niña del juzgado”. Fue entonces cuando se fue educando más en el tema, buscando y leyendo experiencias comparativas, incluso de mujeres que cuentan sus experiencias en altos tribunales siendo pordebajeadas por triunfar en un campo dominado por hombres por tantos años.

 

De la rama judicial, pasó a trabajar con el Doctor Miguel Córdoba en una firma, pero lo cierto es que no era coincidencia que desde pequeña disfrutara tanto leer a la Defensoría del Pueblo. Por eso cuando supo de la convocatoria para trabajar en la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) no lo dudó dos veces y envió su hoja de vida. Hizo la entrevista y fue seleccionada. Hoy en día sigue trabajando allá y describe su trabajo como la experiencia más gratificante que ha vivido, porque siente que le da un valor agregado a su profesión y a su vida. Disfruta mucho trabajar con personas de distintas carreras, disciplinas y lugares del país. Lo más lindo de trabajar en la JEP, nos cuenta, es subirse todas las mañanas al ascensor y saber que la persona que está al lado puede ser un excombatiente que dejó las armas porque como uno, también cree y está trabajando por la paz: eso no tiene precio.

 

Su otra gran pasión, además de la pintura y el derecho penal, es la enseñanza. Cada vez que enseña derecho penal se enamora más de lo que hace. Además, está convencida de que la educación no es solo construcción de conocimiento, es construcción de país.

 

Le preguntamos en dónde se veía en veinte años y, entre risas contestó que desde hace años aprendió a soltar, que cada vez que planeaba algo, salía completamente diferente y que lo mejor que puede hacer es disfrutar el presente y el ahora. Lo cierto es que le encantaría tener una firma enfocada en temas de género, pero también se ve estudiando por fuera del país; probablemente en Sudáfrica aprendiendo sobre justicia transicional y postconflicto. Al mismo tiempo le encantaría ser juez si la oportunidad llega o en la cruz roja internacional si la vida selo permite. En todo caso y mientras tanto, sigue trabajando como persona y profesional todos los días, para que cuando el día llegue y la oportunidad aparezca, pueda decir "¿sabe qué? Latomo”.

Por último, quiso enviar un mensaje para todos los estudiantes:“En primer lugar, crean en ustedes mismos. Yo siento que a veces uno de estudiante no cree en uno mismo y lo cierto es que esos son los que más ventaja tienen; crean que son ya ministros y así es que llegan a serlo. No es cuestión de ego, es cuestión de saber que cosas buenas tiene uno y no limitarse. En segundo lugar, no se les olvide nunca la función social que tiene nuestra carrera. A uno se le pueden olvidar por muchas cosas, por trabajar frente a un computador, por trabajarle a una empresa que es una persona jurídica, o por la razón que sea. Pero siempre detrás de un derecho, de una garantía, de cualquier figura jurídica, está la persona. Sean consientes de eso y actúen siempre con ética, con conciencia y con autoevaluación. Por último, disfruten la universidad, salgan, lean, estudien, viajen y nunca olviden que la universidad no los hace a ustedes importantes, ustedes son los que hacen ala universidad importante”.