CRÓNICA

AGUA DE DIOS, LA CÁRCEL DE LOS LEPROSOS

En esta edición FORO JAVERIANO se adentra en Agua de Dios: ¿municipio?, ¿cárcel?, ¿lazareto?, cualquier término que se le dé queda corto frente al drama allí vivido, drama reflejado en las historias de aquellas personas que han habitado este lugar olvidado y silencioso. 

Fuente: Archivo Foro Javeriano

Por: Alejandro Estrada y María Antonia Estrada

Llegamos a Agua de Dios alrededor de la 12 del día, habíamos caminado unas horas cargando las maletas hasta el pueblo, lugar donde las descargamos, descansamos y finalmente, comimos. Alrededor de las 2 de la tarde nos dirigimos al Museo de la Lepra en la Casa Carrasquilla, donde nos mostraron y contaron como fue vivir en Agua de Dios cuando este era un lazareto; fue allí, en este momento, donde logramos dimensionar el drama sufrido en este pueblo aún vivo. 

Agua de Dios fue un lazareto o aldea creada por el Estado Colombiano en 1870 con la finalidad de aislar allí a las personas afectadas por la enfermedad de la lepra, debido a la errónea creencia generalizada de que la enfermedad era “altamente contagiosa”; fue así como durante estos años centenares de enfermos de lepra fueron desterrados de sus territorios y obligados a ocupar el terreno formado para ello. Casi como un castigo divino, fue en 1901 cuando, para evitar cualquier contacto entre las personas de Agua de Dios y las afueras, se decidió cerrar y sellar todo el municipio con una alambrada custodiada con policía y guardia interna, conformada esta última por los mismos pacientes. La conformación de Agua de Dios, su estructura y sus normatividades la convirtieron prácticamente en una cárcel aislada del resto del país, donde nadie entraba y nadie salía.  

Una vez el enfermo de lepra entraba a la aldea, se debía despojar de todo, incluyendo su identidad. Después de cruzar el Puente de los Suspiros, se eliminaba su cédula de ciudadanía y se le entregaba otra, con la categoría de enfermo; había hasta a quienes les obligaban a cambiar de apellido, pues para la mayoría de familias era una vergüenza que lo portara. 

Las personas allí perdían todos sus derechos civiles: no podían votar, no podían tener hijos, ni propiedades. Además, se encontraban en un aislamiento absoluto porque la aldea estaba cercada con un alambre de púas y custodiada por retenes y una guardia de policías exclusiva para el lugar. Incluso, cuando los médicos los visitaban, les tiraban los medicamentos desde los caballos para “no contagiarse". 

En el museo el guía nos mostró las monedas que usaban en Agua de Dios las cuales se llaman coscoja, están eran diferentes a las monedas que se utilizaban en el resto del país y solo servían allí; además, tenían cedulas de ciudadanía diferentes donde se especificaba el padecimiento de la enfermedad; ello sin mencionar las reglas y normas internas que ignoraban por completo cualquier ley o constitución política vigente para la época. 

De esta manera, nos relataban en el museo que fue en 1963, cuando la ciencia dictaminó que la lepra no es una enfermedad contagiosa sino infecciosa, y causada por la multiplicación de una bacteria del organismo llamada Mycobacterium lepraey, fue apenas en este momento cuando el Gobierno colombiano decidió otorgarle a este territorio la categoría de municipio. 

“Si tu entrabas al pueblo, ya nunca más en tu vida podías salir”, nos decía el guía del museo. Fue así, como tuvimos la oportunidad de continuar nuestro recorrido y conversar con Jenny, la auxiliar de archivo del Museo; ella, una joven de 22 años, nos contó que Agua de Dios actualmente es el municipio de Cundinamarca con más archivos guardados desde su fundación y resaltó el estigma que todavía hay en otros pueblos cercanos hacia Agua de Dios. Ella había nacido allí y relataba que cuando estaba planeando ir a vivir a Bogotá, toda su familia se lo prohibió, estigmatizándola por completo y juzgándola sólo por haber nacido en este territorio. 

Al día siguiente nos levantamos temprano y fuimos al albergue Boyacá; al llegar nos destinamos a caminar por los pasillos y fue allí donde conocimos a Horacio, un señor de 60 años, a quien le faltaban los brazos, las piernas y se encontraba en condiciones deplorables. Horacio nos contaba que había llegado a Agua de Dios a sus 15 años debido a que a un tío suyo le había diagnosticado lepra y lo mandaron allí. Hablando con Horacio llegó Federico, un anciano de 90 años que vivía en Agua de Dios desde los 48 años y quien aseguraba que ese era el día más feliz de su vida, pues era su cumpleaños y finalmente su familia lo visitaría. Él nos compartió que había nacido en Santa Marta, y que había vivido en otras cuatro ciudades del país donde en cada uno había tenido por lo menos un hijo, nos comentó que a él le encantaban las mujeres, pero no como los demás hombres, que a él si le gustaban para quererlas y respetarlas y que por eso le había ido tan bien con ellas. Fue en medio de la conversación cuando llegó cantando León, un señor de unos 42 años, nacido en el Tolima, pero que a sus 20 años se fue a vivir a Soacha, quien nos contó que él iba de visita cuando quería y que le gustaba mucho pasar tiempo allá, pero que la mayor parte de su tiempo se la pasaba en Soacha con su familia.  

Conversando con estos tres personajes nos contaron sobre su pasión por hacer artesanías, razón por las que nos invitaron a ver sus talleres, a lo que aceptamos inmediatamente, fue así como caminamos unos minutos para llegar al taller de León, tiempo en el que pasamos por el viejo teatro de cine, el cual ahora estaba en desuso y abandonado; al llegar al taller de León vimos una casa japonesa, bellísima y grande, con una luz intensa, patio trasero y tres pisos, era a la vista un lugar inmensamente cómodo y agradable. 

Fue allí donde de forma espontánea, favorecidos por la alegría de esta gente, comenzamos a cantar aplaudiendo y riendo, una experiencia absolutamente maravillosa en medio de la sencillez. Finalmente nos dirigimos al albergue San Vicente, en el cual sólo había mujeres; entramos y nos encontramos con Estela, una mujer de 60 años, la cual nunca tuvo hijos ni esposo y quien nos contaba que había decidido dedicarse a cuidar a sus padres hasta la muerte de ellos. 

Luego nos dirigimos a la “La Casita”, el antiguo centro psiquiátrico de Agua de Dios; al entrar sentimos al instante una energía supremamente pesada, pues el lugar estaba solo y las ruinas nos hacían imaginar cómo debió haber sido la tortura de vivir allí, pues logramos adentrarnos a las habitaciones del lugar, las cuales no poseían ventanas, eran de un espacio absurdamente pequeño, y donde, según Estela, la gente literalmente moría de calor. Aunque la arquitectura del lugar era bellísima y se encontraba muy conservada había otros edificios abandonados y era tan pesada la energía que finalmente decidimos salir de allí. 

El tercer día nos levantamos y de regreso a Bogotá, pasamos por el Puente de los Suspiros, el primer puente flotante del país donde la única reacción posible que uno puede tener es un suspiro profundo, pues sin hablar, este puente te contaba mil historias de terror. No era un puente cualquiera, era el único puente que unía a este municipio olvidado con el resto del país, un puente donde las despedidas eran para siempre y donde los familiares se daban un último abrazo antes de cruzarlo, un puente rodeado del agua del río Bogotá, del agua de las lágrimas de quienes pasaban por allí y del Agua de Dios, un pueblo olvidado y que está allí, recordándonos historias y sucesos que jamás se borrarán de nuestra memoria. 

Todos los nombres fueron cambiados para protección de estas personas.